Básicamente, la memoria son los cambios que se producen en el cerebro para retener y almacenar lo que aprendemos. Es lo que nos permite relacionar el presente con el pasado y proyectar nuestras ideas hacia el futuro. Imagen: Ana Yael.
La memoria son los cambios que se producen en el cerebro para retener y almacenar lo que aprendemos. Es lo que nos permite relacionar el presente con el pasado y proyectar nuestras ideas hacia el futuro. © Ana Yael.

De todas las cualidades que poseemos los humanos, puede que pocas tengan más peso en el desarrollo de nuestra historia que la memoria. Todo lo que somos depende de esta fabulosa cualidad y del potencial que en nuestra especie ha alcanzado. Tanto es así que podríamos afirmar que su papel en nuestra existencia es absolutamente omnipresente: somos lo que somos por la capacidad de memorizar que poseemos. 

A pesar de su enorme importancia, no conocemos el fenómeno de la memoria tan bien como deberíamos. Ese banco de datos que albergamos en nuestro cerebro es mucho más complejo de lo que pudiéramos pensar. De hecho, solo en las últimas décadas hemos empezado a vislumbrar medianamente su verdadero potencial, su funcionamiento y su significado. Y eso es importante, pues la memoria, del mismo modo que podemos confiar en ella para ejecutar una variedad de tareas casi infinitas en nuestro día a día, también puede causarnos graves dificultades. En unas ocasiones, porque olvida cosas fundamentales de nuestro pasado que no deberían ser olvidadas; en otras, porque desvirtúa el recuerdo respecto a la realidad, e incluso, porque recuerda demasiado bien lo que debería olvidar.

¿Qué ocurre en la mente cuando aprendemos?

La memoria nos permite acceder a las cosas que hemos aprendido, pero también ese paso anterior, el aprendizaje, ha de ser convenientemente observado antes de sumergirnos en el asunto. Antes de abordar la cuestión de la memoria hemos de preguntarnos qué es aprender.

Aprender significa adquirir nuevas representaciones neuronales de información y establecer relaciones funcionales entre esas representaciones nuevas y las antiguas que ya existían en nuestro cerebro. Cuando aprendemos se forman en nuestro cerebro nuevas conexiones entre las neuronas encargadas de albergar el conocimiento. Dichas conexiones pueden ser nuevas, fortalecer las ya existentes o sencillamente desaparecer. Todos ellos son procesos cerebrales que denominamos plasticidad estructural y funcional.

En el cerebro humano hay cerca de 80.000 millones de neuronas que, a lo largo de sus prolongaciones, conducen información codificada en forma de pequeñas descargas eléctricas que se denominan potenciales de acción. Pero para que esa información pase de unas a otras, dichas neuronas han de entrar en comunicación (una neurona que aporte información y otra que la reciba) y para ello han de desarrollarse conexiones funcionales, que son las sinapsis. El primer investigador que apostó por este funcionamiento fue el español Santiago Ramón y Cajal, cuando, allá por 1884, postuló en la Royal Society de Londres que el aprendizaje podría tener lugar como consecuencia de la formación de «prolongaciones» en las células cerebrales que les permitirían conectarse a otras. El tiempo parece haberle dado la razón.

Aprender significa adquirir nuevas representaciones neuronales de información, estableciendo relaciones funcionales entre esas representaciones nuevas y las antiguas que ya existían en nuestro cerebro

Como si de plantas se tratara, cuando los humanos aprendemos se forman en nuestras neuronas unos pequeños «brotes» que denominamos espinas dendríticas, que son las encargadas de tender esos puentes con otras neuronas para poder comunicarse. Las formas y tamaños de estas espinas serán las que determinarán la capacidad de transmitir y recibir información de la sinapsis. Es decir, cuanto más firme y estable sea la red creada entre las neuronas, más fuerte, segura y disponible estará la información.

Muchas de nuestras sinapsis neuronales son fijas y estables, pero no todas. Eso significa que algunas pueden verse alteradas, ya sea reforzándose, debilitándose, creándose o desapareciendo. Todo ello dependerá de múltiples aspectos como nuestra acción mental o nuestro propio comportamiento en el día a día. Es la anteriormente citada plasticidad: las alteraciones sinápticas que se producen como consecuencia de nuestras experiencias, hábitos y capacidades mentales.

Aprender, recordar y olvidar de Ignacio Morgado (Ariel).
Aprender, recordar y olvidar, de Ignacio Morgado (Ariel).

