La filósofa y psicóloga Magdalena Reyes Puig es la autora de
La filósofa y psicóloga Magdalena Reyes Puig es la autora de «Así está bien», un libro que apuesta por la filosofía práctica y al alcance de todos los que quieran conocerse mejor.

Magdalena Reyes es filósofa y psicóloga, y acaba de publicar Así está bien. En la incertidumbre buscando la felicidad: la filosofía. Charlamos con ella sobre expectativas, vocación, razones y emociones en torno a la última oportunidad para seguir moviéndonos entre la fortuna y la libre elección hacia la felicidad.

Por Mercedes López Mateo

Desde hace años, la uruguaya Magdalena Reyes compagina sus dos pasiones: la filosofía y la psicología. Además de ejercer como psicóloga clínica, participa en diferentes espacios dedicados a la filosofía con una capacidad siempre deseable de adaptación: ha dado clases en la Universidad Católica de Uruguay, dirige la columna Café filosófico en Del Sol FM y escribe semanalmente en El Observador. Después de haber leído, disfrutado y reseñado su último libro, Así está bien, ahora nos disponemos a comentar con ella su visión del resultado.

Filosofía & co. - asi esta bien
Así está bien, de Reyes Puig (Penguin Random House), a la venta en Uruguay en papel, y en el resto del mundo, en formato electrónico.

¿Qué puede esperar encontrarse un lector cuando abra su libro?
Soy de las personas que creen que los libros trascienden la voluntad o interés particular de su autor. En este sentido, creo que todo libro tiene vida propia. Como los hijos, ellos trascienden las expectativas de sus progenitores. Porque, aunque estos dejan una huella o impronta en cada una de sus creaciones, una vez dados a luz, tanto los libros como los hijos comienzan a forjarse su propia personalidad y camino vital. Por eso pienso que lo que se pueda encontrar en el recorrido de las páginas de Así está bien depende mucho más del lector que del libro. Porque las impresiones intelectuales y anímicas que plasmé en él van a resonar en forma diversa, dependiendo de la sensibilidad, expectativas, experiencias y necesidades de quien lo lea.

De todas maneras, confieso que me gustaría que los lectores puedan descubrir en sus páginas el extraordinario valor de la filosofía como medio para procurarnos una vida más buena y significativa. Que la filosofía no sólo nos enseña a nadar en el mar de la incertidumbre —en el que estamos siempre de alguna manera sumergidos—, sino también a hallar en ese mar (que tanta angustia e incomodidad nos genera) una oportunidad para el auténtico ejercicio de la libertad. Porque la filosofía nos hace más libres, y también más felices. De esto sí que no me cabe la menor duda.

Desde hace años, es usted filósofa y psicóloga, y ha ejercido ambas profesiones a distintos niveles académicos y divulgativos. ¿Por qué se decidió por escribir este libro y no otro? ¿Y por qué ahora?
El disparador inicial de mi decisión fue la fortuna de haber sido invitada a hacerlo por parte de la editorial Penguin Random House. Pero, aunque disfruto muchísimo del ejercicio de mis dos profesiones, la filosofía ha sido desde siempre la que más impacto ha tenido sobre mí, tanto a nivel personal como profesional. De hecho, siempre digo que no me puedo imaginar a mí misma ejerciendo como psicóloga clínica sin el aporte de la filosofía. Así, creo que la decisión fue un corolario de todas las decisiones que tomé a lo largo de mi vida, empezando en el momento en que descubrí mi vocación y elegí ser filósofa y psicóloga de profesión. Con respecto a por qué ahora, presumo que tiene que ver con que hoy por hoy existe un auge de la filosofía práctica, de tradición socrática, que enseña y fomenta la importancia del ejercicio de filosofar para todos los seres humanos, y no ya solo para aquellos que nos dedicamos profesionalmente a la filosofía.

Después de un pormenorizado capítulo sobre el enfrentamiento a la incertidumbre, habla usted de la posmodernidad como un «mar de la incertidumbre, en el cual estamos forzados a nadar sin referentes que nos señalen el camino correcto o seguro para llegar a tierra firme». Como bien explica, esa ruptura con los «grandes relatos» de los que hablaba Lyotard tuvo grandes ventajas, aunque también sus inconvenientes. No obstante, Lyotard escribe La condición posmoderna en 1979, hace ya más de 40 años. ¿Cree que seguimos, hoy, en 2021, en ese escenario que el francés describía? ¿Cuál es hoy nuestra relación con la incertidumbre y los esquemas estanco de conocimiento?
Este año 2021 nos encuentra a todos particularmente sumidos en el mar de la incertidumbre. Esto, fundamentalmente a causa de la pandemia de covid-19, ha puesto en jaque a lo que estábamos acostumbrados a considerar normal, empujándonos a una nueva realidad en la cual debemos adaptarnos a vivir con muchas menos certezas respecto a lo que pueda suceder o depararnos el mañana. Los seres humanos nos encontramos en una permanente tensión entre la conciencia de que ignoramos muchas más cosas de las que sabemos y nuestra inherente necesidad de certezas que nos permitan sentirnos confiados y seguros.

Así, nuestra relación con la incertidumbre es bien problemática, y aunque sin duda existen motivos para celebrar la caída de los grandes relatos que coartan nuestra libertad para cuestionarnos y pensar, lo cierto es que nos resulta bien difícil lidiar con la duda o falta de certezas. Como afirmó Erich Fromm, los seres humanos tenemos «miedo a la libertad» y, por eso, cuando nos encontramos sobrenadando en el mar de la incertidumbre, tendemos a aferrarnos a respuestas o soluciones que hacen las veces de salvavidas. Y en la sociedad de consumo existe una abundancia de salvavidas, para todos los gustos y en constante renovación y actualización. Así, las grandes ideologías de otrora (a los que Lyotard denominó «metarrelatos») como el comunismo, el iluminismo, el capitalismo o Dios, han sido suplantados por la lógica de la productividad y el consumo. Nuestra necesidad de ídolos en los cuales apoyarnos es el antídoto más eficaz contra nuestra libertad para pensar.

«Hoy por hoy existe un auge de la filosofía práctica, de tradición socrática, que enseña y fomenta la importancia del ejercicio de filosofar para todos los seres humanos, y no ya solo para aquellos que nos dedicamos profesionalmente a la filosofía»

Al hablar de la razón, dice que en nuestro presente corremos más que nunca el riesgo de ser los encadenados de la caverna de Platón, esta vez encerrados en las redes sociales, llenas de opiniones sin argumentación. Dice que nos encontramos bajo la amenaza de convertirnos en «los indiferentes del canto tercero de la Divina comedia […], almas moralmente insignificantes, que vivieron su vida sin pena ni gloria». ¿Cómo es compatible esa visión con lo que explica en el capítulo anterior, es decir, que somos seres guiados por el deseo constante?
El deseo es el motor que nos impulsa a la búsqueda, ya sea de alimento cuando sentimos hambre hasta de conocimiento cuando, como Sócrates, tomamos consciencia de que no sabemos. La razón, por otra parte, es una de las herramientas que poseemos los humanos para reflexionar y encontrar una respuesta a las preguntas que nos formulamos. Porque somos animales racionales podemos tomar consciencia de nosotros mismos y de la realidad en la cual estamos inmersos. A diferencia de nuestros parientes del reino animal, los humanos podemos dar sentido a nuestros deseos, examinarlos, evaluarlos y decidir si debemos o no satisfacerlos. Nuestra autonomía depende de nuestra capacidad para cuestionarnos y cuestionar lo que se nos ofrece como cierto, ya sea desde el exterior a través de las creencias y valores inculcados, como a través de las emociones e impulsos provenientes de nuestro fuero interno.

