«La república», el primer gran libro de filosofía

Para que una ciudad o un país sea justo es necesario, en primer lugar, determinar qué es la justicia. Este es el objetivo de «La república» de Platón. Diseño realizado a partir de la silueta extraída de Piqsels (CC).
Para que una ciudad o un país sea justo es necesario, en primer lugar, determinar qué es la justicia. Este es el objetivo de «La república» de Platón. Diseño realizado a partir de la silueta extraída de Piqsels (CC).

Aunque con matices, se puede afirmar que Platón es el primer gran filósofo de Occidente. De todas sus obras, La república tiene un papel central. En ella se abordan cuestiones fundamentalmente políticas, como la definición de la justicia, la justa organización de la sociedad, la famosa teoría de las ideas, el mito de la caverna... Un libro clave que todavía hoy, más de dos mil años después, sigue siendo imprescindible.

Por Javier Correa Román

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO 6
La república, de Platón (Edimat).

Platón (427-347 a. C.) es uno de los filósofos más importantes de la historia de Occidente. Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, fundó en Atenas uno de los primeros centros filosóficos: la Academia. Aunque la mayoría de sus obras se han perdido, conservamos algunos de sus textos escritos de forma dialógica. De sus diálogos, La república es su libro más importante.

Cada diálogo de Platón tiene un tema principal. Así como los temas centrales de otros diálogos son la belleza o el lenguaje, el objetivo fundamental de La república es dirimir qué es la justicia. En otras palabras, La república es un diálogo fundamentalmente político. Antes de entrar en el contenido, es importante señalar que el título actual proviene de la traducción de Cicerón (Res Pública). El título original de la obra de Platón es Politeia, que significa «lo referente a la ciudad».

Como en el resto de sus diálogos, el personaje principal de esta obra es Sócrates. Al ser La república un diálogo de madurez, los expertos están de acuerdo en afirmar que las palabras puestas en boca de Sócrates son las teorías del propio Platón, aunque hasta qué punto podemos afirmar tajantemente tal cosa es todavía objeto de debate.

En busca de una definición de la justicia
(Libro I)

En este primer libro, Sócrates dialoga con Céfalo. Céfalo es el primer personaje en dar una definición de justicia: para él, la justicia es obedecer las leyes y pagar las deudas. Sócrates, haciendo gala de su actitud de filósofo, pone algunas objeciones a esta definición: ¿acaso no hay leyes que son injustas y acciones ilegales que son justas?

Después de la refutación socrática, toma la palabra Polemarco, el hijo de Céfalo. Para Polemarco, la justicia es «hacer bien a los amigos y mal a los enemigos». Sócrates aprovecha la definición de Polemarco para introducir un aspecto que será crucial en la concepción platónica de la justicia: para saber qué hace bien a los amigos se requiere algún tipo de conocimiento.

Ser justo, por tanto, implica saber qué es la justicia. Pero ¿qué tipo de conocimiento es el que necesitamos? Ante este problema, los interlocutores llegan a la conclusión de que el conocimiento de la justicia no puede ser parcial (como el de los oficios) ni neutral, pues la justicia engloba a todos los ciudadanos y persigue como fin su bienestar.

Por último, interviene en el diálogo Trasímaco. Como buen sofista, el discurso de Trasímaco se caracteriza por su hábil uso de la retórica. Su tesis sobre la justicia es la siguiente: la justicia consiste en todo aquello que es ventajoso para el más fuerte. La justicia se identifica con el egoísmo porque, dice Trasímaco, no hay más ley que la ley del poderoso.

En contra de esta tesis, Sócrates argumenta que para saber lo que conviene a uno (incluso si uno es el más fuerte) es necesario cierto tipo de conocimiento, es decir, la justicia no es algo intuitivo, sino algo digno de estudio. La justicia, defiende Sócrates, es objeto de estudio filosófico. Además, en este capítulo, Sócrates diferencia el arte del mandatario del arte del mercenario: mientras que el segundo se rige por el dinero y el interés personal, el primero busca el beneficio de los demás. Es este el camino que debe seguir aquel que busque la justicia.

Para Céfalo, la justicia es obedecer las leyes y pagar las deudas. Sócrates pone algunas objeciones a esta definición: ¿acaso no hay leyes que son injustas y acciones ilegales que son justas?

