¿Por qué ser o no ser cristiano?

¿Hay un ser superior que nos ha creado y maneja de alguna forma nuestros actos y nuestro destino? La filosofía se ha ocupado de ello a lo largo de toda su historia.
¿Hay un ser superior que nos ha creado y maneja de alguna forma nuestros actos y nuestro destino? La filosofía se ha ocupado de ello a lo largo de toda su historia. Russell y José Antonio Marina, también.

Dos filósofos y escritores: Bertrand Russell y José Antonio Marina. Británico uno, español el otro. Dos posturas opuestas ante la idea de Dios en general y del cristianismo en particular. O quizá no tan opuestas… Quizá tengan puntos en común. Sus libros Por qué no soy cristiano, de Russell, y Por qué soy cristiano, de Marina, nos sirven para ahondar en las creencias religiosas.

Por Amalia Mosquera

«Tengo una idea de la filosofía como servicio público. Por eso me gusta tratar los temas que interesan a la gente». Son palabras del filósofo José Antonio Marina. Y la religión interesa, siempre ha interesado y todo parece indicar que siempre interesará. Durante siglos y siglos. Para defenderla o para negarla o rechazarla. La cuestión de la existencia o no existencia de Dios ha acompañado al ser humano desde que puso los pies en la Tierra. ¿Hay un ser superior que nos ha creado y maneja de alguna forma nuestros actos y nuestro destino, o que nos da libertad para decidir y actuar? ¿Existe un Dios que nos dicta las normas morales que debemos seguir? La filosofía se ha ocupado de ello a lo largo de toda su historia, que ya es bien larga. Y sigue haciéndolo. Marina explica que las religiones son un componente esencial en el nacimiento de la cultura. «No hay posibilidad de entender la cultura sin saber cuál ha sido la historia de Dios», dice Marina. «Vivimos en una sociedad laica, pero que ha sido alumbrada por una sociedad religiosa».

Por qué no soy cristiano, por Bertrand Russell

Padre Copleston: Como vamos a discutir aquí la existencia de Dios, quizás sería conveniente llegar a un acuerdo provisional en cuanto a lo que entendemos por el término «Dios». Presumo que entendemos un Ser personal supremo, distinto del mundo y creador del mundo. ¿Está de acuerdo, al menos provisionalmente, en aceptar esta declaración como significado de la palabra Dios?

Russell: Sí, acepto esa definición.

Copleston: «Dios es un Ser supremo, distinto del mundo y su creador. ¿Está de acuerdo?»
Russell: «Sí»

Bertrand Russell (1872-1970), filósofo, matemático y escritor británico.
Bertrand Russell (1872-1970), filósofo, matemático y escritor británico.

Así comenzaba el conocido debate radiado en el año 1948 en la BBC entre el filósofo Bertrand Russell (1872-1970) y el padre Frederick Charles Copleston, sacerdote de la Compañía de Jesús y escritor de filosofía (él es el autor de Historia de la filosofía, la historia del pensamiento filosófico occidental reunida en nueve volúmenes).

Padre Copleston: Bien, mi posición es la posición afirmativa de que tal ser existe realmente y que su existencia puede ser probada filosóficamente. Quizás podría decirme si su posición es la del agnosticismo o el ateísmo. Quiero decir, ¿cree que puede probarse la no existencia de Dios?

Russell: No, yo no digo eso; mi posición es agnóstica.

Padre Copleston: ¿Está de acuerdo conmigo en que el problema de Dios es un problema de gran importancia? Por ejemplo, ¿está de acuerdo en que, si Dios no existe, los seres humanos y la historia humana pueden no tener otra finalidad que la finalidad que ellos decidan elegir, lo cual, en la práctica, significaría la finalidad que impusieran los que tienen poder para imponerla?

Russell: Hablando en términos generales, sí, aunque tendría que poner alguna limitación a su última cláusula.

Padre Copleston: ¿Cree que si no hay Dios, si no hay un Ser absoluto, puede haber valores absolutos? Quiero decir, ¿cree que, si no hay un bien absoluto, el resultado es la relatividad de los valores?

Russell: No, creo que esas cuestiones son lógicamente distintas. Tome, por ejemplo, la obra de G. E. Moore Principia Ethica, donde él sostiene que hay una diferencia entre bien y mal, que ambas cosas son conceptos definidos. Pero no saca a relucir la idea de Dios en apoyo de su afirmación.

Padre Copleston: Bueno, dejemos para más tarde la cuestión del bien, hasta que lleguemos al argumento moral, y antes daré un argumento metafísico. Querría destacar principalmente el argumento metafísico basado en el argumento de Leibniz de la «contingencia», y luego discutiremos el argumento moral. ¿Quiere que haga una breve exposición sobre el argumento metafísico y luego pasemos a discutirlo?

Russell: Ese me parece un buen plan.

Y a partir de ese momento, el padre Copleston explica las diferentes fases en las que divide su argumentación y ambos conversan largo rato y enfrentan opiniones sobre la razón de la existencia, la cuestión del ser necesario, la lógica moderna, la metafísica, la experiencia religiosa… y cada uno va explicando su punto de vista sobre si Dios existe o no existe.

El padre Copleston defiende que, si hay un orden moral que pesa sobre la conciencia humana, ese orden moral no se puede entender sin la existencia de Dios. «No estoy sugiriendo que Dios dicte realmente los preceptos morales a la conciencia –aclara el padre Copleston –. Las ideas humanas del contenido de la ley moral dependen en gran parte de la educación y del medio, y un hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las ideas morales reales de su grupo social. Pero la posibilidad de criticar el código moral aceptado presupone que hay un patrón objetivo, que hay un orden moral ideal, que se impone (cuyo carácter obligatorio puede ser reconocido). El reconocimiento de este orden moral ideal es parte del reconocimiento de la contingencia. Implica la existencia de un fundamento real de Dios».

Russell no está de acuerdo. Él es agnóstico: todo conocimiento de lo divino es inaccesible al conocimiento humano. El agnóstico no afirma la existencia ni la no existencia de Dios mientras cualquiera de estas dos opciones no se pueda demostrar. El ateo sí niega que Dios exista. Russell, a quien siempre le han interesado las cuestiones acerca del lugar del hombre en el universo, cree ciegamente en la supremacía de la razón y ve la teología como un gran error. Y expresa su parecer con rotundidad y sin medias tintas: «Cuanto más intensa ha sido la religión en un periodo cualquiera y más profundo el pensamiento dogmático, tanto mayor ha sido la crueldad». Russell no cree en Dios, y menos aún en los dogmas de la iglesia. Russell no cree en el cristianismo.

Russell cree ciegamente en la supremacía de la razón y ve la teología como un gran error

Por qué no soy cristiano, de Russell (Edhasa).
Por qué no soy cristiano, de Russell (Edhasa).

El 6 de marzo de 1927, Russell da una conferencia en el ayuntamiento de Battersea (Londres) bajo el título ¿Por qué no soy cristiano? Años más tarde, esta conferencia acabó formando parte de un libro: Por qué no soy cristiano y otros ensayos sobre religión y temas relacionados, publicado en 1957.

Convencido de que las religiones hacen daño y, además, no son reales, Russell escribe en el prólogo del libro:

«Creo que todas las grandes religiones del mundo –el budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islam y el comunismo– son a la vez mentirosas y dañinas. Es evidente, como materia de lógica, que, ya que están en desacuerdo, sólo una de ellas puede ser verdadera. Con muy pocas excepciones, la religión que un hombre acepta es la de la comunidad en que vive, lo cual hace obvio que la influencia del medio es la que le ha llevado a aceptar la religión en cuestión».

En el libro, el filósofo va exponiendo los argumentos que se han defendido tradicionalmente para probar la existencia de Dios, y los va desmontando uno a uno. Veamos aquí el primero de ellos, por ser, como explica el propio Russell, «quizás el más fácil y sencillo de comprender»: el argumento de la Primera Causa.

«Se mantiene que todo cuanto vemos en este mundo tiene una causa, y que, al ir profundizando en la cadena de las causas, llegamos a una Primera Causa, y que a esa Primera Causa le damos el nombre de Dios –explica Russell–. Ese argumento, supongo, no tiene mucho peso en la actualidad, porque, en primer lugar, causa no es ya lo que solía ser. Los filósofos y los hombres de ciencia han estudiado la causa y esta ya no posee la vitalidad que tenía; pero, aparte de eso, se ve que el argumento de que tiene que haber una Primera Causa no encierra ninguna validez. (Puedo decir que cuando era joven y debatía muy seriamente estas cuestiones en mi mente, había aceptado el argumento de la Primera Causa, hasta el día en que, a los 18 años, leí la autobiografía de John Stuart Mill, y hallé allí esta frase: Mi padre me enseñó que la pregunta ‘¿quién me hizo?’ no puede responderse, ya que inmediatamente sugiere la pregunta ‘¿quién hizo a Dios?’. Esa sencilla frase me mostró, como aún pienso, la falacia del argumento de la Primera Causa. Si todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede haber algo sin causa, igual puede ser el mundo que Dios, por lo cual no hay validez en ese argumento. Es exactamente de la misma naturaleza que la opinión hindú de que el mundo descansaba sobre un elefante, y el elefante sobre una tortuga; y, cuando le dijeron: ‘¿Y la tortuga?’, el indio dijo: ‘¿Y si cambiásemos de tema?’».

Russell rechaza por ilógicas todas las pruebas racionales de la existencia de Dios; el argumento de la Primera Causa que hemos visto, pero también todos los demás: el de la ley natural, los argumentos morales…, y asegura que los hombres creen en Dios porque necesitan un padre todopoderoso que los proteja contra la inseguridad y los temores de la vida.

Para Russell, la religión se basa principalmente en el miedo. El miedo, dice, es la base de todo: el miedo a lo desconocido, a lo misterioso, a la derrota, a la muerte. Y el deseo de sentir que se tiene un «hermano mayor» que nos va a defender en todos nuestros problemas y disputas.

«El miedo es el padre de la crueldad y, por tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano», escribe Russell. «Tenemos que mantenernos en pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no solo sometiéndonos al terror que emana de él. Toda nuestra concepción de Dios es una concepción derivada del antiguo despotismo oriental (…) Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita esperanza en el futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos que sea superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear».

Para Russell, el miedo es la base de la religión: el miedo a lo desconocido, a lo misterioso, a la derrota, a la muerte

Russell defiende un mundo en el que la educación tienda a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud «en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y estos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos».

Por qué soy cristiano, por José Antonio Marina

El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina. Foto distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-3.0.
El filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina. Foto distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-3.0.

En el otro lado de la balanza del cristianismo, el filósofo español José Antonio Marina (Toledo, 1939)… Pero quizá no en el otro extremo, veámoslo. «Un filósofo tiene que enfrentarse con los temas esenciales de la realidad y también de su cultura, y parece evidente que, en una civilización cristiana como la nuestra, saber a qué atenerse respecto del personaje al que constantemente se hace referencia es inevitable». Dios siempre presente en las preguntas que el ser humano se hace sobre su origen, su vida y su destino. La búsqueda de la razón primordial de todo es eterna. ¿Existe un ser sobrenatural y todopoderoso creador y director del universo? Las religiones creen en uno o varios dioses mediante un acto de fe: asumir que algo es cierto aunque no tengamos pruebas de ello. La religión funciona mediante dogmas, supuestas verdades recibidas de Dios.

«A pesar de que la alianza de las religiones con el poder y las interpretaciones dogmáticas a que han sido sometidas han provocado grandes desdichas, la religión ha tenido un efecto beneficioso en la evolución de la Humanidad –leemos en la página web de Marina–. Muchos de los conceptos éticos sobre los que fundamos nuestra cultura provienen de ella, y el pensar a Dios como suprema bondad es el origen de la humanización de nuestra especie».

En esta última idea ahondaba José Antonio Marina en marzo de 2017, en un artículo en El Confidencial titulado Elogio de la religión, en el que decía: «Hay poderosas razones para reconocer la gigantesca labor humanizadora de la religión, oculta muchas veces por terribles contubernios con el poder. El problema ha surgido siempre cuando la religión ha dejado de ser asunto de personas religiosas, para caer en manos de gente fascinada por el poder (…) Somos los primates más inteligentes que, entre otras cosas, hemos sido capaces de pensar en dioses. Lo cuenta muy bien Harari en Sapiens. De animales a dioses. Recuerdo unas conversaciones con José Saramago en las que él defendía que sin Dios hubiéramos estado mejor y yo le replicaba que esa afirmación olvidaba la evolución de la humanidad. Un filósofo no religioso, como fue Horkheimer, decía algo parecido al mencionar el anhelo de lo totalmente otro, que él relacionaba con la nostalgia de una justicia perfecta. ‘En un pensamiento verdaderamente libre –escribió– el concepto de infinito preserva a la sociedad de un optimismo imbécil, de absolutizar y convertir su propio saber en una nueva religión’. En España, Eugenio Trías dedicó la mayor parte de su obra a estudiar ese afán por traspasar el límite».

«Hay poderosas razones para reconocer la gigantesca labor humanizadora de la religión, oculta muchas veces por terribles contubernios con el poder», dice Marina

Por qué soy cristiano, de Marina (Anagrama).
Por qué soy cristiano, de Marina (Anagrama).

Casi 50 años después de aquel libro de Russell, Marina publica Por qué soy cristiano. ¿Opiniones realmente opuestas? «Hace unos años, Bertrand Russell escribió un libro con un título exactamente contrario al mío: Por qué no soy cristiano. Es una obra lúcida e irónica con la que estoy fundamentalmente de acuerdo. Lo que sucede es que, al hablar de cristianismo, él y yo hablamos de cosas distintas». Lo dice el propio José Antonio Marina.

En Por qué soy cristiano, Marina aporta su punto de vista analizando el cristianismo a través de la figura histórica de Jesús de Nazaret. El filósofo defiende su teoría de la doble verdad, en la que explica que existen dos tipos de verdades: las públicas, o universales, y las privadas. Las públicas son aquellas ideas que la mayoría o muchos aceptamos como verdades y en torno a ellas se articula nuestra vida en sociedad, nuestra vida en común. La ciencia y la ética pertenecen a estas verdades universales. Las privadas son aquellas verdades que cada uno de nosotros consideramos ciertas pero que no podemos demostrar que lo sean. Son, pues, verdades íntimas, vistas con los ojos propios, pero imposible de verificar por los ojos de los demás. Marina inscribe la religión y el cristianismo entre estas verdades privadas. Las religiones, enfrentadas en cuanto a sus dogmas, podrían reconciliarse en el plano ético. «La religión significa para mí el rechazo total a encerrarme en el mundo de lo fáctico y lo trivial», dice José Antonio Marina. El filósofo opina que, cuando las verdades privadas entran en colisión con las universales, deben primar estas últimas. Y habla del «principio ético de la verdad»: una verdad privada no puede aducirse para criticar una verdad pública.

Marina aplica esta teoría de la doble verdad a la figura de Jesús: existió, pero no podemos verificar su historia tal como nos la han contado ni, por supuesto, que sea Dios.

Hablando desde la filosofía, Marina cree que esta puede justificar la existencia de una dimensión divina de la realidad, de la realidad material que es la única que conocemos realmente. Esta dimensión divina ha sido conceptualizada por las religiones de tres formas diferentes:

  1. Como Dios, un ser personal (el cristianismo).
  2. Como un absoluto, un ser impersonal (las religiones hinduistas, el budismo).
  3. Como una legalidad que dirige la naturaleza (el Tao).

El filósofo se define como cristiano y opina que una figura como Jesús permite una interpretación de la realidad muy interesante.

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