Los encadenados en la caverna de Platón creían que la realidad consistía en las sombras que veían proyectadas en la pared de la cueva, y pienso que el paralelismo con las redes sociales es pertinente, ya que en ellas persiste un bombardeo permanente de impresiones y opiniones raramente argumentadas que son irreflexiblemente tomadas por ciertas. Esta tendencia tan generalizada a confundir opinión arbitraria con conocimiento debidamente justificado (que Platón identificaba como sumamente peligrosa ya en el siglo IV a. de C.), conduce a una actitud de indiferencia respecto a la verdad. Y si la verdad no importa, ¿qué sentido tiene exigirla o buscarla? No en vano la posverdad fue declarada la palabra del año 2016 por el diccionario inglés Oxford.

Lo que define a los indiferentes del canto tercero de la Divina Comedia es, precisamente, la apatía propia de quienes prefieren o desean la comodidad de una «vida no examinada» (parafraseando a Sócrates), evitando el riesgo que implica el uso de nuestra capacidad racional para ir en busca de la verdad y elegir en conformidad a lo que pensamos.

«Los encadenados en la caverna de Platón creían que la realidad consistía en las sombras que veían proyectadas en la pared de la cueva, y pienso que el paralelismo con las redes sociales es pertinente, ya que en ellas persiste un bombardeo permanente de impresiones y opiniones raramente argumentadas que son irreflexiblemente tomadas por ciertas»

En los límites de nuestra libertad identifica usted la frustración y la resiliencia como actitudes frente al fracaso o imposibilidad de cumplir nuestros deseos en general. ¿Cree que somos más tolerantes a la frustración que la generación de nuestros padres? ¿Nos enfrentamos más hoy a la frustración?
Pienso que uno de nuestros más grandes desafíos como humanos es el aprender a tolerar los límites y obstáculos que nos impone la realidad. De hecho, el bienestar de una vida se juega, en gran medida, en la capacidad para tolerar la frustración que experimentamos cada vez que nuestros deseos o expectativas no son debidamente satisfechos. Esta capacidad es, más allá de nuestra predisposición innata o genética, algo que se aprende, y la cultura tiene una gran incidencia en este sentido.

Si bien no puedo afirmar a ciencia cierta si somos más o menos tolerantes a la frustración que las generaciones anteriores, sí coincido con Byung-Chul Han cuando afirma que vivimos en una cultura signada por el mandato del «¡tú puedes!», que sin duda vulnera nuestra capacidad para tolerar nuestras insatisfacciones y fracasos. Creo que se nos ha ido la mano en el afán de empoderarnos personalmente. Porque si bien es bueno sentirnos capaces de sortear las dificultades que nos plantea la vida y tener la posibilidad de superarnos a nosotros mismos, es también fundamental tener conciencia y tomar contacto con nuestra inherente vulnerabilidad. Reconocer que no siempre podemos y que, muchas veces, nuestra superación y libertad dependen de dicho reconocimiento. A fin de cuentas, como afirmó Nietzsche, en el hecho de ser «humanos, demasiado humanos» radica no solo nuestra vulnerabilidad, sino también nuestra más genuina fortaleza.

Continuando con la cuestión de los límites de la libertad, pone usted como ejemplo de coacción que limita la libertad negativa el ya famoso toque de queda que tantos gobiernos han instaurado por seguridad sanitaria frente a la pandemia de coronavirus. Ahora, más de un año después de que comenzara, algunos Estados, pero sobre todo ciudadanos, se muestran reticentes a devolver esa libertad negativa. ¿Se acostumbra el ser humano a la falta de libertad? ¿Cree que esto es algo problemático?
Nuestra relación con la libertad es problemática, porque ella es algo que deseamos y tememos, siempre al mismo tiempo. La libertad es un bien preciado, por el cual los seres humanos hemos luchado desde siempre, tanto en lo que respecta a la libertad de acción como de pensamiento. Pero ser libre implica ser responsable, y esto ya no nos seduce tanto… Para pensar la libertad como problema filosófico siempre es útil e iluminador recurrir al pensamiento de Jean-Paul Sartre, quien definió la libertad como «lo que haces con lo que te han hecho». Los limites (o lo que nos hacen, tanto las circunstancias en las cuales nos encontramos como los otros con los cuales nos relacionamos) son ineludibles, pero nosotros siempre podemos tomar una decisión dentro del abanico de posibilidades que poseemos. Pero decidir no es siempre fácil, porque elegir implica asumir el riesgo a equivocarnos ya que nunca podemos prever todas las consecuencias que nuestra decisión tendrá, lo cual nos genera un monto de angustia considerable. De ahí la humana tendencia a «elegir no elegir» y hacer responsables a otros (ya sea las circunstancias, el gobierno, la sociedad, nuestros padres, hijos, jefes o pares) de lo que nos pasa. Sartre denominó a esto «actuar de mala fe» a través de la cual negamos nuestra libertad mediante el autoengaño.

«Si bien es bueno sentirnos capaces de sortear las dificultades que nos plantea la vida y tener la posibilidad de superarnos a nosotros mismos, es también fundamental tener conciencia y tomar contacto con nuestra inherente vulnerabilidad»

En mi país, Uruguay, el gobierno tomó la decisión de promulgar un llamado a la «libertad responsable» en vez de imponer toques de queda para hacer frente a la pandemia. Este gesto, que para algunos representa un digno respeto por las libertades individuales, para otros denota, por el contrario, una renuencia del gobierno a asumir la responsabilidad que le compete de velar por la seguridad sanitaria de los ciudadanos. El debate respecto a los límites de la libertad negativa es sumamente complejo, porque no es fácil discernir cuánta asistencia necesitamos los seres humanos para discernir y manejar los límites necesarios para el ejercicio de nuestra propia libertad. Porque en medio de todos los aspectos discutibles hay algo de lo cual podemos estar bien seguros: los límites son un requisito sine qua non para el ejercicio de la libertad auténtica.

Da cierre a su libro desde una amable anécdota sobre las últimas palabras de Kant, las cuales ha tomado usted por título. Explica, desde ellas, que la felicidad en nuestra vida es algo que debe examinarse cuando ha llegado a su fin: «Como el equipo que ha jugado un buen partido, quien ha tenido una vida buena se encontrará más y mejor preparado cuando suene el silbato final». ¿Y usted? ¿Se siente más cerca, después de haber escrito este libro, de poder decir algún día «así está bien»?
¡Qué buena pregunta! La verdad es que no lo sé a ciencia cierta porque, como en la metáfora del partido que utilizo en el libro, la apreciación decisiva de una vida sólo podemos hacerla cuando suena el silbato final. Mientras estamos viviendo siempre nos encontramos realizando jugadas buenas y malas, sufriendo y gozando, riendo y llorando, celebrando y duelando. Porque, al fin y al cabo, la vida es un devenir constante en el cual, como humanos, nos debatimos entre la fortuna (o lo que nos pasa) y el libre albedrío (lo que hacemos con lo que nos pasa).

Sin embargo, coincido plenamente con Sócrates cuando enseñaba que debemos examinar nuestra vida para poder elegir libre y conscientemente lo que hacemos y lo que somos. Porque este es el requisito sine qua non para tener una vida significativa y digna de ser vivida, y encontrarnos, así, más y mejor preparados cuando suene el silbato final. Y escribir este libro es algo que elegí con absoluta consciencia y en plena libertad. Por eso sospecho que sí, que Platón tuvo razón cuando dijo que la filosofía nos prepara para la muerte, y que después de escribir Así está bien me encuentro más preparada para no desesperar cuando suene el silbato final. Creo que hice una gran jugada al escribirlo. 

Para saber más… Magdalena Reyes: «La filosofía es para todos, todos necesitamos de ella»

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1 COMENTARIO

  1. Pienso que la filosofía pone en juego nuestras capacidades de que si somos conscientes o no para así afrontar las problemáticas y saber la realidad de las cosas y ser independientes.

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