Todos hemos escuchado alguna vez aquello de que «crisis significa oportunidad» y, aunque quizás no siempre sea cierto, lo que está claro —y ahora mismo podemos comprobarlo con la pandemia— es que los paradigmas cambian radicalmente después de los momentos más oscuros. Esto fue lo que sucedió en la Atenas de Epicuro, que había nacido en la isla griega de Samos.
Para comprender de dónde nace la motivación de fundar el Jardín hay que fijar la vista en las transformaciones geopolíticas que estaban sucediendo en el siglo III a. C. Tras las conquistas de Alejandro Magno y las disputas que causó su muerte sin heredero en el 323 a. C, el Imperio quedó dividido en múltiples monarquías. La organización en polis (ciudades-estado independientes) se derrumba, lo que supone el cuestionamiento de la ética y de la concepción del hombre como microcosmos que traía consigo. Aquellos lugares como la asamblea o el ágora que simbolizaron la igualdad de palabra y la igualdad ante la ley (isegoría e isonomía) ahora habían dejado de representar a muchos ciudadanos.
En consecuencia, algunos como Epicuro comenzaron a identificar la política y la sociedad en general con una fuente de dolor, conflicto y austeridad innecesaria. Veinticuatro siglos de historia después, sabemos que, cada vez que una democracia se desvirtúa, existen dos caminos a coger: quedarse y luchar por devolverle el sentido —quizás darle uno nuevo— al sistema o desmarcarse y empezar de cero. Esta segunda vía fue la que el filósofo de Samos optó por ser la que conducía a la felicidad a través de la búsqueda retirada de la sabiduría.













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