Pablo Tepichín es autor del libro «Martin Heidegger. El pensamiento del evento y la configuración política».
Pablo Tepichín es autor del libro «Martin Heidegger. El pensamiento del evento y la configuración política».

En su nuevo libro, el mexicano Pablo Tepichín, profesor e investigador en el Centro Nacional de las Artes en la Ciudad de México, reflexiona acerca del pensamiento de Martin Heidegger. Hablamos con él sobre el filósofo alemán, pero también de otros temas, como el estado de bienestar, las ideologías políticas…

Por Julieta Lomelí Balver

Pablo Tepichín Jasso (1973) es un pensador que no sólo se limita al estudio de la filosofía, sino que también navega entre el mar de la teoría crítica, la historia del arte y las ciencias políticas haciendo de sus reflexiones una labor de mayores alcances que se construye desde una mirada interdisciplinaria y cercana a la vida.

Martin Heidegger: el pensamiento del evento y la configuración política, de Tepichín (Universidad Iberoamericana. Ediciones Navarra).
Martin Heidegger: el pensamiento del evento y la configuración política, de Pablo Tepichín (Universidad Iberoamericana. Ediciones Navarra).

Tepichín es profesor e investigador en el Centro Nacional de las Artes en la Ciudad de México, es docente en la Universidad Iberoamericana y en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la máxima casa de estudios en el país, la Universidad Nacional Autónoma de México. En julio de este pandémico 2021 llegó a las librerías y a las bibliotecas digitales su libro más reciente: Martin Heidegger. El pensamiento del evento y la configuración política. Con este motivo tengo ocasión de conversar con Pablo Tepichín.

Empiezo con una pregunta provocadora: ¿individualismo o colectivismo? ¿Capitalismo o un estado de bienestar cercano a un socialismo utópico? ¿Cuál habrá de ser la pertinencia actual y la labor del pensamiento humanista en esta crisis de valores y en esta emergencia sanitaria? 
A mi juicio, lo que vino a afirmar la situación pandémica es precisamente la opción individualista en tensión con una opción colectiva dentro de la forma social del capital. La hizo tan patente un problema sanitario, en principio no humano, que desde el inicio de la pandemia la primera reacción fue un «sálvese quien pueda», claro, pero de manera individual; sin embargo, forzosamente el Estado se hizo cargo de una responsabilidad colectiva que al mismo tiempo aseguraría el resguardo individual.

Esta crisis sanitaria hizo patente, pues, las grandes diferencias sociales, la inestabilidad en el empleo y en los sistemas de salud, aspectos que se han dejado a la deriva por la persistencia de una razón neoliberal y que arrinconan la posibilidad social del Estado. Más recientemente hemos visto el papel eficaz o no del Estado, pero también la presencia de las farmacéuticas que ofrecen la vacuna. Pero aquí lo más importante es que es responsabilidad de la gestión estatal su compra y su distribución. La gratuidad de la vacuna no es un gesto humanitario, es una responsabilidad de la comunidad política.

En alemán, el prefijo Ge significa «la congregación de lo diferente, de ciertos elementos que se pertenecen», por ejemplo Gebirge (cordillera) como congregación de distintos montes. Pero podríamos pensar también Gemeinschaft o Gesellschaft, comunidad y sociedad; ambas tienen ese prefijo que alude a la congregación de lo diferente. Si quieres, en nuestra genealogía podemos aludir a la communitas, donde una palabra, munus, nos pone en un dar o en una obligación con el otro. La pandemia nos hizo solidarios con uno mismo y con el otro directa e indirectamente; conscientes o no, nos hizo constatar el engranaje político. 

«Esta crisis sanitaria hizo patente las grandes diferencias sociales, la inestabilidad en el empleo y en los sistemas de salud, aspectos que se han dejado a la deriva por la persistencia de una razón neoliberal y que arrinconan la posibilidad social del Estado»