La capacidad que tiene la mente para realizar estos cambios es verdaderamente impresionante. Solo son necesarios unos segundos para que se formen nuevas espinas dendríticas y en unas pocas horas pueden quedar establecidas sinapsis neuronales plenamente funcionales. No obstante, toda memoria medianamente duradera necesitará estar sustentada por redes neuronales complejas formadas por múltiples sinapsis, por lo que el proceso deberá ser más largo cuanto mayor calidad necesitemos para ese recuerdo o aprendizaje, aunque existen ciertas excepciones, como veremos enseguida.

Cómo funciona la memoria

Ya con esto entendido, vayamos a la cuestión que nos interesa: la memoria. ¿Qué es exactamente eso que llamamos memoria? ¿Qué papel juega en nuestra existencia? ¿Cómo funciona? ¿Qué la hace indispensable?

Básicamente, la memoria son los cambios que se producen en el cerebro para retener y almacenar lo que aprendemos. Es lo que nos permite relacionar el presente con el pasado, proyectar nuestras ideas hacia el futuro, recordar quienes somos y, en definitiva, tener una vida.

Tanto memoria como aprendizaje son dos procesos que están íntimamente ligados. Como explica el catedrático de Psicobiología Ignacio Morgado en su obra Aprender, recordar y olvidar, «la memoria es comparable a los canales que forma el agua de la lluvia en los suelos blandos de los caminos. Cuanto más llueve, más se profundizan y estabilizan esos canales. En las personas y los animales, la experiencia es como la lluvia, ella es la que marca en el cerebro los canales neuronales por donde circulan los recuerdos».

A la hora de recordar, lo cierto es que la memoria no actúa siempre de la misma manera, sino que tiene distintos modos de recordar. Por un lado, podríamos hablar de los recuerdos automáticos, que se producen en aquellos casos en los que el recuerdo es una respuesta refleja, la cual hemos terminado adquiriendo a través de experiencias previas. Por otro, hablamos de reconstrucciones del pasado, en las que el recuerdo requiere del acceso a la información almacenada en diferentes regiones de la mente. Por ejemplo, una cara que evoca de inmediato un nombre sería un ejemplo del primer modo, mientras que el esfuerzo por recordar conocimientos recientemente aprendidos, sentimientos, estados de ánimo o motivaciones serían del segundo.

También existen diferentes tipos de memoria, como vimos en la primera parte de este dosier. Por ejemplo, existen aprendizajes que requieren poco esfuerzo y forman rápidamente memorias (generalmente de corta duración), mientras que otros implican un mayor trabajo para poder formarse y que las memorias sean más duraderas. Las primeras serían memorias a corto plazo que se caracterizan por ofrecer una cantidad limitada de información muy frágil, tanto que, por lo general, una vez que hacemos uso de ella lo más probable es que la perdamos de manera indefinida (a menos que volvamos a usarla repetidamente).

A diferencia de las memorias a corto plazo, la memorias a largo plazo son estables y duraderas, además de muy poco vulnerables a las interferencias. Nos permiten almacenar grandes cantidades de información por tiempo indefinido, por lo que están sujetas a la existencia de redes neuronales mucho más amplias y complejas. En este sentido, podríamos decir que todos nuestros procesos de aprendizaje no son más que intentos de almacenar la información a corto plazo en nuestro sistema de memoria a largo plazo. Un proceso que se conoce como consolidación de la memoria y para el que no habría únicamente que crear nuevas conexiones sinápticas, sino también eliminar aquellas ya existentes que podrían interferir en el nuevo aprendizaje que queremos establecer.

«La memoria es comparable a los canales que forma el agua de la lluvia en los suelos blandos de los caminos. Cuanto más llueve, más se profundizan y estabilizan esos canales. En las personas y los animales, la experiencia es como la lluvia. Ella es la que marca en el cerebro los canales neuronales por donde circulan los recuerdos.» Ignacio Morgado

El papel de las emociones en la memoria

Hemos visto que para formar un recuerdo que sea duradero se requiere tiempo, mientras que para una memoria a corto plazo no es tan necesario. Pero esto es cierto solo en parte, porque de hecho es posible que se formen rápidamente memorias muy poderosas. La clave para que esto ocurra es un aspecto de nuestra naturaleza que, en ocasiones, la filosofía ha criticado o devaluado, y que aquí parece mostrar su razón de ser a nivel biológico. Estamos hablando de las emociones.

Las situaciones de alto contenido emocional pueden hacer que el proceso de creación de memorias se acelere y se haga con gran calidad. Esto –denominado memoria de impacto– es así por la sencilla razón de que la emoción es la herramienta que utiliza el cerebro para saber qué es suficientemente importante para ser recordado. Es un sistema rudimentario y puramente evolutivo, pero que mirado de cerca parece acertado: nuestro cerebro no se preocupa de si el recuerdo es bueno o malo, sino de si nos emociona o no lo hace. Son las experiencias ligadas a sentimientos las que han de ser preservadas, mientras que lo que no nos afecta emocionalmente es catalogado como de poca importancia y digno de desecharse. Morgado lo explica así: «Si intentásemos marcar a una res con un hierro frío, la marca sería poco menos que inútil, pues desaparecería enseguida. En cambio, si lo hacemos con un hierro al rojo vivo, la marca se vuelve indeleble. Del mismo modo actúan las emociones en nuestra memoria, (…) como el fuego que energiza los moldes y mecanismos cerebrales, haciendo que la memorias resultantes sean indelebles».

Los siete pecados de la memoria, de Daniel L Sachter (Ariel).
Los siete pecados de la memoria, de Daniel L. Sachter (Ariel).

Las hormonas que liberamos en situaciones excepcionalmente emocionales no son elementos que debamos borrar o evitar (como defendían ciertas escuelas filosóficas), pues es gracias a esos elementos que nuestro organismo tiene subidas de energía que nos facilitan la formación de memorias. Las emociones, por lo tanto, no solo nos permiten recordar más, sino hacerlo mejor y más rápido.

Ahora bien, este asentamiento de la memoria en función de las emociones, aunque efectivo, también tiene un reverso malo. Hay un límite a partir del cual la emoción puede tener un impacto tremendo en nosotros y terminar teniendo efectos desastrosos en nuestra salud. Es lo que sucede en los casos de estrés postraumático, en los que, por mucho que queramos olvidar un suceso doloroso, este se recuerda una y otra vez, amargándonos la existencia. Algo similar ocurre con el estrés agudo, que a largo plazo puede afectar a nuestros sistema cardiovascular y deprimir nuestro sistema inmunológico. En casos extremos, como violaciones o vivencias extremadamente violentas o dolorosas, este tipo de recuerdos pueden quedar instalados de manera permanente en nuestra psique, siendo recordados de un modo recurrente y obsesivo.

Los siete pecados de la memoria

Filosofía & co. - orange color office communication memory colorful 642330 pxhere.com

La memoria y su funcionamiento han llamado la atención de los científicos y pensadores durante siglos. Pero en lo que respecta a sus fallos, puede que ninguna época se haya preocupado tanto por ella como la actual, y es que, si la edad juega un papel fundamental en el funcionamiento de la memoria, la gran longevidad que alcanzamos actualmente (especialmente en Occidente), necesariamente nos incita a observar y preocuparnos por este fenómeno y sus disfunciones. Cada vez vivimos más, pero también es cierto que cada vez observamos más casos de demencia, alzhéimer y enfermedades neurológicas que afectan a la memoria, mientras que tratamos como podemos de abarcar el desbordante flujo de información que nuestras exigencias laborales, familiares, sociales y de ocio que nos ofrece el presente y sus nuevas tecnologías.

En su libro Los siete pecados de la memoria, cómo olvida y recuerda la mente, el psicólogo, profesor y director del departamento de Psicología de la Universidad de Harvard Daniel L. Sachter recopila los siete grandes defectos que tiene nuestro sistema de memoria. Una lista en la que los tres primeros defectos son considerados por Sachter como «pecados por omisión», es decir, aquellos en los que no logramos recordar una información específica; los cuatro restantes son considerados «pecados por comisión», aquellos en los que sí recordamos la información, pero lo hacemos de manera errónea.

Todos estos errores tienen, en opinión de Sachter , una importancia tremenda en nuestro día a día. De ahí que sea vital para nosotros conocerlos y saber cómo afectan a nuestra capacidad de recordar y en qué medida lo hace cada uno de ellos. Son estos:

  1. Transcurso: alude al debilitamiento o pérdida de la memoria que se produce con el paso del tiempo. Si tratáramos de recordar lo que comimos ayer, posiblemente no tendríamos demasiados problemas para hacerlo, pero si tratásemos de recordar lo que comimos hace seis meses, lo más probable es que nuestra mente fuera incapaz de lograr recordarlo. Es uno de los pecados más comunes de nuestra memoria y el origen de buena parte de nuestros problemas para recordar.
  2. Distractibilidad: supone la ruptura de la zona de contacto entre la atención y la memoria. Es decir, cuando por una distracción o una preocupación nos despistamos y no logramos poner nuestra atención en aquello que queremos recordar.
  3. Bloqueo: supone una frustrada búsqueda de información a pesar de que lo intentamos con todas nuestras fuerzas. Cuanto más nos esforzamos, menos recordamos el dato que queremos recuperar. Curiosamente –y esto es algo que nos ha ocurrido a todos–, cuando abandonamos dicha búsqueda y fijamos la atención en otra cosa, el recuerdo suele aparecer de manera inesperada en nuestra mente. Es el último de los denominados pecados de omisión, y también otro de los más comunes que padecemos.
  4. Atribución errónea: primer ejemplo de los denominados por Sachter «pecados por comisión». Este, en concreto, consiste en el acto de asignar un recuerdo a una fuente equivocada. Por ejemplo, cuando confundimos la realidad con alguna fantasía o cuando atribuimos algo que hemos visto en una película o en la televisión a una charla con un amigo. Es uno de los fallos más habituales.
  5. Sugestibilidad: se refiere a recuerdos implantados debido a preguntas, observaciones o sugerencias inducidas, formuladas cuando una persona está intentando evocar una experiencia pasada. Su importancia es mucho mayor de lo que pueda parecer, pues tiene una especial relevancia en el ámbito legal, donde la sugestión puede causar verdaderos estragos.
  6. Propensión: refleja la enorme influencia de nuestros conocimientos y creencias actuales a la hora de recordar el pasado. ¿Qué significa esto? Que a menudo corregimos experiencias pasadas basándonos en lo que pensamos hoy, generando un recuerdo sesgado y tergiversado que no se ajusta a la realidad.
  7. Persistencia: es aquel que se produce cuando recordamos de manera reiterada información que nos resulta perturbadora y que, si por nosotros fuera, sería olvidada. Es decir, cuando no somos capaces de sacarnos de la cabeza algo que deseamos desterrar de nuestra memoria. En sus casos más graves, la persistencia puede ser terriblemente incapacitante.

Los límites de la mente

Si bien nadie puede discutir las fabulosas capacidades que parece poseer la mente humana, no deja de ser cierto que, como cualquier otro órgano, puede fallar. Ni su diseño es perfecto, ni su funcionamiento es siempre ideal, tal y como demuestra el funcionamiento de la memoria, tan dada a jugarnos malas pasadas. Cientos –quizá miles– han sido los psicólogos, psiquiatras y neurocientíficos que han tratado de investigar la memoria y sus más famosos errores: las distorsiones y el olvido.

Antes de hablar de las distorsiones de la memoria, hemos de destacar un aspecto básico de la naturaleza de nuestra mente: su capacidad selectiva. Aunque pueda parecer que la capacidad del cerebro es ilimitada, no es cierto. No podemos almacenar toda la información que nos llega. Y menos mal que es así, porque si guardáramos todo lo más probable es que nuestro cerebro colapsara por saturación.

La plasticidad es el resultado de las alteraciones sinápticas que se producen como consecuencia de nuestras experiencias, hábitos y capacidades mentales

A tenor de las investigaciones, lo que hace nuestro cerebro es muy sencillo en teoría y muy complejo en la práctica: selecciona aquella información que es muy importante para nosotros, al tiempo que borra aquello que carece de interés o no se usa. Relacionándolo con lo que vimos anteriormente de las emociones, podríamos concluir que el cerebro adapta su almacenaje a lo que nos interesa a cada uno, a cada persona en concreto. Aquello que consideramos especial, que nos agrada y nos emociona, se queda en nuestra memoria, mientras que aquello que no despierta nada en nosotros y que no usamos de manera habitual por falta de interés, se borra.

Mantener la memoria, de Gabriel Amengual (Herder).
Mantener la memoria, de Gabriel Amengual (Herder).

¿Cuál es el problema de todo esto? Que no se nos permite recordar u olvidar a voluntad. Nadie decide de manera absolutamente consciente qué es lo que se guarda en su mente y qué es lo que queda fuera. Nuestro cerebro no es un ordenador personal que organizamos a nuestro gusto. Hasta cierto punto podemos actuar y decidir, pero nuestro control está limitado. Y lo cierto es que es bueno que así sea, porque si tuviésemos la capacidad de olvidar voluntariamente correríamos el riesgo de volver a caer en los mismos errores que cometimos en el pasado. Si cayéramos en la tentación de guardar en nuestra mente solo lo bueno, lo más probable es que no hubiéramos aprendido nada. A nivel evolutivo hubiera sido el fin de nuestra especie, pues no habríamos sabido adaptarnos a las diferentes situaciones que nos ha planteado la historia. De modo que ocurre algo que hemos constatado varias veces ya en estos dosieres: a nuestra biología no le importa que seamos felices o que vivamos contentos, sino que sobrevivamos. Y si para ello hemos de sufrir, que así sea.