La ciudad justa
(Libro II)

Dado que hasta este momento de la conversación no se ha conseguido esclarecer qué significa ser un hombre justo, Sócrates plantea debatirla a una escala mayor: la de la ciudad. El debate ya no es qué virtudes debe presentar un hombre justo, sino cómo es —y cómo debe organizarse— una ciudad justa. En este punto es importante recordar que la ciudad es a los antiguos griegos lo que el Estado es para nosotros.

La ciudad justa, explica el discurso de Sócrates, se caracteriza por su especialización: cada uno se dedica a un oficio para suplir las necesidades del conjunto de sus conciudadanos. Para que una sociedad funcione bien, se necesita una división del trabajo porque, como individuos aislados, no podemos satisfacer todas nuestras necesidades de forma aislada. Así, en la ciudad justa hay una clase de artesanos (médicas, zapateros, cocineros…) que se dedican a suplir estas necesidades y hay otra clase social que Sócrates denomina los guerreros y cuya función es la defensa de la ciudad.

Estas divisiones no son arbitrarias. Cada clase social, continúa Sócrates, es un reflejo de las distintas partes del alma humana. Así como los artesanos se caracterizan por satisfacer los distintos deseos (comer, sanar …), una parte de nuestra alma —a la que llama concupiscible— es la que busca esta satisfacción.

La función de los guerreros, en cambio, no yace en mantener la vida satisfecha de sus necesidades (pues deben ser capaces de entregar su vida), sino en otro tipo de pasiones como el honor. Los guerreros se caracterizan por una personalidad que no se basa en la satisfacción de los deseos (como los artesanos), sino que su motivación es otra. Esto, y para Sócrates es una gran ventaja, los hace más difícilmente corrompibles por el dinero.

Mientras que los artesanos satisfacen el deseo, la cualidad de los guerreros es la irascibilidad. Los guerreros representan una segunda parte del alma humana: el alma irascible. Sin embargo, todavía falta algo, apunta Sócrates. Los guerreros necesitan un guardián (o unos pocos) que los dirijan. En la ciudad justa que se dibuja en La república, el filósofo es el rey porque es el reflejo del alma racional del ser humano.

La justicia requiere cierto conocimiento, pero ¿qué tipo de conocimiento?

La justicia es la armonía entre las partes
(Libro III)

La división de la ciudad refleja la división del alma humana. De esta manera, la política de la ciudad se basa en la antropología del ser humano, pues el orden de la ciudad debe ser el natural del alma. Como la ciudad, tendemos nosotros también una parte concupiscible que se orienta a la satisfacción de los deseos y otra parte, la irascible, que se orienta hacia pasiones como el honor o la dignidad.

Cierra así Sócrates el problema iniciado en el libro I, porque el discurso sobre la ciudad fue planteado con el objetivo de dirimir cómo es un hombre justo. La justicia, tanto en el hombre como en la ciudad, consiste en el dominio de estas partes, en la armonía entre los elementos que conforman el todo.

«En esto, pues, consiste la injusticia. De donde se sigue, a la inversa, que cuando cada uno de los órdenes del Estado, el de los negociantes, el de los auxiliares y el de los guardianes, se mantiene en los límites de su oficio y no los traspasa, esto debe ser lo contrario de la injusticia; es decir, la justicia, y lo que hace que un Estado sea justo».

Ahora bien, ¿cómo se gobiernan estas partes? ¿Quién tira del carro con estos dos caballos? El tercero en discordia: el alma racional o su homólogo en la ciudad, el filósofo. Pero ¿quién es el filósofo? Veamos en qué se distingue este de un mero charlatán.

La política de la ciudad se basa en la antropología del ser humano, pues el orden de la ciudad debe ser el natural del alma

La doctrina de las Ideas
(Libros IV, V, VI y VII)

El filósofo debe ser el rey de la ciudad de la misma forma en que, para tener armonía entre las partes, el alma racional debe guiar a las otras dos. Sin embargo, a estas alturas del libro, Sócrates no ha definido aún qué significa ser filósofo. Semejante tarea es el objetivo principal del libro IV y siguientes.

En nuestra vida cotidiana hablamos de muchas cosas: qué nos parece el nuevo programa de televisión, si nos ha gustado alguien o qué nos ha parecido la comida. Todos los enunciados de este tipo, para Platón, encajan bajo el rótulo de «opinión» o doxa. La opinión es conocimiento del mundo sensible, de este objeto concreto o de aquella representación del objeto.

El filósofo, en cambio, no habla de la belleza de un objeto o de una persona, sino de la Idea de Belleza, de la Belleza en sí. El filósofo se eleva por encima de las múltiples representaciones para pensar las Ideas que unifican la multiplicidad del mundo. No habla de lo injusta de una situación, sino que intenta buscar lo que tienen en común todas las situaciones injustas: busca la Idea de Justicia. Así todo, el filósofo no tiene opinión, sino que genera ciencia (o epistémē).

Las Ideas son, por tanto, el fundamento del mundo. A pesar de que hay distintos ordenadores (de diferentes tamaños y formas), decimos de todos ellos que son la misma cosa: un ordenador. Ese concepto que los unifica y que nos da la esencia de cada ente es lo que Platón llama Ideas. Y esto sucede no sólo con respecto a los objetos físicos, sino que «lo mismo sucede respecto a lo justo y a lo injusto, a lo bueno y a lo malo, y a todas las demás».

A diferencia de los objetos del mundo sensible, que son perecederos y cambian, las Ideas son perfectas, eternas e inmutables. Por eso, el conocimiento de los objetos es mera opinión, pues estudia cosas cambiantes. La filosofía y la ciencia, en cambio, estudian Ideas perfectas y alcanzan la verdad. Es en este punto del diálogo en el que Platón introduce su famoso mito de la caverna para explicar esta distinción.

El mito de la caverna consiste en una situación hipotética en la que varios prisioneros se encuentran orientados hacia una pared y atados de pies y manos. Detrás suyo hay un muro y un fuego; de tal manera que lo único que ven los prisioneros son las sombras de los objetos que sus captores pasean por encima del muro.

La situación de los prisioneros es la de la mayorías de las personas que opinan sobre los objetos sensibles (un gato particular, una cosa justa) sin tener conocimiento de las Ideas (Idea de Gato, Idea de Justicia). Creemos que conocemos la realidad, pero sólo conocemos su sombra: «Un hombre, pues, que cree en las cosas bellas, pero que no tiene ninguna idea de la belleza en sí misma».

El filósofo, en cambio, se ha desprendido de sus cadenas y ha salido de la caverna. Ha podido, por fin, completar los objetos que creaban esas formas:

«—Por consiguiente, será preciso dar el nombre de filósofos, y no el de amantes de la opinión, a los que se consagran a la contemplación de cada ser en sí.

—Totalmente de acuerdo».

La justicia, tanto en el hombre como en la ciudad, consiste en el dominio de las partes, en la armonía entre los distintos elementos

Expulsión de los poetas y crítica de la poesía
(Libros II, III y X)

En primer lugar, y con el fin de actualizar la temática de La república, es importante notar que, cuando Platón se refiere a los poetas, se refiere, en general, a los artistas, a los que escriben y pintan. En nuestra sociedad, semejante función que la de los poetas de la Atenas del siglo V a. C. tienen hoy los directores de cine o de series.

En La república, Platón lleva a cabo dos críticas a los poetas. La primera es aquella llevada a cabo en los libros II y III y cuyo argumento es el siguiente: los poetas ponen en peligro la armonía de la ciudad cuando en sus historias representan vicios y acciones inmorales. Dice Platón a este respecto:

«Debemos, pues, según parece, vigilar ante todo a los forjadores de mitos y aceptar los creados por ellos cuando estén bien y rechazarlos cuando no; y convencer a las madres para que cuenten a los niños los mitos autorizados, moldeando de este modo sus almas por medio de las fábulas».

Los poetas nos entretienen con sus historias, pero estas no nos dejan indemne. Las historias ficticias de los poetas, los mitos y leyendas, nos moldean y nos educan. Una ciudad sana no puede florecer con poetas que cuentan historias de vicios y aclaman a los villanos. Tal es la importancia de las ficciones que nos contamos:

«Porque un niño no es capaz de discernir lo que es alegórico de lo que no lo es, y todo lo que se imprime en el espíritu en esta edad deja rastros que el tiempo no puede borrar. Por esto es importantísimo que los primeros discursos que oiga sean a propósito para conducirle a la virtud».