En su último libro habla del famoso caso de Heidegger y sus, a veces, muy mal calculados compromisos políticos. Sé que es difícil explicar en palabras coloquiales qué se entiende por «evento» o «acontecimiento» (Ereignis) en Heidegger, por Beiträge, pero sé que usted es muy bueno en asuntos de paideia, así que quisiera hacerle algunas preguntas al respecto para que nuestros lectores puedan entender hacia dónde va su libro. ¿Cuál es la diferencia entre esa destrucción que Heidegger hace en el inicio de su obra con su propio concepto de Sein, que desplaza al Ser en la tradición filosófica que había sido entendido como un sustantivo, como una razón suprema, como Dios, o como cualquier otro sujeto que fundamenta el resto de las cosas del mundo, y el «acontecimiento» del Heidegger más maduro? 
Me gusta mucho el significado de la palabra «destrucción» que procede del latín destruere, destruir, pero se nos pasa el de struere, amontonar. Al inicio, cuando el filósofo de Messkirch piensa la ontología y la metafísica, piensa que es necesario desmontar todo aquello que el hombre ha construido y seguido para así seguir a un nuevo pensar filosófico. El desmontaje le permitirá emplazar una hermenéutica fenomenológica de todo lo fáctico. Pero el pensar de los años treinta, el pliegue de su propio pensamiento, es el evento, pensar como un evento de la «verdad» misma con criterio de ser. Y el rastreo que hago es precisamente que esto se troquela con la época realmente efectiva políticamente hablando, y en clave no política, también, es decir, la historicidad, el liderazgo, la decisión, pero también nociones decimonónicas como Heimat, Gemeinschaft, Kultur, Reich y Volk.

Algunos filósofos que gustan mucho de hacer una ontología o filosofía moralmente neutral sobre la obra de Heidegger niegan el sentido ético de su obra. ¿Usted qué piensa al respecto? ¿Existe la posibilidad de una ética?
Es peligroso negar el sentido ético de su obra, pues neutralizarla es escoger solo lo que conviene para construir quizá no una ética, sino una moralización, y dulcificar un pensamiento. A mi juicio, hay que abordar autores que incomodan, pero dialogar con el presente y no hacer escolástica. Ver qué sí y qué no nos sirve para comprender nuestro convulso presente. Quizás lo más incómodo es lo que nos sirve, y por eso el síntoma de neutralizar y denegar lo más importante. 

En este sentido, y como ha escrito en las conclusiones de su libro, si el «acontecimiento» (Ereignis), la idea de Heidegger era destruir «los horizontes ontoteológicos y teleológicos», esto es que él deseaba superar la idea de la metafísica, de la teología y de poner siempre al ser humano y a sus facultades una finalidad a seguir, como escribe de manera sintética, en el Ereignis el fundamento de la existencia es que no tiene un fundamento, que «hay acontecimiento, no hay un por qué». A mí me sigue creando mucho conflicto eso de pensar en lo «infundado» y en una existencia que se abisma. Me genera problemas la idea del Ereignis, porque parece excusar muchas de las motivaciones humanas. Por eso me gustaría preguntarle: ¿cómo dicho concepto de Ereignis podría ser compatible con la responsabilidad humana? 
Hay dos cosas en la pregunta. En la misma la palabra Abgrund —fundamento (Grund) y abismo (Abgrund)— están las dos posibilidades, por ello, llevado al terreno de la ontoteología, oscurece las posibilidades de pensar desde un origen o un fundamento la filosofía, cuestión que fue muy atrayente para la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. Pensar sin un fundamento o una teleología. Me parece que ese estar arrojado, en estado de desamparo o en penuria, es lo que posibilita el proyecto, es algo infundado y sin un fin previo. Por ello el pensamiento posfundacional interpela las figuras metafísicas fundacionales: totalidad, universalidad, esencia y, precisamente, fundamento.

En el terreno político es un aspecto que me interesa mucho, pues pensar la política sin un fundamento último es lo que posibilita «desoscurecer» lo político y poner el acento en la contingencia y en la decisión, no en un principio. El acontecimiento o evento, aquí, disloca el orden y los fundamentos cristalizados. Esa idea de acontecimiento es deudora de Heidegger, en cuanto «hay» acontecimiento, sucede. Entonces es posible pensar el Dasein (ser humano), la libertad y la historicidad de otra forma.   

¿Cómo explica que un pensador que está intentando destruir todo fundamento y concepto definitivo caiga en las redes de prácticas dogmáticas, construidas sobre todo por fundamentos y conceptos definitivos e innegociables como son las ideologías políticas, como lo fueron los nacionalismos y antisemitismos de mitades del siglo pasado?
Uf… Llegamos a «la pregunta». Aunque justamente lo primero es evitar caer en la tentación reduccionista de una respuesta fácil a ciertos temas y problemas teóricos. Pienso que Heidegger es el corolario a una forma de pensamiento que se nutrió durante siglos, y que poco a poco se confeccionó en la Alemania del XIX. Hasta la época que le toca vivir, voy a ir en contra de los argumentos de varios filósofos actuales, parece que sí es posible sostener aquel «antisemitismo intelectual» que pensaba Heidegger en los Cuadernos negros, pero aquí no estoy hablando del sastre, del comerciante o del artista, sino de ese universalismo que se contraponía a la forma del Dasein del pueblo histórico que se asociaba al suelo, a la lucha, a la decisión, al mundo.

Pensar siempre lleva un vértigo, y él fue el vértigo de una época de la guerra, la lucha, la decisión. Pero también me parece que el régimen político cayó en la misma mecanización y nihilismo que le preocupaba. Después fue vigilado por las instancias políticas, tampoco hay que eludir esto.  

«Es peligroso negar el sentido ético de la obra de Heidegger, pues neutralizarla es escoger solo lo que conviene para construir quizá no una ética, sino una moralización, y dulcificar un pensamiento. A mi juicio, hay que abordar autores que incomodan, pero dialogar con el presente y no hacer escolástica»

En varias páginas habla de esa constante dialéctica humana de moverse entre luces y sombras, de esa condición existencial que nos hace forjar un carácter y tomar decisiones tanto en épocas de conflicto como en épocas de paz, una condición que nos vuelve hombres y mujeres de claroscuros, humanos coloreados por el eclipse moral, una bonita metáfora que nos recuerda que «nada de lo humano nos debería resultar ajeno». En este sentido, ¿qué enseña Heidegger? ¿Qué nos queda por rescatar de su obra? 
Me gusta mucho la pregunta. Quizá justamente ver en un mundo con una tendencia a la tecnificación de la democracia y un orden político formal —pues, precisamente, pensar que la neutralización y la sustracción apunta a una desnarración de la política— suspende la posibilidad contingente, creativa, vivificante de la política para convertirla en solo una administración del orden por unos expertos que saben lo que queremos. Hoy en día es relevante pensar el engranaje tecnológico que tiene alienados a los humanos. La pregunta por la técnica se ha ido radicalmente a las sombras y ahora vivimos felizmente en la estulticia de la comunicación masiva y el nuevo zoom politikon. 

Hablando de claroscuros, y dejando un poco de lado a Heidegger, veo que a lo largo de su trayectoria académica se ha dedicado no sólo a la filosofía, sino también ha hecho confluir en sus artículos y libros el estudio del arte, las ciencias políticas y la literatura. Una manera cada vez más urgente de trabajar en la actualidad, sobre todo por esa idea de ver todo como un Bestand, como una mercancía que debe producir algo material, si no no tiene ninguna utilidad. ¿Usted, que ha logrado construir una visión más amplia y por ello más objetiva, cómo ve el estado de la filosofía en México y Latinoamérica? ¿Cuáles son nuestras debilidades y fortalezas?
En efecto, mi formación ha sido muy ecléctica, nunca fue un problema para mí. Ahora veo muchos doctores maestros que se «realizan» después de culminar sus estudios; yo no. Desde hace muchos años leo literatura, psicoanálisis… Me he encontrado con muchas personas, viajes; hice fotografía un tiempo y, mientras esto sucedía, veía cada vez más obtusos y simplificados —o incluso siguiendo tendencias temáticas— a los departamentos de ciencias sociales y antropológicas y de filosofía.

Me parece que no se escapan del pathos de la competencia, a veces del individualismo y del «sálvese quien pueda» aunque disfrazado de camaradería, institucionalismo y el brillo fálico que les da ser «académico», «experto», etc. Desgraciadamente son monotemáticos, todo lo asocian a democracia (liberal) y ahora al género; luego ponen un tema de moda, por ejemplo, democracia y populismo, democracia y seguridad, democracia y pandemia, etc. Es escasa la filosofía en México. Hay figuras muy serias, pero me parece que el teórico actual debe tener un perfil amplio, pues si se dedica a la academia, ese será el perfil que proyectará en el estudiante. De lo contrario, sólo le harán aprender manuales, por no hablar de jóvenes narcisistas, hedonistas e individualistas que no leen casi nada. 

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