El olvido frente a la memoria

Junto a esa capacidad selectiva de la memoria, se relaciona la que podríamos considerar la otra gran cualidad/deficiencia de nuestro cerebro: el olvido. Se trata de un fenómeno que, más allá de su interés científico o médico, despierta una especie de fascinación en nosotros, quizá por el miedo que despierta. Enfermedades como el alzhéimer y la demencia senil nos aterran hasta el punto de que un escalofrío nos recorre la espalda al constatar cómo, cada vez con más frecuencia, olvidamos cosas que en otro tiempo nos venían raudas a la mente. ¿Seguimos siendo nosotros mismos cuando no podemos recordar esos aspectos absolutamente íntimos de nuestra personalidad?

Como en los casos anteriores, el primer paso es tratar de conocer qué es el olvido. ¿Cómo se produce? ¿Se trata únicamente de un proceso pasivo en el que perdemos la memoria o puede ser también un proceso activo en el que nosotros mismos favorecemos la inhibición de un recuerdo concreto? ¿Lo que olvidamos se borra para siempre de la mente o es una pérdida temporal? ¿Dónde se alberga, si es que lo hace, ese recuerdo en apariencia perdido? ¿Puede ser recuperado?

En esencia, olvidar es perder físicamente los circuitos neuronales y las sinapsis que los sustentan. Una pérdida que puede tener distintas causas: un traumatismo, la falta de uso de esos circuitos o, quizá, la interferencia de otro recuerdo (esta última, de hecho, es en muchas ocasiones la principal causa de que nuestra memoria falle, pues es normal que irrumpan en nuestra mente escenas viejas o irrelevantes que impiden hasta cierto punto que evoquemos aquello que queremos recordar).

Gracias a las hormonas que liberamos en situaciones emocionales, nuestro organismo tiene subidas de energía que facilitan la creación de memorias. La emoción, por tanto, no solo nos permite recordar más, sino hacerlo mejor y más rápido

¿A quién no le ha ocurrido buscar, por ejemplo, unas llaves durante varios minutos sin encontrarlas? Incluso cuando tratamos de repetir uno por uno nuestros pasos para localizarlas, parece existir siempre algo que se nos escapa y que evita que encontremos lo que buscamos. O cuando nos levantamos para ir a otra habitación a realizar alguna acción concreta y, al llegar, no podemos recordar la razón por la que hemos ido allí. Estos fallos, a menudo ciertamente frustrantes, parecen repetirse con mayor frecuencia con el paso de los años, y si bien no son consecuencia directa de una alteración mental, no deja de ser cierto que su intensidad y frecuencia pueden ser un síntoma de neurodegeneración.

Pero lejos de lo que pueda parecer, el olvido es una consecuencia natural de nuestro sistema de almacenamiento de memoria, y ciertamente, tiene una utilidad decisiva. Ante la avalancha de datos que recibimos hora tras hora, día tras día, el olvido actúa como sistema de protección para que nuestra mente no se desbarate. Lo cual no implica que, como todo sistema, esté libre de fallos o interferencias, algo lógico si tenemos en cuenta el volumen de información que le toca procesar.

El olvido como proceso activo: ¿realidad o ficción?

Si apelamos a nuestra experiencia personal y diaria, lo normal es que constatemos que no está completamente en nuestras manos el olvidar, del mismo modo que no está en nuestra mano el recordar. Si bien tenemos un margen –pues existen investigaciones que parecen demostrar que podemos, hasta cierto punto, ayudar a bloquear y olvidar un recuerdo–, el cerebro humano parece estar sometido a un proceso de autocontrol que impide que la mente se sature. Por mucho que la humanidad haya deseado recordar únicamente las cosas buenas y olvidar las malas, nuestra naturaleza biológica parece haber puesto coto a nuestros deseos, pues no sería útil para nuestra supervivencia. Los mecanismos de la selección natural por la que nos regimos nos obligan a recordar aquello que tiene valor para nuestra adaptación y a olvidar lo que no, tanto si nos parece bien como si nos parece mal.

Los desafíos de la memoria, de Joshua Foer (Seix Barral).
Los desafíos de la memoria, de Joshua Foer (Seix Barral).

Decimos que a nuestra naturaleza no le importa nuestra felicidad porque este funcionamiento de la mente bien puede hacer que nuestra vida sea un infierno. Tal y como hemos visto antes, el que las emociones determinen qué se queda guardado y qué no, puede hacer que recordemos de manera obsesiva sucesos muy duros que nos afectaron profundamente. Esto es lo que suele ocurrir cuando evocamos, sin quererlo, recuerdos dolorosos (como pueden ser abusos, episodios dramáticos, de violencia intensa o sufrimiento) una y otra vez. En tales casos, el individuo no puede evitar volver sin parar a esas imágenes que preferiría olvidar, pero que están grabadas a fuego en su memoria por el enorme impacto emocional que tuvieron en su día. Y eso puede llegar a destrozar la vida.

Por ello, a lo largo de los años los expertos han buscado la manera de borrar recuerdos de la mente a voluntad. Y lo cierto es que se ha avanzado en ciertos aspectos. Todos hemos visto alguna película, especialmente antiguas o que se desarrollan en el pasado reciente, en el que se somete a algún personaje a la técnica del electroshock, con el fin, casi siempre, de corregir ciertos rasgos supuestamente indeseados de su personalidad. Se trata de un recurso bastante explotado por el cine. Lo que la mayoría de esas ficciones ocultan es que dicho método se usaba, y lo que es más importante, lograba su propósito: borrar los recuerdos dolorosos del paciente.

Al parecer, las corrientes eléctricas aplicadas al cerebro son capaces de alterar y desbaratar los estados electroquímicos que soportan las neuronas, eliminando con ello el recuerdo que estuvieran soportando. Esto es supuestamente más efectivo cuando se aplican las descargas poco después de inducir al sujeto el recuerdo que desea olvidar. El método del electroshock terminaría siendo abandonado con el paso de los años por sus numerosos efectos secundarios, pero demostró que podía hacerse efectivo el borrado de la memoria humana mediante la técnica. Una aspiración que psiquiatras, psicólogos y neurocientíficos siguen persiguiendo.

Olvidar es la pérdida física de los circuitos neuronales y las sinapsis que los sustentan

Eliminar recuerdos

¿Y actualmente? ¿Hay alguna técnica capaz de extinguir un recuerdo si así lo deseamos? ¿Qué podemos hacer para eliminar una respuesta condicionada de miedo ante el mismo estímulo? Las últimas investigaciones al respecto parecen indicar que, más que borrar un recuerdo, el modo más efectivo de eliminar algo que no queremos recordar es sustituirlo. Es decir, desarrollar un nuevo aprendizaje que nos permita suplantar al que había antes y que nos causaba desazón.

Imaginemos que una determinada localización nos causaba sentimientos de miedo por haber sufrido en ella algún tipo de ataque. Según esta tesis, para poder sobrescribir ese sentimiento la solución pasaría por revisitar ese lugar varias veces en condiciones seguras, de tal manera que finalmente quedase instalado en nuestra memoria ese nuevo recuerdo sin miedo o angustia, en lugar de aquel recuerdo anterior que despertaba nuestro temor. Al constatar repetidamente que no tiene por qué repetirse tal suceso, nuestra mente terminaría por eliminar la respuesta condicionada de miedo y aceptando la nueva sin él.

Lo mejor de dicha propuesta es que tal desarrollo no implicaría que elimináramos el recuerdo original, lo cual sería útil porque nos permitiría recordar ese suceso peligroso para poder aprender en el futuro, pero sin vernos atrapados por él. Y si bien esa respuesta de terror podría retornar por no haber desaparecido del todo de nuestra mente, siempre podríamos seguir reforzando la nueva respuesta persistiendo. Es decir, enfrentándonos a nuestro miedo una y otra vez, haríamos más resistente y robusto nuestro nuevo recuerdo, disminuyendo cada vez más la posibilidad de volver a sufrir un bloqueo. Y es que ya nos lo dijo en su día el célebre Jim Morrison, poeta y cantante de la banda estadounidense The Doors: «Exponte a tu miedo más profundo. Después de eso, el miedo se encoge y desaparece, ya no tiene poder. Eres libre.»

Sigue leyendo… Somos memoria, dicen los filósofos  (Parte 1)

Sigue leyendo… Nostalgia: el poder del ayer (Parte 3)

Sigue leyendo… Anna Pagès: «Sin memoria no hay futuro» (Parte 4)

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre