¿Es el cuidado algo revolucionario?

El término «cuidado», heredero de la «caritas» cristiana, es un término en boga debido al auge del feminismo. Diseño realizado a partir de la ilustración de Alonasavcuk (CC).
El término «cuidado», heredero de la «caritas» cristiana, es un término en boga debido al auge del feminismo. Diseño realizado a partir de la ilustración de Alonasavcuk (CC).

Parte del feminismo ha propuesto los cuidados como práctica no patriarcal que puede sentar las bases de una subjetividad revolucionaria. Sin embargo, la retórica de los cuidados encuentra una fuerte resistencia en nuestra sociedad. En este artículo, repasamos el análisis que la filósofa Mercedes López Mateo hace sobre el tema.

Por Javier Correa Román

Los cuidados y el patriarcado

El patriarcado es un sistema de dominación harto complejo. A diferencia del capitalismo, que es fundamentalmente económico y cuyo núcleo se halla en las relaciones de producción, el patriarcado es un sistema de dominación de los cuerpos. Esto quiere decir que gran parte de su dominación ocurre en nuestras subjetividades, en cómo (mal)tratamos los cuerpos, particularmente de las mujeres.

Esto no significa que el patriarcado no esté institucionalizado, ni mucho menos. Parte del éxito en su reproducción social, al igual que parte de su dominación efectiva, reside en su institucionalización en la justicia, en la política, en la economía o en el lenguaje. Además de esta presencia en lo macro, su sombra llega hasta los elementos más pequeños de nuestras relaciones sociales: la pareja, la amistad, la familia…

A pesar de que el fin del patriarcado es un asunto colectivo y de conquista de ciertos espacios de poder, debido a su fuerte presencia en nuestra subjetividad parte del feminismo ha intentado dilucidar, como práctica política, otras formas de ser, otras formas de relacionarnos por fuera del patriarcado.

En este sentido, se han señalado algunas prácticas de resistencia que, si bien no acaban con el patriarcado, sí sientan las bases de una nueva subjetividad que no reproduzca las leyes del sistema. Una de estas prácticas que puede abrir una nueva subjetividad son los cuidados.

Sin embargo, los cuidados están en horas bajas. Por motivos todavía no demasiado claros, la retórica de los cuidados se ha llenado de confusión y no termina de cuajar. En este sentido, la filósofa Mercedes López Mateo analiza esta problemática desde una óptica poco habitual: la cristiana.

El patriarcado es un sistema de dominación de los cuerpos de las mujeres que permea toda nuestra subjetividad. Cuidar es una práctica que puede sentar las bases de una subjetividad no patriarcal

¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre esto?

López Mateo analizaba este tema en su ponencia titulada La permanencia de la caritas en la posmodernidad secularizada: pulsos hebreos y griegos para unos cuidados del siglo XXI (puedes verla aquí), expuesta en el congreso Pensar nuestro tiempo. Modernidad/Posmodernidad, organizado por la Cátedra Internacional de Investigación en Hermenéutica Crítica, Hercritia, en Cuenca (España) en febrero de 2022.

Antes de analizar los problemas que atraviesan actualmente a los cuidados, y dado que su perspectiva es eminentemente cristiana, en primer lugar se ha de responder a la pregunta de si el cristianismo tiene algo que decir en este tema que, en principio, no parece religioso. Para ello, se deberá responder a la cuestión de la secularización del cristianismo: ¿es posible un cristianismo secularizado? ¿Es posible y deseable un cristianismo que se concrete en lo social?

En esta ponencia, la autora sigue a Vattimo en su concepción de «secularización positiva». Para el autor italiano, existe una secularización positiva que se contrapone a la consideración típicamente negativa que ha tenido este fenómeno para los creyentes. Al igual que Dios no perdió perfección cuando se hizo carne, afirma Vattimo, el cristianismo no pierde esencia ni perfección cuando se hace sociedad. Esta secularización, en palabras de Vattimo, «no debe ser entendida como una disminución o una despedida del cristianismo, sino como una realización más plena de su verdad, que es, recordémoslo, la kenosis, el abajamiento de Dios, el desmentir los rasgos ‘naturales’ de la divinidad».

En otras palabras, la secularización no es un desafío para el cristiano, sino que es la realización misma del cristianismo, pues representa el mismo movimiento de apertura, expansión y recogimiento que mostró Dios cuando se hizo carne. El creyente no puede apostar por una religión prístina, impoluta, que no se contamine de las imperfecciones de una sociedad siempre pecadora. El motivo es que Dios no se mantuvo en su trono, impoluto, en la cúspide de la perfección, sino que se hizo carne, humano, imperfecto, para asegurar la redención de la humanidad.

Como dice López Mateo en su ponencia, «[esta concepción] supone una nueva esperanza para el creyente; es una promesa de salvación». Este es un punto clave a señalar: hay un componente puramente positivo (esperanza) en la secularización y no solamente hay ausencia de lo negativo (falta de perjuicio). De hecho, si se me permite la interpretación, añadiría que la secularización es una doble esperanza: es una esperanza para el creyente en cuanto a su relación con la sociedad laica (pues elimina la tensión de la concepción negativa de la secularización) y, por otro lado, genera esperanza también para el creyente respecto a su relación con Dios (pues la kenosis deja de ser un evento histórico y se vive como un movimiento actual).

Bajo esta perspectiva, el cristianismo se vacía en la historicidad para completarse, se diluye en lo social para realizarse. Sin embargo, ¿no hay límite para este vaciamiento? ¿Qué formas de lo social no puede soportar el cristianismo? ¿Con cuáles choca? ¿Cuáles le pervierten? ¿Puede el cristianismo adentrarse en todo tipo de sociedades y seguir completándose? Estas preguntas son las que asume Mercedes López Mateo en su ponencia para pensar críticamente nuestro presente, desde una concepción religiosa.

La propuesta de la autora es que la caritas, concepto central del cristianismo tanto para ella como para Vattimo, supone un límite a este vaciamiento, a esta secularización positiva. En palabras de López Mateo, que en esto sigue a su maestro: «La caritas es la hoja de ruta no secularizable para que la secularización no se nos desborde». Es decir, el vaciamiento del cristianismo en la sociedad ensancha a este (e incluso lo completa), eso sí, siempre y cuando mantenga el mandato del amor al prójimo, la caritas.

Para Vattimo, la secularización tiene un componente positivo para el cristianismo. La secularización no es un desafío para el cristiano, sino que es la realización misma del cristianismo, pues representa el mismo movimiento de apertura, expansión y recogimiento que mostró Dios cuando se hizo carne

De la «caritas» al cuidado

Así, para evaluar la secularización de nuestra sociedad, un buen indicador será la caritas y cómo este concepto mantiene (o no) el mandato original de amor al prójimo. En otras palabras, si la caritas ha sido asumida en su radicalidad cristiana (como puro dar, como entrega gratuita al prójimo), entonces la secularización podrá decirse que ha sido verdaderamente positiva. Para acometer tal investigación, el primer problema con el que nos encontramos es rastrear entre todas las prácticas sociales actuales cuál puede ser la heredera secularizada de la caritas (para así poder examinarla).

Uno de los mayores aciertos de López Mateo ha sido notar que la caritas cristiana tiene un trasunto actual en el concepto feminista de «cuidados». Este término es el núcleo de las propuestas feministas y abre todo un horizonte ético no patriarcal, un futuro posible que rompe con la historia de un pasado de dominación. Para examinar la secularización del cristianismo, se tratará, entonces, de ver si este concepto mantiene el alma cristiana en su fondo, el mandato originario de amor al prójimo.

Sin embargo, nota la autora, el paso de la caritas al cuidado, el traspaso de un lenguaje cristiano a uno secular, ha vaciado el aspecto cristiano del término, el mensaje originario del amor cristiano. Este vaciamiento interrumpe, para un cristiano, cualquier valoración positiva de la secularización y para una feminista (¿por qué no?) señala los peligros que acechan a un término y su posible cooptación por un sistema (el capitalista) que todo lo devora. «Por alguna razón particular de nuestra contingencia histórica [dice López Mateo], el vaciamiento ha alcanzado también a la caritas».

En primer lugar, dice Mercedes López Mateo, tenemos que aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de cuidados. La filósofa distingue entre lo que podríamos llamar una concepción material-estrecha y otra concepción inmaterial-amplia. El primer sentido del término es el usado por, generalmente, las feministas marxistas cuando reclaman el pago y la visibilización de la ingente cantidad de trabajos (materiales) que las mujeres realizan para sostener la sociedad. Este sería el caso —el ejemplo es de López Mateo— de Silvia Federici en su libro Revolución en punto cero.

El otro sentido del término, el inmaterial-amplio, es el que interesa a la autora. En sus palabras:

«Por otro lado, existe una concepción más amplia, menos tangible, del cuidado como donación y solidaridad en relaciones humanas que parecería ser en principio opcional, no obligatoria —esta sería la postura de Beatriz Gimeno— y, sobre todo, no reprochable si no se ejerce. Es a esta acepción del cuidado como afectividad voluntaria a la que queremos dirigirnos».

La caritas es un concepto límite de la secularización: si no se absorbe su contenido desinterasado de amor al otro, la secularización nunca será positiva

El cuidado en la sociedad capitalista

La cuestión es que, dentro de esta concepción de los cuidados, entendidos como trabajo inmaterial, como acto donativo y de acogida, encontramos una fuerte tensión. Una tensión que nace fruto de un desvío, de una pugna. Una tensión que surge de la distancia que hay entre unos honorables principios y unas prácticas pervertidas. Encontramos, así, dos polos antagónicos dentro de la práctica de los cuidados, dos polos en lucha, y por los que fluye la tensión de un concepto radicalmente emancipador.

El ideal de acogida (y recogida) de afectos, la práctica de los cuidados, se ha pervertido en la sociedad capitalista. Ahora, dice López-Mateo, «los cuidados se exigen, se demandan (con todo lo que conlleva el término económico)». Esta perversión, como no podía ser de otra manera (pues el capitalismo pervierte para anular todo horizonte emancipador), ha generado un rechazo al lenguaje y práctica de los cuidados por parte de algunos sectores de la población:

«Esto ha llevado [afirma López Mateo] a ciertos sectores —si bien mayoritariamente conservadores, aunque no únicamente— a un verdadero hartazgo de toda esta retórica: los cuidados, la responsabilidad afectiva, la gestión emocional… Es algo que ya comienzan a rechazar porque no le ven sentido. Es decir, no se trata simplemente de un rechazo porque suponga un esfuerzo moral (que también, por supuesto), sino porque se están empezando a emplear estos términos como carta blanca, como recipiente vaciado de contenido».

¿Por qué sucede esto?, se pregunta López Mateo. Según la respuesta que da en su ponencia, la causa de esta perversión yace en que la lógica de la caritas o del cuidado desafía radicalmente las lógicas del capitalismo. La secularización positiva del cristianismo falla (y, por qué no añadir, la diseminación masiva del feminismo) en este punto. Nuestra sociedad actual, capitalista en su enésima fase, no puede absorber las lógicas del cuidado porque va en contra de su propia naturaleza.

¿Cuál es su estrategia de perversión? López Mateo señala: el capitalismo no pervierte y anula desde la prohibición, sino desde la infinita multiplicación sin sentido, desde el simulacro más banal. «El sistema incorpora el discurso, lo extiende, pero ahora desde la vacuidad».

Pero ¿por qué va en contra? ¿Por qué desafía el cuidado la lógica del capital? Para responder a esta pregunta, López Mateo hace una genial «arqueología del significado» para rastrear en tradiciones hermanas (la griega y la hebrea) elementos de la caritas cristiana. Después de un profundo análisis, la autora señala el punto crucial de los cuidados: el entre. Un entre que implica siempre a un otro (y por eso desafía el individualismo neoliberal) sin primar ningún polo en la relación. No hay rigidez, sino dinamismo: un día puedo ser el que doy, otro el que recibe.

El cuidado, heredero de la caritas, ha sido pervertido por el capitalismo porque va en contra de sus lógicas individuales

Conclusiones

La ponencia de Mercedes López Mateo es el vivo ejemplo de lo que podríamos llamar «cristianismo crítico». Un cristianismo que asume su secularización y que no persigue su homogeneidad buscando herejías; un cristianismo que se preocupa no solo de los textos bíblicos, sino que se hace cargo de un presente lleno de contradicciones para intentar alumbrar algo de luz. Una corriente, en fin, que busca el diálogo con los no creyentes (como hace López Mateo con el feminismo), pues sitúa el fin de su pensamiento en un mundo sin dolor, en vez de en la pureza religiosa.

Aunque el lenguaje cristiano pueda resultar lejano para muchos de nosotros, hay que reconocerle a López Mateo el enorme mérito de centrarse en la lectura del presente. La ponencia de la autora no tiene como objetivo hablar del cristianismo, sino que se usan las herramientas de este para solucionar un problema social, un problema que apunta a un horizonte de emancipación colectiva. Su arqueología del significado, además, muestra una capacidad analítica deslumbrante para hallar en la historia de los conceptos tensiones y contradicciones que sirvan, a modo de genealogía, para entender los encallamientos intelectuales del presente.

En fin, después de la ponencia de Mercedes López Mateo nos damos cuenta de que pensar las tensiones de los cuidados no es únicamente tarea del feminismo (ni siquiera únicamente del cristianismo). El gran acierto de la autora es haber notado que la tarea apremia por haber tocado el núcleo de las lógicas del capital, lo único que una sociedad capitalista no puede absorber. En la siguiente entrevista, dialogamos con la ponente para discutir y profundizar en estos asuntos.

Entrevista a Mercedes López Mateo

«La perversión capitalista de los cuidados consiste en un uso y abuso del término»

Mercedes López Mateo.
Mercedes López Mateo.

Mercedes López Mateo es graduada en Filosofía, Política y Economía por la Alianza 4Universidades (universidades Pompeu Fabra y Autónoma de Barcelona y universidades Autónoma y Carlos III de Madrid). En la actualidad estudia el Máster en Crítica y Argumentación Filosófica de la Universidad Autónoma de Madrid, donde realiza sus investigaciones en torno a la figura de Simone Weil.

En su ponencia propone a la práctica feminista de los cuidados como heredera de la caritas cristiana. ¿Podría señalar algunas semejanzas y diferencias entre ambas?
Bueno, el recorrido es algo más difuso, y realmente yo ni siquiera me atrevería a establecer, en sí mismo, un recorrido. Por lo tanto, no hay herencias. Al menos, no las hay de manera directa. Los cuidados no son los nietos de una caritas primigenia. Ni siquiera sus bisnietos. Si acaso, la caritas podría ser una tía abuela que no tuvo demasiada descendencia y por eso nos deja la herencia hoy a nosotras, por continuar con la analogía. Lo que quiero decir con esto es que en filosofía hay que ser muy precavida a la hora de establecer esos nexos tan fuertes, sobre todo cuando comprendes que la historia moldea, separa y añade a su antojo, de manera puramente contingente. Si no sabemos mirar con precisión, todos los gatos son pardos.

Por eso, yo ahondo un poco más, separo un poco más la tierra en este ejercicio arqueológico, y en lugar de quedarme mirando a la caritas, busco en sus componentes previos: la misericordia de los hebreos (hesed) y la gracia de los griegos (cháris). De nuevo, no se trata de una herencia directa, y esto se ve fácilmente en las traducciones de las Escrituras de una lengua a otra, que no siempre se traducen esas formas de manera equivalente. Sin embargo, estudiando en qué consistía cada una en sus cosmovisiones —las cuales, a diferencia de la nuestra, tenían un fuerte componente de tradición y religiosidad a nivel sociopolítico—, sí podemos encontrar unos elementos comunes, unos ingredientes que coinciden, aunque se especien y combinen de maneras distintas.

En cualquier caso, hay tres elementos centrales de concomitancia: los cuidados, la misericordia y la gracia son un ejercicio activo, que siempre requiere de un Otro y que perdura en el tiempo. A su vez, los tres cuentan con un «lado oscuro», una doble cara que también les es propia, pero que no siempre aceptamos tan de buen grado como la anterior: la obligación de reciprocidad y de lealtad. Creo que ahí está la grieta con nuestra comprensión de los cuidados en la actualidad.

Por supuesto, es de las grietas de donde más pensamiento brota siempre, porque no te das contra ningún techo que te impida crecer. De esa diferencia pueden surgir muchas preguntas: ¿preferiríamos que los cuidados de hoy se parecieran de nuevo a aquella misericordia y gracia que estaban en el centro de la ciudadanía? ¿Qué hay de positivo y de negativo en que ya no exista una lealtad a quienes cuidamos? Me parece que, si no nos hacemos esas preguntas, las investigaciones humanísticas (con todos sus componentes históricos, filológicos y filosóficos) caerán siempre en saco roto o acabarán siendo un juego de niños.

En su ponencia en el congreso usted nota que la perversión del capitalismo ha conseguido, en parte, su objetivo: vaciar el lenguaje de los cuidados y levantar resentimientos en torno a él. ¿Cómo ha sido esa perversión?
Claro, lo que se ha producido estos últimos años ha sido un movimiento curioso y paulatino. A quien busque señores con bigote en unas cúpulas, fumando puros con sombreros de copa, le puedo asegurar que no encontrará nada. Ni siquiera por parte de las fuerzas del Estado, el cuerpo político, o unos jueces que sentencien contra el cuidado. Obviamente los actos abusivos de un antidisturbios, por poner un ejemplo, son de todo menos un ejercicio de cuidado a la ciudadanía. Pero no ha sido por estas fuerzas por lo que se han desvirtuado los cuidados (nadie pretendía encontrarlos ahí, me atrevería a añadir).

Este ámbito sería lo que Althusser llamaba el «aparato jurídico-político» del Estado. Althusser bebe por supuesto aquí de Marx y entiende la existencia de una superestructura que acompaña a la base económica o infraestructura, donde se encuentran las fuerzas de producción. No me quiero detener en ello. La cuestión es que, además de ese aparato jurídico-político, Althusser habla de un «aparato ideológico del Estado» es decir, que además de una superestructura jurídico-política, existe una ideológica encargada de reproducir la ideología de la clase dominante sobre la dominada para, sutilmente, acallar, reprimir y desactivar, la ideología anticapitalista que se pudiera generar desde distintas instituciones sociales esparcidas, desde la escuela hasta los medios culturales o de comunicación.

Entonces, no se trata —o no únicamente, aunque desde ciertos sectores neorrancios sí haya sido así— de una perversión producida a través de una campaña abierta y directa de descrédito, sino de un uso y abuso constante en instancias que no corresponden. Es lógico que si cada dos frases colamos términos como «cuidados» o «responsabilidad afectiva», haya quienes acaben pensando que son palabras comodín sin mucho sentido concreto. Estos son precisamente los ritmos de consumo del capitalismo. No solo la ropa, la tecnología o el contenido audiovisual tienen un ciclo de vida cada vez más corto para que consumamos más, también sucede con las palabras. Como la canción del verano que escuchas una y otra vez durante tres meses, pero que luego nunca nadie recordará, algo similar sucede con los conceptos que agotamos hasta aborrecerlos.

Habríamos de preguntarnos: ¿tiene sentido exigir siempre responsabilidad afectiva a todo el mundo? Sabemos que los cuidados han sido revolucionarios y que pueden seguir siéndolo, pero quizás debamos preguntarnos qué uso estamos haciendo de ellos hoy, y si estamos remando más hacia su constante vaciamiento o a un reforzamiento de su sentido real.

En su opinión, ¿hay un rechazo únicamente conservador a la retórica de los cuidados o se da también en sectores declaradamente progresistas?
De nuevo, creo que sería un error buscar un complot malvado en el ala conservadora a la hora de identificar a los «enemigos» de los cuidados. También es cierto que deberíamos preguntarnos, antes de responder, qué entendemos por conservador y por progresista.

Me parece complejo hablar de conservadores y progresistas en este ámbito. Creo que es importante diferenciar entre una mirada con fundamento humanístico y otra que se queda en la superficie de la actualidad y la tertulia rápida. Para esta segunda, sin duda los cuidados son una cuestión progresista que rema contra los discursos que nos acusan de ser «una generación de cristal». Cuando pones el zum en estas últimas décadas, llegas a la conclusión de que reivindicar el cuidado es algo progresista, porque nos saca de ese estado desapacible del individualismo violento y neoliberal. Sin embargo, cuando amplías la mirada, cuando alejas el objetivo para ver la big picture, entonces la cosa cambia, y no está tan claro que el cuidado sea progresista en términos absolutos.

Ese es parte de mi objetivo con toda esta investigación: no hay que tener miedo a arraigar en ciertos «tesoros del pasado», como diría Simone Weil, por el mero hecho de que pueda resultar conservador. Si el progreso de nuestro tiempo tiende hacia el neoliberalismo, inhóspito para el ser humano, e inhóspito para cualquier otra especie del planeta, entonces quizás lo mejor que puede hacer la izquierda es conservar lo que el capitalismo ha venido desvirtuando. Por eso, aplicar en según qué problemas las etiquetas de conservador y progresista me parece que solo logran oscurecer el debate.

No obstante, y por darte una respuesta: sí, sin duda. Hay sectores supuestamente autoproclamados como progresistas que ya están hartos también de la lógica del cuidado.

Si hemos entendido adecuadamente su postura, en la medida en que la práctica de los cuidados asuma el mandato cristiano de amor desinteresado al otro, la práctica de los cuidados va en contra de la lógica del capital. ¿Cree usted que es posible plantear unos cuidados de herencia no cristiana, no religiosa, y que siga manteniendo este horizonte emancipador?
En términos lógicos no tendría por qué ser imposible. Sabemos de cantidad de conceptos y principios que sufrieron un proceso de depuración y secularización, a pesar de que hubieran existido previamente dentro de unas tradiciones donde lo religioso y lo sociopolítico tenían una relación muy estrecha. Esta fue la batalla de la Ilustración y, en principio, su Razón suprema ha venido triunfando durante algunos siglos.

Yo soy consciente de que plantear esos cuidados no religiosos es lo deseable habida cuenta del presente en el que nos encontramos. Si tuviéramos que poner en una balanza todo lo positivo y lo negativo de estas secularizaciones, sin duda pesaría más el primer grupo. El propio Vattimo ve mucha luz en el efecto que la secularización ha tenido sobre el cristianismo a través del concepto de kenosis.

Sin embargo, creo que hemos de ser cuidadosos a la hora de proceder en estos intentos de secularización, porque, de no serlo, corremos el riesgo de que se nos derrumbe aquello que intentábamos preservar «de otra manera», es decir, lejos de la religión. Visualmente es muy sencillo: imaginemos que tenemos un muelle de madera. Sabemos que el contacto constante con el agua acaba por deteriorar la madera hasta el punto de necesitar cambiar sus soportes. Obviamente no podemos retirarlos y ya está, porque entonces la superficie del muelle no permanecerá firme y no podrá cumplir su cometido. Tendremos, entonces, que sustituir aquellos soportes deteriorados —que sirvieron perfectamente en su época, pero que ya no son funcionales— por unos nuevos (de madera o del material que hoy consideremos oportuno).

Lo que quiero decir con esto es que sí, es posible arraigar el cuidado en un lugar que no sea el cristianismo o cualquier otra religión que abandere el precepto del amor al próximo de la manera en que este lo hace. Lo importante será encontrar un material tan resistente como el anterior, porque, de afianzar el cuidado en terrenos poco fértiles, débiles, o simplemente no lo suficientemente compartidos por la sociedad, entonces seguirá sucediendo lo que vemos en nuestro presente: vaciamiento, hartazgo, exigencia del cuidado como arma arrojadiza…

Ahora bien, si me preguntas cuáles pueden ser esos materiales o esos lugares actuales que sí permitan mantener un cuidado fuerte, uno que sepa mantenerse firme cuando las corrientes del neoliberalismo quieran tirarlo abajo…  No sé si puedo tener una respuesta estructural. Quiero decir, es posible identificar, haciendo un barrido sincrónico, pequeños espacios de resistencia, como pueden ser ciertos colectivos de barrio, agrupaciones vecinales, centros sociales… En ellos, en principio, el cuidado media y no genera en nadie este rechazo. Sin embargo, no creo que podamos ni que debamos conformarnos con esto.

Necesitamos que el cuidado sea la norma y no la excepción a una mayor escala, social y política, como lo era, por ejemplo, en tiempos de Pericles. En su discurso fúnebre como elogio a Atenas durante la Guerra del Peloponeso, Pericles decía que los atenienses se diferencian del resto de pueblos por su donación de gracia, porque establecen amistades, no recibiendo favores, sino haciéndolos. No digo, por supuesto, que tengamos que estructurarnos políticamente como se hacía en el siglo V a. C., sino que, si los atenienses pudieron construir su identidad como comunidad política a través de su respeto a la gracia, al cuidado, no deberíamos conformarnos hoy con que los cuidados queden relegados al ámbito privado ni al de las pequeñas agrupaciones revolucionarias.

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