La libertad es la condición de decidir y actuar por uno mismo, sin estar sometido, sin coacciones, sin ataduras, sin presiones, sin condicionamientos que lo impidan. ¿Es esto posible? © Ana Yael
La libertad es la condición de decidir y actuar por uno mismo, sin estar sometido, sin coacciones, sin ataduras, sin presiones que lo impidan. ¿Es esto posible? © Ana Yael

Amada, deseada, necesitada, poderosa, reclamada y tantas veces asfixiada. «El hombre ha nacido libre, pero por doquier se encuentra encadenado». Palabra de Rousseau. ¡Bendita libertad! Y difícil libertad. Imprescindible para tener una vida grande y digna, imprescindible para ser felices, imprescindible para progresar; pero la historia pasada y presente de la humanidad nos demuestra que la libertad ha sido y es aplastada en infinidad de ocasiones. La filosofía siempre ha reflexionado sobre ella y se ha encargado de gritar contra sus verdugos.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».
El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Miguel de Cervantes

Los filósofos y la libertad, de Martínez Llorca (Amarante).
Los filósofos y la libertad, de Martínez Llorca (Amarante).

La libertad de pensamiento y expresión pretende ser contagiosa tanto en sí misma como por los beneficios que proporciona. La frase es de Fernando Martínez Llorca, profesor de filosofía, de su libro Los filósofos y la libertad, publicado por la editorial Amarante. Con ella se refiere a esa libertad que han ejercido muchos filósofos a lo largo de la historia y que les proporcionó consecuencias tan serias como ser juzgados por ello, condenados, recluidos o, en algún caso, la muerte.

«Se trata siempre de una búsqueda de ayudar a vivir mejor, menos encadenados», añade Martínez Llorca al hablar de esa libertad. O sea que el deseo y la defensa de pensar libremente y de que lo hicieran los demás llevó a muchos pensadores a no ser libres. Paradójico, cuando menos. El autor va más allá y habla de una profesión de riesgo la del filósofo en otros tiempos ya lejanos. «Es estremecedor pensar lo fácil que resulta encontrar ejemplos de filósofos que han sido esclavizados, juzgados, condenados, exiliados, apresados e incluso ejecutados –escribe–. Hay tortura, apuñalamiento, decapitaciones, envenenamientos e incluso disparos que hacen pensar que quizá la del filósofo sea una tarea que conlleva más riesgo del que parece». Falta de libertad para los que tanto han hablado y reflexionado sobre ella, para quienes tanto la han reclamado como imprescindible.

«Es estremecedor pensar lo fácil que resulta encontrar ejemplos de filósofos que han sido esclavizados, juzgados, condenados, exiliados, apresados e incluso ejecutados». Martínez Llorca

Los significados de la libertad

La siempre ansiada libertad. Y ojalá contagiosa, sí. La vida es infinitamente más plena con libertades. El ser humano las necesita para ser feliz y progresar. La libertad –y la responsabilidad que conlleva– como esencia y base imprescindible para poder tener una existencia digna y completa.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos.
El hombre acecha. El herido. Miguel Hernández

¿Qué es la libertad?

La libertad es la condición de decidir y actuar por uno mismo, sin estar sometido, sin coacciones, sin ataduras, sin presiones, sin condicionamientos que lo impidan (¿es esto posible?). El Diccionario de filosofía de Walter Brugger y Harald Schöndorf, publicado por Herder, señala que, en el sentido filosóficamente relevante, la idea de libertad referida al ser humano tiene tres significados:

  • Libertad de coacción externa: poder hacer lo que uno quiera sin recibir presión ni opresión por parte de algo o alguien ajeno a él.
  • Libertad de vinculaciones legales o morales: es decir, estar autorizado para hacer lo que se quiera.
  • Libertad de dar una dirección al propio querer: libertad de la voluntad, de elección o de decisión.

En la filosofía práctica –moral, social, educativa, política–, recuerda el Diccionario de Brugger, se aborda el derecho y la necesidad de imponer o limitar la libertad en los dos primeros significados. En la filosofía teórica –antropología–, se trata de la libertad de la voluntad del ser humano. Se pregunta cómo definir y entender la libertad y se discute si en realidad existe.

¿Somos realmente libres?

¿Hasta qué punto tomamos nuestras decisiones sin presiones externas en el mundo supuestamente libre? ¿Estamos manejados por algo o alguien que nos incita a actuar de una determinada manera, aunque no seamos conscientes de ello, aunque ni siquiera lo imaginemos? En definitiva, ¿somos realmente libres?

Si le hacemos estas preguntas ahora, en el siglo XXI, al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, o si leemos su libro Psicopolítica, su respuesta es esta: no, no somos realmente libres, aunque nos creamos que hoy lo somos más que nunca. Autoengaño o vivir con los ojos muy abiertos para unas cosas y muy cerrados para ser conscientes de nuestra realidad, podríamos decir. En esta obra, Han crítica con dureza el neoliberalismo y sus consecuencias y el Big Data, una especie de Gran Hermano orwelliano actual, que nos tiene a todos vigilados y controlados, faltos de libertad. Y, lo peor, según la teoría del filósofo: la hemos perdido renunciado voluntariamente a ella, porque nos la han arrebatado gracias a que nosotros la hemos cedido. Nos deshacemos libremente de la libertad que ansiamos. Curioso. Terrible diría seguramente Byung-Chul Han.

¿Estamos manejados por algo o alguien que nos incita a actuar de una determinada manera, aunque no seamos conscientes de ello, aunque ni siquiera lo imaginemos?

Psicopolítica, de Byung-Chul Han (Herder).
Psicopolítica, de Byung-Chul Han (Herder).

¿Pero esto qué quiere decir? ¿Cómo es posible que hayamos renunciado a nuestra libertad cuando estamos felices precisamente por creernos más libres que nunca? Una vez conquistada la libertad «física», la legal, la sociopolítica, la de los derechos, estaríamos sumergidos en una falta de libertad «virtual» que, al contrario de lo que ocurriría si nos faltara la primera, la llamémosla «esencial», en este caso no detectamos.

Para Han, la libertad que tenemos hoy es falsa. La libertad actual de información, de pensamiento, de expresión, de movimientos, de actuación de la que estamos convencidos que tanto disfrutamos no tiene en realidad nada de libre; al revés, es un sistema perfectamente urdido para controlarnos, dominarnos.

Las redes y la tecnología que nos permiten comunicarnos libremente y al instante a lo largo y ancho del mundo entero son al mismo tiempo herramientas de este sistema que nos atrapa para que nos desnudemos psicológicamente, para que desvelemos cómo somos, qué nos gusta, qué aborrecemos, qué deseamos, qué consumimos, qué opinamos, y una vez que hayamos regalado por propia voluntad toda esa información –cuanta más, mejor–, lo sabrán todo de nosotros, nos conocerán mejor que muchos seres queridos con los que convivimos a diario y podrán manipularnos a su gusto. Y nosotros iremos tomando decisiones creyéndonos que lo hacemos libremente, cuando, en realidad, todas esas decisiones habrán sido inducidas a través de sugerencias bien programadas y sutiles en muchos casos, disfrazadas de servicios e informaciones de total interés para cada uno de nosotros. Nosotros no manejamos nuestras acciones; otros manejan nuestra voluntad. No somos libres. Y no lo sabemos.

Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas, y entro en los hospitales y entro en los algodones como en las azucenas.
El hombre acecha. El herido. Miguel Hernández

Para el filósofo Byung-Chul Han, no somos realmente libres, aunque nos creamos que hoy lo somos más que nunca

Esclavos de nosotros mismos

Según Han, en pleno siglo XXI, el capitalismo nos ha convertido en amos y esclavos al mismo tiempo. «Nos ha dicho que somos libres, pero en realidad se ha valido de esa idea para que hagamos lo que él quiere. Los ideales liberales –esto es, que el hombre es y debe ser libre, responsable por tanto de su propia vida, y que no tiene otro límite que el que establecen sus propias capacidades– son nocivos, según el libro», escribía Jaime Fernández-Blanco Inclán en una reseña de Psicopolítica que publicamos en Filosofía&co. «Y podemos engañarnos pensando que nuestro éxito en vida o la consecución de nuestras metas y valores es un reflejo de nuestra mentalidad y esfuerzo, pero, en realidad, ha sido todo orquestado por el malvado sistema en la sombra».

La sociedad de la transparencia, de Byung-Chul Han (Herder).
La sociedad de la transparencia, de Byung-Chul Han (Herder).

Lo mismo, en opinión de Byung-Chul Han, ocurre con la tan reclamada transparencia hoy en las sociedades libres. Sobre ella reflexiona el filósofo en otro libro, La sociedad de la transparencia, editado por Herder: se nos invita a desvelar libremente cada detalle de nuestra vida y así el sistema obtiene toda la información que necesita para poder dirigirnos. Y nosotros, felices creyéndonos libres. Para Han, solo existen dos formas de cambiar esta situación si de verdad queremos serlo:

  1. Revisar y volver a formular el concepto de libertad que tenemos.
  2. Volvernos «idiotas»… porque solo el «idiota» puede escapar de esta esclavitud; solo el desinformado, el incomunicado, el desconectado evitará que el sistema le manipule.

Algún otro camino habrá cuando el propio Byung-Chul Han no es precisamente idiota ni está desinformado, pero se mantiene alejado de esas redes sociales y ese sistema de alta sobreexposición y transparencia que tanta libertad nos quitan.

Para la libertad me desprendo a balazos de los que han revolcado su estatua por el lodo. Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos, de mi casa, de todo.
El hombre acecha. El herido. Miguel Hernández

En La sociedad de la transparencia, Byung-Chul Han denuncia que se nos invita a desvelar libremente cada detalle de nuestra vida y así el sistema obtiene toda la información que necesita para poder dirigirnos

La libertad como delito… y como escuela

Caminos bastante más difíciles tuvieron que recorrer mucho antes otros pensadores para hablar de su concepto de la libertad y reclamarla. En su libro Los filósofos y la libertad, el profesor Fernando Martínez Llorca hace un recorrido por la historia de la filosofía, desde Anaxágoras, allá por el siglo V a. C., hasta Fernando Savater, en la actualidad, para mostrarnos, a través de datos y anécdotas, lo que sobre la libertad se ha pensado y se ha dicho a lo largo de los siglos y la relación de los filósofos con ella.

Y sí, como decíamos al principio de este dosier, en demasiadas ocasiones les costó muy caro adherirse a ella y defender sus ideas. Caminos en los que se convertían en muchos casos en esclavos y no de sí mismos. O padecían torturas, o pagaban incluso con su vida. Su sufrimiento, terribles paradojas de la vida, ha resultado ser una escuela para las generaciones posteriores de pensadores, y su lucha, la llave de la libertad para todos. Sus circunstancias –«la otra mitad de la persona», según Ortega. «Para Ortega, las circunstancias son el cordón umbilical que nos vincula al resto del universo. Cuanto haga el hombre deberá hacerlo en vista de sus circunstancias», decía Manuel Cruz en Filosofía&co.– nos permiten hoy hacernos preguntas y reflexionar sobre el propio concepto de la libertad.

¿Era Sócrates realmente libre al beber «voluntariamente» la cicuta que acabaría con su vida? ¿O Séneca, casi cuatro siglos después, cortándose las venas primero, por orden de Nerón, bebiendo cicuta después y finalmente asfixiándose en una sauna? Cuando Sócrates (470-399 a.C.) fue juzgado y condenado, el filósofo griego «está convencido de que salvar su vida es fácil –escribe Martínez Llorca–, le basta con humillarse, arrepentirse, pedir disculpas o proponer una alternativa razonable a la pena de muerte». Pero no, continúa explicando el autor, el miedo tan humano a morir no hará que Sócrates se aparte de lo que considera su rectitud moral, la que le hace un ser libre: debe actuar de una manera justa, «tal como corresponde a un hombre bueno». Así que obedecerá las normas y cumplirá la sentencia convencido de que debemos seguir las leyes aunque estas nos parezcan injustas, pues si no nadie se sometería a ninguna que no le favoreciera. Sócrates defiende así su libertad de conciencia.

En opinión de Sócrates, somos libres cuando nuestra razón se impone sobre nuestra voluntad. Cuando nos dejamos llevar por el ánimo o el apetito, dice, somos más esclavos que amos de nuestra vida. Pero, además, para ser libres se necesita el saber: el filósofo ve el conocimiento como fuente de libertad y la ignorancia como una vía hacia la esclavitud, pues la falta de conocimiento impide actuar libremente.

Para Sócrates, cuando nos dejamos llevar por el ánimo o el apetito somos más esclavos que amos de nuestra vida

La libertad y las ideas

La república, de Platón (Akal).
La república, de Platón (Akal).

ELa república, Platón (427-347 a.C), discípulo de Sócrates, plantea su teoría del conocimiento. Primero describe la vida en el interior de la caverna en la que se encuentran los prisioneros, faltos de libertad, encadenados, que solo pueden mirar el fondo de la estancia. Gracias a la luz de un fuego, les llegan desde allí unas sombras que representan los animales, los árboles… todo lo que existe en el mundo «real».

La liberación, según este mito de la caverna de Platón, se produciría si alguno de los prisioneros se volviera hacia la hoguera y pudiera ver la nueva realidad, más completa, en la que reside la causa de la primera, compuesta solo de apariencias sensibles. A continuación, el exprisionero podría salir al exterior y ver la verdadera realidad: hombres, árboles, lagos, astros… Este sería el mundo inteligible. Y si dirigiera su vista hacia el sol vería la idea del Bien.

Por último, una vez que conoce el mundo exterior, el real, el exprisionero tiene la obligación moral de rescatar a sus antiguos compañeros del mundo de las sombras. Así, desciende al interior de la caverna e intenta liberar a los demás prisioneros…, pero se encuentra con que estos no comprenden lo que les dice.

Para Platón el cuerpo es la cárcel del alma; y las pasiones, las cadenas que le impiden alcanzar la justicia y el bien (el sol en la alegoría del mito de la caverna). Él vivió en su propia piel la falta de libertad: fue vendido como esclavo, aunque liberado por Aniceris, un viejo conocido que lo reconoció y pagó por él para devolverle la libertad.

Según Platón, las pasiones son las cadenas que nos impiden alcanzar la justicia y el bien

Tanto Platón como Aristóteles, su discípulo, tienen un concepto de la libertad íntimamente ligada a la idea de la autonomía, la capacidad de decidir por uno mismo. Para Aristóteles (384-322 a.C.) la libertad es pensar. O al menos tener tiempo para poder hacerlo. Trabajar es más propio de animales, desgasta nuestras energías físicas y mentales. Solo quienes tienen tiempo para reflexionar, hablar… son auténticos ciudadanos.

El filósofo diferencia tres tipos de actos: voluntarios, involuntarios y mixtos. «Un ejemplo del primero es el suicida que se arroja por la ventana –leemos en Los filósofos y la libertad–; del segundo, quien tropieza y cae; del tercero, quien salta cuando hay un incendio. Y aquellos a quienes la naturaleza hace esclavos carecen de voluntad (…) Es la misma naturaleza la que hace a algunos suficientemente inteligentes como para mandar, mientras que a otros los dota tan escasamente de capacidad de previsión que lo mejor que puede pasarles es encontrar a alguien que los guíe». Y volviendo a la reflexión que hacíamos unas líneas más arriba, en el mismo libro, Martínez Llorca se pregunta y nos pregunta: «Si Aristóteles había distinguido bien, morir por asesinato o condena es involuntario, mientras que suicidarse es voluntario, ¿qué ocurre si alguien es condenado a suicidarse?

Libertad, felicidad, placer y dolor

Y llegaron Diógenes, los estoicos, Epicuro y Epicteto, y sus ideas de lo que es la liberación: bien renunciando a lo superfluo –incluso en los casos en que tan superfluo no es–, bien viviendo con placer, bien librándose de las ataduras de las riquezas y los deseos.

La esclavitud para Diógenes (404-323 a.C.) la provoca la acumulación de bienes materiales. Él vivía sin nada (sí, el hombre que da nombre al síndrome de acaparar una gran cantidad de objetos, incluidos los inservibles, no tenía nada, ni siquiera lo que se consideraría más esencial). La libertad, que él ejercía hasta sus últimas consecuencias, era desprenderse de todo. Quien más tiene más quiere y siempre vive con el temor de perderlo.

Cómo ser un estoico, de Pigliucci (Ariel).
Cómo ser un estoico, de Pigliucci (Ariel).

Para el estoicismocorriente filosófica fundada por Zenón de Citio en 301 a. C.–, el ideal del sabio es no necesitar nada ni a nadie para alcanzar la felicidad. Esto se consigue viviendo virtuosamente. El estoicismo pretende ayudar a las personas a vivir de la mejor forma posible, y lo hace a través de un mandato ideal, este: soporta y renuncia. El sabio nada teme, pues ha alcanzado la imperturbabilidad de ánimo. Vive en completa paz. Libre. Para él, ni el placer, ni el dolor o las riquezas tienen poder. Se centra en su vida interior, se sitúa por encima de las cosas materiales y se hace plenamente independiente.

En lo del placer y el dolor, el epicureísmo, en principio, no estaba de acuerdo. Esta corriente bebía de las ideas de su fundador, Epicuro (341-270 a.C.), el filósofo para quien la clave de la vida feliz es acumular la mayor cantidad de placer y reducir al máximo el dolor. Felicidad = placer. Y en cuanto al dolor, tampoco lo quieren, pero para ellos sí tiene poder: el dolor te impide alcanzar la felicidad, por eso el requisito indispensable para una buena vida es erradicarlo.

Algunos de los mayores enemigos del epicureísmo estaban entre las filas del estoicismo, aunque las dos corrientes defendían una manera de vivir bastante parecida, partiendo de ideas diferentes, eso sí. Epicuro defiende los placeres, pero no los corporales, pues estos son efímeros, sino los placeres espirituales y, además, desde la prudencia, pues esta es imprescindible para disfrutar de un modo inteligente. Epicuro no pretende una vida descontrolada, sino moderada, basada en el autocontrol, pues considera que así se maximiza el placer y se puede intentar evitar el dolor. Una vida feliz es una vida sencilla y tranquila, con pequeños placeres, alejada de tensiones innecesarias, sin excesos, independiente, autónoma, con paz de espíritu, libre de las cadenas que suponen las pasiones y los miedos; una vida basada en el mismo principio de la filosofía estoica: la ataraxia, la liberación de las preocupaciones.

Diógenes vivía sin nada. La libertad, que él ejercía hasta sus últimas consecuencias, era desprenderse de todo. Sí, el hombre que da nombre al síndrome de acaparar una gran cantidad de objetos, no tenía nada, ni lo más esencial

Para el estoico Epicteto (50-135), el filósofo de la no-preocupación, una persona libre es aquella que desea que las cosas sucedan tal como suceden, la que acepta las circunstancias que la vida le trae en cada momento. Aunque vivió casi toda su vida como esclavo, después de quedar en libertad, se convirtió en uno de los filósofos estoicos más destacados. Su lema y su logro: serenidad de espíritu. Epicteto solo se ocupa de lo que depende de él mismo: sus pensamientos y sus acciones, para así poder encontrar la paz en su interior.

El más ansiado objetivo de la filosofía estoica con esta actitud es alcanzar la libertad. Epicteto, como los demás estoicos, persigue lo que él considera la esencia de quien es realmente libre: el control y conocimiento de sí mismo, de su alma.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan en la carne talada.
El hombre acecha. El herido. Miguel Hernández

Pienso y sé, luego soy libre

Quince siglos después llegó el filósofo francés René Descartes (1596-1650), dijo aquello de «Pienso, luego existo» y nos enseñó su método para alcanzar el conocimiento: el camino a través del cual la razón humana puede encontrar ciertas verdades de las que sea imposible dudar y que, por tanto, puedan tomarse como verdades esenciales; unas verdades que Descartes considera los cimientos del nuevo edificio del conocimiento humano.

Y en ese conocimiento, la libertad ocupa el lugar más alto. Para Descartes, la libertad es la máxima perfección del ser humano: «La principal perfección del hombre consiste en poseer libre albedrío, y esto es lo que le hace digno de elogio o de censura». Para que el alma sea libre, debe liberarse de la esclavitud de las pasiones. Para el filósofo francés, la libertad nos permite ser dueños de la naturaleza y de nuestros actos. La libertad es la capacidad de elegir entre diferentes opciones, que la voluntad pueda elegir aquello que el entendimiento le presenta como verdadero. (Ya Jesucristo había dicho aquello de «La verdad os hará libres»).

No determinándose nuestra voluntad a seguir o a evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento se la representa como buena o mala, basta juzgar bien, para obrar bien, y juzgar lo mejor que se pueda, para obrar también lo mejor que se pueda; es decir, para adquirir todas las virtudes y con ellas cuantos bienes puedan lograrse; y cuando uno tiene la certidumbre de que ello es así, no puede por menos de estar contento.
Discurso del método. Descartes

Para Descartes, la libertad es la máxima perfección del ser humano: «La principal perfección del hombre consiste en poseer libre albedrío, y esto es lo que le hace digno de elogio o de censura»

Solo la obediencia a Dios nos hace libres

Para el filósofo holandés Baruch Spinoza (1632-1677), la razón es el camino hacia el conocimiento y la libertad. Spizona es determinista. Para él, solo Dios es realmente libre; el hombre no lo es. El hombre debe saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza; y la naturaleza y Dios son lo mismo. Solo la obediencia a Dios nos hace libres. La libertad es una ilusión. Todo lo que le pasa al ser humano es necesario y está escrito de antemano. Todo lo que le pasa sigue el curso de la naturaleza.

Según las tesis de Spinoza, la vía para conseguir ser libre es el conocimiento; cuando el hombre entiende y asume que no es libre es cuando puede acercarse a la libertad. A través de la razón podemos alcanzar el conocimiento, y con él, la libertad.

Los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan. Y, por tanto, su idea de libertad se reduce al desconocimiento de las causas de sus acciones, pues todo eso que dicen de que las acciones humanas dependen de la voluntad son palabras, sin idea alguna que les corresponda.
Ética demostrada según el orden geométrico. Baruch Spinoza

Libres y encadenados

El contrato social, de Rousseau, versión manga de La Otra H.
El contrato social, de Rousseau, versión manga de La Otra H.

Siendo el hombre libre por naturaleza, se encuentra encadenado, dijo el filósofo suizo ilustrado Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). «El hombre ha nacido libre, pero por doquier se encuentra encadenado (…) Tan pronto como pueda sacudirse el yugo, obrará mucho mejor si así lo hace; pues al recobrar su libertad basándose en el mismo derecho por el que le fue arrebatada, prueba que está legitimado a disfrutar de ella».

El filósofo señala que, al establecernos en sociedad, las personas renunciamos a la libertad natural de la que deberíamos disfrutar por ser animales, que adoptamos una «cárcel». Aceptamos, dice Rousseau, una «libertad civil», esto es, la libertad de comportarse moral y racionalmente dentro de las reglas acordadas por la voluntad general, o la voluntad conjunta de los individuos por buscar la armonía y mejorar la sociedad.

En su obra El contrato social, Rousseau propone un modelo de convivencia que garantice el bienestar para todos, no solo para una minoría. El contrato social es la convención entre los individuos, por la que, de forma tácita o expresa, deciden renunciar a los derechos naturales para pasar a ser sujetos de derechos civiles. La sociedad es tanto el origen de la desigualdad humana como la única posibilidad de libertad, así que únicamente queda el camino de cambiar la sustancia del pacto, convirtiéndolo en un ideal de moralidad, expresado en el concepto de «voluntad general». Esta hace posible el pacto; la soberanía del pueblo es su resultado.

Libertad y razón

Crítica de la razón práctica, de Kant (Alianza).
Crítica de la razón práctica, de Kant (Alianza).

Ser libre es actuar conforme a la propia razón para Immanuel Kant (1724-1804). El célebre imperativo categórico del filósofo nos indica cómo actuar. Este nace de la ética: la ética de Kant se centra en cómo debemos actuar. Y la respuesta es por deber. Y, además, hemos de hacerlo de forma que nuestros actos puedan convertirse en leyes universales. Si referimos este imperativo categórico a la libertad, Kant aconseja: «Actúa de manera tal que la máxima de tu libertad pueda valer en todo momento como principio de una legislación general» o «actúa externamente de manera que el libre uso de tu elección pueda coexistir con la libertad de todos según una ley universal», leemos en el libro Libertad cualitativa, de Claus Dierksmeier (a quien entrevistaremos en la parte 4 de este dosier). 

Es la ley moral, de la cual adquirimos conciencia directamente (…), lo que se nos ofrece en primer lugar y (…) conduce francamente al concepto de libertad (…) La moralidad es lo primero que nos descubre el concepto de libertad (…) Nunca se habría cometido la osadía de introducir la libertad en la ciencia de no haber sido por la ley moral.
Crítica de la razón práctica. Kant

Para Kant no hay sino un derecho innato. Y la libertad se realiza mediante el derecho. Según explica Dierksmeier en Libertad cualitativa, para el filósofo, «la limitación material de la libertad en el Estado de derecho expresa solamente su limitación ideal en la razón jurídica (…) La intervención conforme a derecho en la acción externa no lesiona la libertad de los ciudadanos, sino que la manifiesta. El Estado de derecho es constantemente un amigo, nunca un enemigo, de la libertad».

El imperativo categórico de Kant referido a la libertad: «Actúa de manera que la máxima de tu libertad pueda valer como principio de una legislación general»

La individualidad y el individuo soberano

Sobre la libertad, de Stuart Mill (Biblioteca nueva).
Sobre la libertad, de Stuart Mill (Biblioteca nueva).

Y llegó el filósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873) y escribió Sobre la libertad, el libro que lo encumbró a la cima del pensamiento. «John Stuart es un fanático de la libertad. Opina que la historia de la humanidad puede describirse como una lucha por la libertad frente a la opresión de los tiranos, que cada cual debe poder hacer lo que le plazca siempre que no perjudique a los demás, incluido publicar cualquier opinión, puesto que ninguno somos infalibles. Ni siquiera le parece que el sufragio sea tan universal si excluye a las mujeres», escribe Martínez Llorca en Los filósofos y la libertad. En Sobre la libertad, Stuart Mill defiende a un individuo soberano y dice que los seres humanos deberíamos poder hacer cualquier cosa que nos propongamos mientras no dañemos a otros.

El único objeto que autoriza a los hombres, individual o colectivamente, a turbar la libertad de acción de cualquiera de sus semejantes es la propia defensa; la única razón legítima para usar la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedirles perjudicar a otros; pero el bien de este individuo, sea físico, sea moral, no es razón suficiente. Ningún hombre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Estas son buenas razones para discutir con él, para convencerle o para suplicarle, pero no para obligarle a causarle daño alguno si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que esta coacción fuese justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto el perjuicio de otro. Para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano.
Sobre la libertad. John Stuart Mill

En su ensayo acerca de la libertad, Mill define el concepto diciendo que no se refiere a «el llamado libre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo». El derecho del individuo a no estar de acuerdo con la colectividad y la obligación de esta colectividad de defender este derecho del individuo a discrepar. ¿Individualidad frente a colectividad o junto a ella?

La libertad de opinar

Para Stuart Mill, no permitir expresar una opinión supone un robo a la raza humana. Tampoco, dice, debemos pensar que estamos en posesión de la verdad absoluta. Al contrario, hemos de estar dispuestos a escuchar las opiniones de los demás; solo así podremos llegar a conformar esa verdad. Si acallamos una opinión por considerarla equivocada, estamos haciendo un gran daño a la sociedad.

Tener algo por cierto, mientras exista un solo ser que lo negaría si pudiera, pero a quien se le impide hacerlo, es afirmar que nosotros y los que piensan como nosotros somos los jueces de la verdad, pero jueces que resuelven la cuestión sin escuchar a una de las partes.
Sobre la libertad. John Stuart Mill 

En Sobre la libertad, Stuart Mill defiende a un individuo soberano y dice que los seres humanos deberíamos poder hacer cualquier cosa mientras no dañemos a los demás

Stuart Mill reflexionó acerca del concepto de individualidad, esto es, las diferencias que cada individuo extrae de los mismos estímulos que todos recibimos. Esta individualidad es lo que permite al ser humano alcanzar la felicidad. Consiste en hacer nuestras elecciones en la vida y tomar nuestras decisiones reflexionando a partir de las ideas y sentimientos propios. Así estas elecciones y decisiones convendrán a nuestra personalidad.

Pero, señala Stuart Mill, esta individualidad solo se puede desarrollar correctamente si contamos con un espacio en el que seamos libres de verdad, no suframos coacciones externas de ningún tipo, empezando por la presión social. Necesitamos protección frente a la coacción de la opinión pública.

¿La verdadera libertad?

La libertad, ¿liberal o libertaria?, de Raymond Aron (Página indómita).
La libertad, ¿liberal o libertaria?, de Raymond Aron (Página indómita).

En el siglo XX, el filósofo, sociólogo y politólogo francés Raymond Aron (1905-1983) explicaba en La libertad, ¿liberal o libertaria?: «Soy libre de hacer esto o aquello, por tanto de elegir mi conducta, si los otros no me coaccionan ni me impiden, por la fuerza, hacer lo uno o lo otro, si no me obligan a ello mediante la amenaza de sanciones». O sea, si no me lo prohíben previamente. Prohibiciones y libertades íntimamente relacionadas. En el libro, que reúne el contenido de una conferencia que el propio Raymond Aron dio en septiembre de 1969, el autor, uno de los pensadores más críticos con el Mayo del 68 francés, señala tres tipos de prohibiciones: las leyes y normas, prohibiciones establecidas por el Estado; las sociales, las que establece la sociedad a través de la opinión pública; y las que nos fijamos cada uno de nosotros a nosotros mismos (sentimiento de culpa, de vergüenza, remordimiento). O sea que para ser libre hay que contar con la aprobación o el rechazo, la complicidad o las restricciones de los demás. Entonces, ¿eso es verdadera libertad?

Reclama Stuart Mill una «esfera moral» de libre elección en la que nadie puede interferir, ni otros individuos ni los gobiernos. La coacción solo está justificada si una acción causa o amenaza algún daño a los demás, es decir, afecta a la individualidad de otro o impide su desarrollo. La libertad de pensamiento nunca puede afectar a la individualidad de otro.

«¿Qué es lo que más distingue las instituciones, las ideas sociales, la vida de los tiempos modernos, de la de los pasados y caducos? Que el hombre ya no nace en el puesto que ha de ocupar durante su vida; que no está encadenado pon ningún lazo indisoluble, sino que es libre para emplear sus facultades y aprovechar las circunstancias en labrarse la suerte que considere más grata y digna» escribe Stuart Mill en otra de sus obras clave, La esclavitud de las mujeres, considerada la «biblia» del feminismo. El filósofo resalta el derecho del individuo a escoger libremente un camino propio según sus aptitudes o gustos personales, con independencia de sus circunstancias. «Negamos a la autoridad el derecho a decidir de antemano si tal individuo sirve o no para tal cosa. (…) Sería injusto para el individuo y perjudicial para la sociedad el alzar barreras que prohíban a ciertos individuos sacar todo el partido posible de sus facultades en provecho suyo y ajeno».

Capacidad de tomar decisiones

Más allá del bien y del mal, de Nietzsche (Alianza).
Más allá del bien y del mal, de Nietzsche (Alianza).

Para Friedrich Nietzsche (1844-1900), el individuo que rige sus actos según lo que dictan otras personas no está ejerciendo la libertad para tomar sus propias decisiones. El filósofo alemán propone la persecución de la libertad, pero distingue entre libertad y libertinaje. No se trata de la libertad de hacer cada uno lo que quiera sin más, sino la de tener la posibilidad y ser capaces de decidir, tomar las riendas de uno mismo, de la persona que somos, y encaminarnos hacia lo que queremos llegar a ser. Si uno conquista esa libertad, reafirma su vida. Y una de las vías para empezar a ser libres de verdad, además de no depender ni actuar conforme a la opinión de otros, es cortar con las ataduras del pasado personal.

La aspiración a la libertad de la voluntad (…), la aspiración a cargar uno mismo con la responsabilidad total y última de sus propias acciones, y a descargar de ella a Dios, al mundo, a los antepasados, al azar, a la sociedad, equivale nada menos que a ser precisamente aquella causa sui (causa de sí mismo) y a sacarse a sí mismo de la ciénaga de la nada.
Más allá del bien y del mal.
Nietzsche

Para Nietzsche, hay dos vías esenciales para empezar a ser libres de verdad: no actuar conforme a la opinión de otros y cortar con las ataduras del pasado personal

La filosofía de Nietzsche es individualista: cree en el individuo, en la capacidad para mejorarse a sí mismo. El filósofo ve en el individualismo una manera de liberarse del predominio de la sociedad. Muy comprometido con la libertad humana, la que nos permite ser nosotros mismos, Nietzsche dice: ningún precio es demasiado alto si es para el valor de ser uno mismo. Pero que nadie piense que es tarea fácil. El filósofo advierte: el ser humano se siente arrastrado atraído por la tribu y, si se separa, se sentirá solo, juzgado o aislado.

Libertad versus alienación

El primero de los dos volúmenes de El capital, de Marx, en la versión manga de La Otra H.
El primero de los dos volúmenes de El capital, de Marx, en la versión manga de La Otra H.

Estamos en el siglo XIX y el pensamiento de Nietzsche no va a ser el único que revolucione el mundo de las ideas. Llegó Marx, pensó, habló, dio la vuelta a todo y se rodeó de polémica… que traspasaría los años, los siglos y las épocas históricas. Según cuenta el historiador polaco Andrzej Walicki, especialista en marxismo, el filósofo Karl Marx (1818-1883) entendía la libertad como el control sobre las fuerzas alienadas del ser humano. La alienación es un complejo concepto filosófico por el que un individuo se desposee de algo suyo que se convierte en propiedad de otro. Para Marx, este individuo que se aliena es, en concreto, el trabajador al realizar tareas que no le pertenecen ni siente como suyas. «El capital es trabajo muerto que solo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa», dice El capital. Y en Manuscritos de economía y filosofía, Marx escribe: «El trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador solo se siente en sí fuera del trabajo y, en el trabajo, fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo». 

Con alienación Marx se refiere también a la actividad religiosa. Esta no es una necesidad ni una dimensión del ser humano, sino un producto de la organización económica y social. En Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx afirma: «La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu». Y concluye la explicación con su famosa sentencia: «La religión es el opio del pueblo».

La libertad en esta concepción marxista del control sobre las fuerzas alienadas del ser humano, escribe Walicki, tiene dos sentidos: por un lado, poder dominar la naturaleza a través del desarrollo de las fuerzas productivas, y por otro, la eliminación del poder de fuerzas sociales alienadas. Es el hombre quien controla. La libertad es autodeterminación y determina el propio destino, pero se trata de una libertad entendida como libertad colectiva.

Según el significado más habitual de la palabra «libertad», actuar con independencia de la voluntad arbitraria de otro, solo obstáculos puestos por el hombre pueden considerarse limitaciones de la libertad, reflexiona Walicki. Podemos estar libres de coacciones y restricciones, pero no podemos estar libres de la necesidad natural. «No soy un esclavo si mi fuerza física no me permite hacer ciertas cosas, pero soy un esclavo si mi fuerza física no está a mi propia disposición».

Marx opina que la libertad es autodeterminación y determina el propio destino, pero se trata de una libertad entendida como libertad colectiva

Marx es muy crítico con la idea liberal de la libertad. Frente a los liberales, Marx no ve la libertad como algo individual, sino como algo colectivo. La realización de la libertad es para Marx un proceso de liberar a las personas de la dominación de cosas, tanto si es por necesidad física como si es por relaciones sociales cosificadas.

Nacidos para la libertad

Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, de Simone Weil (Trotta).
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, de Simone Weil (Trotta).

De Marx y sus propuestas y de libertad habló la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) en su obra Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Dice Weil que la verdadera libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción. «Sería completamente libre el hombre cuyas acciones procediesen, todas, de un juicio previo respecto al fin que se propone y al encadenamiento de los medios adecuados para conducir a este fin. Disponer de las propias acciones no significa en absoluto actuar arbitrariamente: las acciones arbitrarias no proceden de ningún juicio y no pueden, propiamente hablando, llamarse libres», escribe. 

En el libro, la filósofa hace una crítica a la obra de Marx. Dice Weil que Marx demostró la necesidad de abolir la opresión que ejerce sobre los individuos el capitalismo. Pero dice más; dice que Marx habla del mecanismo de la opresión capitalista, pero lo hace sin mostrar apenas cómo este mecanismo podría dejar de funcionar.

Nada en el mundo, sin embargo, puede impedir al hombre sentir que ha nacido para la libertad. Jamás, suceda lo que suceda, puede aceptar la servidumbre; porque piensa. Jamás ha dejado de soñar una libertad sin límites, bien como felicidad pasada, de la que se habría visto privado por un castigo, bien como felicidad futura, debida a una suerte de pacto con una providencia misteriosa. El comunismo imaginado por Marx es la forma más reciente de este sueño; un sueño que, como todos los sueños, siempre ha resultado vano y, si ha podido consolar, lo ha hecho como el opio; es hora de renunciar a soñar la libertad y decidirse a concebirla. Lo que hay que intentar representar claramente es la libertad perfecta, no con la esperanza de alcanzarla, sino con la esperanza de alcanzar una libertad menos imperfecta que la de nuestra condición actual, ya que lo mejor solo es concebible por lo perfecto; solo puede dirigirse hacia un ideal. El ideal es tan irrealizable como el sueño, pero, a diferencia de este, mantiene relación con la realidad, permite, a título de límite, ordenar las situaciones, reales o realizables, desde su menor a su más alto valor. La libertad perfecta no se puede concebir como desaparición de esta necesidad cuya presión sufrimos siempre; mientras el hombre viva, es decir, mientras constituya un fragmento ínfimo de este universo despiadado, la presión de la necesidad jamás se distenderá un solo instante.
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Simone Weil

«Sería completamente libre el hombre cuyas acciones procediesen, todas, de un juicio previo respecto al fin que se propone y al encadenamiento de los medios adecuados para conducir a este fin». Simone Weil

Condenados a ser libres

El filósofo británico Bertrand Russell (1872-1970) se preguntó si los individuos que conociesen de antemano su futuro pueden ser libres. Y llegó a la conclusión de que sí, siempre y cuando las decisiones que vayan tomando en la vida respondan realmente a sus deseos, no a una fuerza externa a ellos mismos que les marque lo que deben querer ni el camino a seguir. «Su mente analítica le dice que no queremos sentirnos a merced del destino, ni pensar que la herencia u otras circunstancias puedan obligarnos a actuar incorrectamente y mucho menos que alguien pudiera predecir con exactitud nuestra conducta si nos conociese lo suficiente», escribe Martínez Llorca en Los filósofos y la libertad.

«El hombre está condenado a ser libre» dijo el filósofo francés existencialista Jean-Paul Sartre (1905-1980). En estas siete palabras que nos dejó en una de esas citas –con paradoja incluida– que pasan a la historia de la filosofía, Sartre resume su idea clave sobre la libertad: esta es consustancial a la condición humana. Ni Dios ni el destino; nada de un ser superior ni supremo que guíe ni fije nuestros pasos; el ser humano es el absoluto responsable de su existencia, de lo que haga con ella y de cómo la utilice. Estamos llamados a ser lo que somos. Pero nuestra esencia no está predeterminada, pues nuestra esencia es la libertad. Estamos «condenados» a ser libres, a decidir por nosotros mismos y con nuestros actos qué o quiénes queremos ser. Solo estamos atados a nuestras propias decisiones.

La libertad como inevitable: somos libres y no podemos dejar de serlo. La libertad unida irremediablemente a la responsabilidad: somos dueños de nuestras acciones y decisiones y estas tienen unas consecuencias que hemos de asumir.

Para Sartre, «el hombre está condenado a ser libre». Estamos «condenados» a ser libres, a decidir por nosotros mismos y con nuestros actos qué o quiénes queremos ser

Libertad por encima de todo, como proclama el pensador, economista y escritor español José Luis Sampedro (1917-2013). «Hazte quien eres. Sin doblegarte, sin hundirte, sin ceder. Vive en armonía con la naturaleza a la que perteneces». Libertad sin ataduras, sin miedo. Porque el miedo esclaviza, impide desarrollar la propia vida, anula la libertad. Y sin libertad, advierte, lo que vivimos no es nuestra vida, sino la vida que nos imponen.

Retoñarán aladas de savia sin otoño reliquias de mi cuerpo que pierdo a cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño: porque aún tengo la vida.
El hombre acecha. El herido. Miguel Hernández
Sigue leyendo… ¿Somos libres de verdad? (Parte 2)
Sigue leyendo… Berlin y Arendt, nuevas ideas para la libertad en el siglo XX (Parte 3)

Sigue leyendo… Claus Dierksmeier: «El amor es un buen ejemplo de libertad cualitativa» (Parte 4)

2 COMENTARIOS

  1. La sabiduría que persigue actualmente d Savater en el batallón de ciudadanos debería hacernos pensar si ha olvidado la libertad con la que en el pasado siglo defendió a Cioran todo lo contrario al ideario político de Rivera : pensemos ¿esta muriendo el compromiso de los políticos con la filosofía y su búsqueda continua de que el pensar nos haga libres,porque si me mojo,os diré que ni Savater a las filas del partido que lidera Rivera,ni ese partido que se presenta a las elecciones del 10N ,son libres porque impiden que tres cuartas partes de los catalanes se auto determinen políticamente

    • Precisamente Savater, ya que lo mencionas, es un claro ejemplo del tema que aborda este artículo, es un filósofo que ha sido perseguido por su pensamiento, amenazado por la banda terrorista ETA por el simple hecho no esconder su voz en un tiempo en el que decir según qué cosas se pagaba con un tiro en la nuca o con tu coche volando por los aires. Que un partido político, en este caso Ciudadanos (fuerza más votada en las últimas elecciones catalanas) no comulgue con el ideario independentista no significa que vaya contra la libertad.

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