En el libro X de La república la crítica es mucho más profunda y atiende a razones epistemológicas más que a razones políticas. Los poetas y los pintores tienen su oficio en la imitación. Y esta tiene una naturaleza, dice Platón, bastante problemática.

Imaginemos, por usar el ejemplo que usa Platón, una mesa. El artesano o el obrero que fabrica la mesa lo hace usando como modelo la Idea de Mesa. La mesa que fabrica, como es evidente, no es la mesa en sí, sino una mesa particular, es un objeto sensible. La realidad de la mesa fabricada es menor (por ser sensible e imperfecta) y, por eso, tiene un grado menor de realidad que la idea de mesa (perfecta en sí, eterna e inmutable). Diremos, entonces, que es una copia imperfecta de la Idea de Mesa.

El artista, con sus obras, desciende un nivel más. El motivo es que el pintor —por ejemplo— también realiza copias, pero no de la Idea de Mesa (donde yace el verdadero conocimiento), más bien todo lo contrario: la realiza a partir de la mesa particular. El arte del pintor o el poeta consiste en hacer copias de copias. De hecho, justamente porque sólo crea apariencias puede pintar tantas cosas. Dice Sócrates en el diálogo:

«Si ejecuta tantas cosas es porque no toma sino una pequeña parte de cada una; y aun esta pequeña parte no es más que un fantasma. El pintor, por ejemplo, nos representará un zapatero, un carpintero o cualquier otro artesano, sin conocer nada de estos oficios. A pesar de esto, si es un excelente pintor, alucinará a los niños y al vulgo ignorante, mostrándoles de lejos el carpintero que haya pintado, de suerte que tomarán la imitación por la verdad».

Los poetas (y los artistas en general) corrompen con sus artes a la población y, además, son incapaces de producir conocimiento verdadero. Su arte se basa en la apariencia y nunca en las Ideas. Sólo el filósofo busca el conocimiento de las ideas, el único conocimiento verdadero.

Las ideas, que son eternas, perfectas e inmutables, son el fundamento del mundo y dan esencia a los objetos

Conclusiones

La república es uno de los libros más importantes de toda la historia del pensamiento occidental. Bien sea por su contenido político, bien sea por el desarrollo de la doctrina de las ideas, este libro supone un antes y un después en la tradición filosófica. A pesar de que han pasado más de dos mil años, Whitehead (1861-1947) resumió perfectamente esta importancia cuando afirmó que toda la historia de la filosofía tan sólo es una serie de comentarios a pie de página de los diálogos de Platón.

Cinco citas de La república

  1. «No habrá, mi querido Glaucón, disminución de los males que desolan los Estados, ni siquiera de los que afectan al género humano, a menos que los filósofos sean reyes de los Estados, o que los que ahora se dicen reyes y soberanos pasen a ser verdaderos y serios filósofos».
  2. «Convino en seguida en que los más fuertes hacen algunas veces leyes contrarias a sus intereses para que las ejecuten los inferiores por ellos gobernados».
  3. «¿No es por esta misma razón, mi querido Glaucón —dije yo—, la música la parte principal de la educación, porque insinuándose desde muy temprano en el alma, el ritmo y la armonía se apoderan de ella, y consiguen que la gracia y lo bello entren como un resultado necesario en ella?».
  4. «Me inclino por esto último, pues me has oído decir muchas veces que la idea del bien es el objeto del más sublime conocimiento y que la justicia y las demás virtudes deben a esta idea su utilidad y todas sus ventajas».
  5. «Tales son, entre otras muchas, las características de la democracia —dije yo—: es, como ves, un gobierno muy cómodo, donde nadie manda, en el que reina una mezcla encantadora y una igualdad perfecta, lo mismo entre las cosas desiguales que entre las iguales».

Para saber más… Platón, el origen de la filosofía en Occidente

Para saber más… Las ideas y los mitos en Platón

Para saber más… Coincidencias y diferencias entre Platón y Aristóteles

Para saber más… El conocimiento en Platón

Dosieres exclusivos, podcasts, libros de regalo, descuento en otros y en más productos… Haz clic aquí.

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre