Rosa Luxemburgo, apodada «La rosa roja», nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, Polonia, y murió el 15 de enero de 1919 en Berlín, Alemania. Diseño realizado con dos imágenes de Free SVG (silueta de Rosa Luxemburgo y rosa roja), bajo licencia CC0).
Rosa Luxemburgo, apodada «La rosa roja», nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, Polonia, y murió el 15 de enero de 1919 en Berlín, Alemania. Diseño realizado con dos imágenes de Free SVG (silueta de Rosa Luxemburgo y rosa roja), bajo licencia CC0).

Rosa Luxemburgo fue una pensadora muy comprometida políticamente. Militante marxista desde los 16 años, estuvo encarcelada en varias ocasiones por oponerse a la guerra y a la cúpula de su propio partido. Nadaba a contracorriente y propuso un pensamiento político que sigue dándonos claves en el siglo XXI para tratar cuestiones como la emancipación, el feminismo o la lucha del movimiento obrero.

Por Irene Gómez-Olano

Rosa Luxemburgo, la rosa roja

«La rosa roja», como se conoció a Rosa Luxemburgo, nació en Polonia en 1871, dos semanas antes de que comenzara la Comuna de París, el que fue considerado el primer gobierno de los trabajadores de la historia. Con solo 16 años y en un momento en el que la política era cosa de hombres, empezó a militar en el Partido Polaco-Marxista, sensibilizada por la miseria de su país.

Se exilió en Zúrich, perseguida por el zarismo ruso, donde pudo ingresar en la universidad, algo que en Polonia había tenido prohibido por ser mujer. Allí conoció a algunos de los principales dirigentes del socialismo de le época, que se hallaban también exiliados, y al que fue su compañero sentimental y camarada gran parte de su vida: Leo Jogiches.

Cuando tenía 22 años ya era parte de la Segunda Internacional, el partido internacional del que participaban las organizaciones obreras del momento. Con el tiempo, Rosa Luxemburgo se convirtió en un miembro muy destacado de su ala izquierda. Con 27 se trasladó a Alemania y se integró en el Partido socialdemócrata alemán, que era el partido obrero más grande e influyente del mundo en aquel momento.

Tras 1905 pronunció varios discursos a los obreros alemanes a favor de la revolución que estaba teniendo lugar en Rusia en ese momento, y que fue un anticipo fundamental de los proletarios rusos para la revolución que llegaría en 1917.

La prensa la llamaba la «polaca sanguinaria» y los propios socialdemócratas de su partido la despreciaban por ser mujer y del ala izquierda del partido. Antes y durante la Primera Guerra Mundial se opuso al militarismo y al imperialismo, lo que la llevó a la oposición directa con la dirección de su partido, que había votado los créditos de guerra por los que Alemania entró en ella.

Durante la revolución alemana de 1918 y 1919, se posicionó, junto con su camarada Karl Liebknecht, a favor de la huelga general y la radicalización de la revolución. Aquello fue la gota que colmó el vaso de la socialdemocracia, que ya se encontraba en el gobierno y era cada vez más conservadora. El gobierno avaló las acciones de un grupo paramilitar alemán que fue a por Luxemburgo y Liebknecht para asesinarlos de un tiro en la sien y tirar sus cuerpos a un canal. Liebknecht había sido en 1914 el único parlamentario socialdemócrata que había votado en contra de la guerra señalando que «el enemigo estaba en casa».

Conocemos que lo último que escribió antes de morir fueron las siguientes palabras: «Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror de ustedes: ¡Yo fui, soy y seré!». Y porque ella escribió y pensó en un mundo que todavía es, en gran medida, el nuestro, fue, es y será. Por ese motivo traemos algunos de los elementos fundamentales de su pensamiento.

La prensa la llamaba la «polaca sanguinaria», los socialdemócratas de su partido la despreciaban por ser mujer y del ala revolucionaria del partido. Se opuso al militarismo y al imperialismo, lo que la llevó a la oposición directa con su partido

Reforma o revolución

En 1898 escribió su libro más conocido, Reforma o revolución, donde polemiza con Bernstein en torno a la estrategia que debe defender el partido socialdemócrata.

Eduard Bernstein, dirigente de la socialdemocracia alemana, defendía que las tesis fundamentales del marxismo habían quedado ya obsoletas. La generalización del sistema de crédito y los acuerdos entre corporaciones para la regulación de los precios suponían un dique de contención a las crisis periódicas del sistema. Para Bernstein, se debía pelear por la radicalización de la democracia parlamentaria y ya no era necesario luchar por una revolución.

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Reforma o revolución, de Rosa Luxemburgo (Akal).

A esta teoría se la conoció como «revisionismo». Reivindicaba que los objetivos finales del socialismo debían ser desplazados por una lucha por las reformas parciales. Esta teoría llevó al partido socialdemócrata alemán a abandonar la lucha de clases en favor de la lucha parlamentaria, y a buscar alianzas con los partidos de la burguesía.

El análisis de Bernstein se producía en un momento de relativa estabilidad del sistema, que hacía pensar a los revisionistas que las crisis, guerras y revoluciones ya no iban a darse más; algo que se vio contrastado con la realidad en las primeras décadas del siglo XX. Además, el capitalismo estaba entrando en lo que Lenin llamaba «fase imperialista», y la burguesía podía hacer concesiones a la clase trabajadora que daban una sensación de bonanza económica generalizada, aunque se cimentaba sobre la explotación que se vivía en las colonias.

El problema que veía Luxemburgo en el planteamiento revisionista era que se basaba en circunstancias muy concretas que no podían ser generalizadas al sistema en general. Estas circunstancias concretas, que apuntaban a una estabilización política relativa, no cerraban las contradicciones del sistema, por lo que podrían seguir viniendo crisis. De hecho, ella veía más que probable una futura revolución si se atendía a la deriva general del sistema:

«El fundamento científico del socialismo reside, como se sabe, en los tres resultados principales del desarrollo capitalista. Primero, la anarquía creciente de la economía capitalista, que conduce inevitablemente a su ruina. Segundo, la socialización progresiva del proceso de producción, que crea los gérmenes del futuro orden social. Y tercero, la creciente organización y conciencia de la clase proletaria, que constituye el factor activo en la revolución que se avecina».

La contradicción entre reforma o revolución quedaba resuelta de la siguiente manera: aunque había que pelear por ambas, para Rosa Luxemburgo la reforma debía ponerse al servicio de la revolución. Las conquistas de los obreros debían servir para alentar moral y dar mejores condiciones para un futuro proceso revolucionario (por ejemplo, la disminución de horas de trabajo por igual salario dejaba más tiempo libre al proletariado para organizarse).

Aunque Rosa Luxemburgo veía necesario pelear por las reformas, estas debían ponerse al servicio de la revolución. La reforma debe ser una palanca y un punto de apoyo, no un fin en sí mismo

La reforma debe ser, en el pensamiento de la autora polaca, una palanca o punto de apoyo de una estrategia más general que apunte a trascender el sistema capitalista. Solo trascendiéndolo se apuntalarían las reformas, pues estas siempre están en peligro en momentos de crisis del sistema, como sucede con los derechos laborales o los de las mujeres. La lucha sindical sin estrategia revolucionaria es, para Luxemburgo, un trabajo de Sísifo: siempre se avanzaría y retrocedería para volver a empezar tras cada ataque de las patronales.

Huelga de masas, partido y sindicatos

La revolución rusa de 1905 le pareció a Luxemburgo un ejemplo de lucha para la clase trabajadora alemana porque había sido el primer estallido de lucha de clases en Europa tras la Comuna de París de 1871. Ella defendía la hegemonía obrera en la revolución rusa; es decir, pensaba que la clase trabajadora debía tener un papel dirigente en la revolución frente a otras clases sociales, como los pequeños propietarios o el campesinado. Esto era así no porque su lucha fuera más importante que la del resto, sino porque su ubicación en el sistema productivo permitía, mediante las huelgas, parar toda la producción y el sistema, y administrar con sus conocimientos el mundo nuevo.

De la clase trabajadora dependía el suministro de energía, el funcionamiento de los medios de transporte, los cuidados a menores y personas dependientes, y se halla concentrada en ciudades, lo que favorece su organización. El campesinado está, por otro lado, disperso, lo cual hace más difícil su organización y su rol dirigente en la revolución. Además, en los países en vías de industrializarse, la tendencia era a la progresiva disminución del campesinado y aumento del proletariado.

En su libro Huelga de masas, partido y sindicatos sintetizó algunas de las conclusiones acerca de la revolución de 1905. En este contexto consideraba que el partido socialdemócrata debía dar un vuelco: para Luxemburgo el papel del partido debía ser de dirección del conflicto en el sentido de la revolución.

Karl Kautsky fue otro de los dirigentes de la socialdemocracia alemana con los que Rosa debatió fervientemente. Kautsky estaba en contra de agitar a los trabajadores hacia la huelga porque eso podría poner en peligro las posiciones institucionales logradas por el partido socialdemócrata. Sostenía que eso se haría más adelante.

Rosa Luxemburgo defendió el papel de la huelga en los procesos de transformación social y el protagonismo de la clase trabajadora en la revolución, porque es la clase de la que depende el funcionamiento de todo el sistema

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Huelga de masas, partido y sindicatos, de Rosa Luxemburgo (Siglo XXI).

Pero para Luxemburgo, esas posiciones solo tenían sentido de ser si se ponían al servicio de la lucha de los trabajadores. Lo contrario era hacer política burguesa, o, como señaló, «nada más que parlamentarismo».

Kautsky defendía que había que esperar a las elecciones de 1912 para aumentar la influencia socialdemócrata y acumular fuerzas. Esto es lo que se conoció como «estrategia de desgaste» y la oponía a otra «estrategia de derrocamiento».

La huelga general era, para ella, una nueva forma de lucha revolucionaria. Frente a un tipo de huelga puntual, de protesta, donde se daban acciones ordenadas, pensaba que debía fomentarse una huelga combativa donde las reivindicaciones económicas se entrelazaran con las políticas.

Socialismo o barbarie

El rol conservador de la dirección socialdemócrata se hizo más evidente que nunca en 1914. Luxemburgo ya había advertido de este rol, pero cuando el partido socialdemócrata aprobó los créditos por los que Alemania ingresó en la Primera Guerra Mundial, se antepuso la defensa chovinista patriota al internacionalismo proletario que defendían Luxemburgo y otros marxistas. 

La guerra imperialista rompió el sueño de un desarrollo gradual del sistema donde el capitalismo ya no sería víctima de sucesos críticos, como sostenía Bernstein. Fue en este contexto en el que Luxemburgo enarboló la consigna «socialismo o barbarie». Pensaba que la única alternativa a la guerra para los trabajadores era una salida revolucionaria y socialista.

Para ella esto se hacía palpable con la Revolución rusa de 1917, cuando el proletariado le dio una salida revolucionaria a la guerra, promoviendo una revolución en su propio país. El socialismo no era el destino inevitable de la historia, pero el colapso al que llevaba el capitalismo y las calamidades que sufrían las masas en el proceso era lo único inevitable.

Antimilitarismo y antiimperialismo

En el Congreso de 1907 de la Internacional, Luxemburgo se había opuesto al imperialismo instando a los partidos a que trataran de evitar la guerra por todos los medios en sus ámbitos nacionales. En caso de estallar, debían tomar todas las medidas necesarias para que terminara lo antes posible y para utilizar la crisis generada a favor de la insurrección de las masas obreras, para acelerar así la caída del dominio capitalista.

Para Rosa Luxemburgo los socialistas debían oponerse tanto al imperialismo como a la guerra, no como luchas que tengan el fin en sí mismas, sino como forma de derrotar el capitalismo. Sin embargo, Kautsky defendía que el imperialismo no derivaba necesariamente del capitalismo. De hecho, la mayor parte de los capitalistas no se mostraba a favor de él, porque el imperialismo era un método de expansión económica concebido por algunos de ellos, particularmente poderosos, que ponían en riesgo la acumulación de capital de los demás.

De este modo, los intereses de grupos como bancos o fabricantes de armas reducían el capital disponible para otro tipo de inversiones y los capitalistas acabarían oponiéndose a la guerra.

Por su parte, Bernstein pensaba en 1911 que el deseo de paz era cada vez más universal y que era poco probable una guerra. La escalada belicista y el rearme de las grandes potencias podía compensarse con acuerdos de desarme generalizados y una política internacional basada en el arbitraje. Para Luxemburgo, el problema de los posicionamientos de Bernstein era que se basaban en una gran confianza en que los gobiernos capitalistas pudieran poner orden en un contexto cada vez más cercano a la guerra y no apostaban por una salida independiente de la clase trabajadora respecto de sus propios gobiernos.

Para Rosa Luxemburgo los socialistas deben oponerse tanto al imperialismo como a la guerra, no como luchas que tengan el fin en sí mismas, sino como forma de derrotar el capitalismo

Luxemburgo defendía que no era posible ese pacifismo capitalista porque se basaba en la idea de que era posible un capitalismo sin expansión; esto es, sin la búsqueda continua de nuevos territorios que expoliar. El imperialismo no era, para la pensadora, una invención de un pequeño grupo capitalista particularmente interesado en vender armas, sino una necesidad del propio sistema capitalista.

Para ella no servían las medias tintas contra el imperialismo: lo que proponía en bloque la mayor parte de los socialdemócratas era un pacto entre la clase trabajadora y la parte de la burguesía que se oponía a la guerra para desviar el imperialismo mediante un desarme parcial, apelando a la burguesía más «razonable». Pero Luxemburgo defendió que el imperialismo y sus guerras eran insuperables en el marco del capitalismo, porque surgían de los intereses más elementales de la sociedad capitalista, que necesita continuamente expandirse. Oponerse a la guerra era oponerse al imperialismo, porque la guerra es su instrumento más elemental.

Si el imperialismo era la última fase del capitalismo (tesis en la que concordaba con Lenin), entonces la lucha contra el imperialismo era una lucha contra el propio capitalismo. En 1916, con la Primera Guerra Mundial en marcha y encarcelada en prisión, Rosa Luxemburgo escribe:

«El imperialismo, como fase última y desarrollo extremo del dominio político mundial del capital, es el enemigo mortal común del proletariado de todos los países. (…) El imperialismo acelera la concentración del capital, la erosión de las capas medias, la multiplicación del proletariado despierta la resistencia creciente de las masas y conduce así a la agudización intensiva de los antagonismos de clase. La lucha de clases proletaria ha de concentrarse, tanto en la paz como en la guerra, contra el imperialismo.

La guerra con él es para el proletariado internacional al mismo tiempo lucha por el poder político del estado, enfrentamiento decisivo entre el socialismo y el capitalismo. La meta final socialista solo será alcanzada por el proletariado internacional si le hace frente en toda la línea al imperialismo y en un supremo esfuerzo y con máxima abnegación pone como norte de su política práctica la consigna: ‘guerra a la guerra’».

Considera que la única salida progresiva a la guerra que estaba teniendo lugar era aquella en la que los obreros de los diferentes países se tienden la mano fraternalmente y construyen una salida basada en la independencia de clase recogiendo la consigna de Flora Tristán y el Manifiesto Comunista de Marx y Engels: «Proletarios del mundo, uníos».

En su lucha contra el imperialismo, fundó la Liga Espartaco junto con otros revolucionarios, como Karl Liebknecht y Clara Zetkin. Esta fracción dio lugar posteriormente al Partido Comunista Alemán.

Herencia

Durante toda su vida, Rosa Luxemburgo luchó por integrar tanto a las mujeres como sus reivindicaciones al movimiento obrero. Su tradición de feminismo socialista bebía de la obra de autoras como Flora Tristán y coetáneas suyas como Clara Zetkin o Aleksandra Kollontái.

El feminismo socialista defendió que, aunque las obreras debían llevar como suyas las reivindicaciones del feminismo burgués, también debían radicalizarlas y defender la abolición de la explotación. Solo así podrían emanciparse las mujeres realmente, pues mientras siguiera habiendo siervas y propiedad privada, las mujeres nunca podrían ser libres.

Una de las claves del feminismo que defendió Rosa Luxemburgo fue la cuestión antiimperialista. Para ella, cuando hay intereses económicos sobre un país, una de las claves que utiliza el imperialismo para justificar su injerencia es el discurso de «salvar a las mujeres» de ese país. Caer en este discurso es caer en las trampas del capitalismo, que justifica su imperialismo incluso abanderándose con el feminismo.

La única salida progresiva a la guerra, para Luxemburgo, era aquella en la que los obreros de los diferentes países se tendían la mano por encima de los intereses económicos de sus gobiernos burgueses: «Proletarios del mundo, uníos»

Su amiga y camarada Clara Zetkin escribió sobre ella: «Espada y llama de la revolución, su nombre quedará grabado en los siglos como el de una de las más grandiosas e insignes figuras del socialismo internacional».

Luxemburgo creía firmemente en el poder transformador de la clase trabajadora, que podía construir un mundo nuevo donde la solidaridad fuera la norma y no la excepción. Su obra como teórica y revolucionaria es tan reconocida hoy que cada año decenas de miles de personas caminan en enero hacia el cementerio de Friedrichsfelde donde se halla enterrada junto con Karl Liebknecht.

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