Más filosofía y más presencia de la opinión filosófica

La opinión filosófica en el espacio público en general, y en la prensa en particular, es necesaria en estos tiempos tan turbulentos. Diseño propio realizado a partir de imágenes de esculturas de -de izquierda a derecha- Marco Aurelio (de Marie-Lan Nguyen, CC BY 2.5), Platón (de Mary Harrsch, CC BY-NC-SA 2.0) y una escultura de un filósofo sin identificar (Andrew Shiva, CC BY-SA 4.0)
La opinión filosófica en el espacio público en general y en la prensa en particular es necesaria en estos tiempos tan turbulentos. Diseño realizado a partir de imágenes de esculturas de (de izquierda a derecha) Marco Aurelio (de Marie-Lan Nguyen, CC BY 2.5), Platón (de Mary Harrsch, CC BY-NC-SA 2.0) y una escultura de un filósofo sin identificar (Andrew Shiva, CC BY-SA 4.0).

La actitud filosófica se caracteriza por una búsqueda incesante del conocimiento. En tiempos de incertidumbre, donde los problemas se caracterizan por su complejidad, es necesario dar presencia a pensadores y pensadoras para poder enriquecer el debate público. La opinión filosófica ayuda a encontrar soluciones ante los desafíos de nuestro tiempo.

Por Roberto Gutiérrez Laboy, catedrático de Humanidades en la Universidad de Puerto Rico

Creo poco probable que alguien pueda disentir ante la innegable realidad de que en las actuales sociedades mundiales los problemas económicos, políticos y sociales son de gran preocupación para los ciudadanos que las constituyen y, sobre todo, en que la solución a esos conflictos, desafortunadamente, se nos presenta como un destello distante. Es decir, el remedio a los mismos apenas se puede vislumbrar.

Tantas propuestas filosóficas, sociales y económicas que se han hecho desde Platón hasta el presente —en el contexto de Occidente— y ninguna ha sido lo suficientemente efectiva para conformar una sociedad más justa y estrictamente respetuosa de los derechos humanos, de los derechos de los animales no humanos y del derecho de la flora en su sentido más amplio.

Lo cierto es que estamos en una época en la cual la inestabilidad y la inequidad social es la orden del día. De allí que todos deseemos, de una u otra forma, encaminar posibles soluciones para apaciguar o, quizás, resolver esas contrariedades que nos aquejan.

En esa tarea, los medios de comunicación representan una labor encomiable cuando entrevistan —para divulgar su opinión autorizada— a psiquiatras, psicólogos, sociólogos y religiosos en la busca de alternativas que, cuando menos, den dirección adecuada al pueblo desorientado. Lo que está muy bien.

Claro que, por otra parte, los que dirigen los gobiernos pocas veces ponen los oídos en tierra para considerar esas propuestas que en muchas ocasiones suenan razonables. Peor aún, los altos ejecutivos de las agencias gubernamentales —y los políticos en general— en muchas ocasiones parecen prestar mayor atención a los menos aptos. Desgraciadamente los mediocres imperan. A eso se le nombra hoy como populismo en su sentido negativo, lo que es extremadamente perjudicial.

Los medios de comunicación representan una labor encomiable cuando entrevistan, para divulgar su opinión autorizada, a psiquiatras, psicólogos, sociólogos y religiosos en la busca de alternativas

Pero en muchos países se han olvidado de los humanistas en general y de los filósofos en particular, puesto que existe una pléyade silenciosa de pensadores que observan atentos lo que acontece en su derredor. Mientras en algunas naciones (realmente muy pocas y cada día son menos) se escucha por la radio, se lee en los periódicos y se ve en la televisión recomendaciones de filósofos de reconocida experiencia, en otras parece que se les ha relegado a la invisibilidad.

Desperdician así una enorme cantera de talentos que muy bien podrían entrar en el debate de ideas con el fin de hacer la convivencia cotidiana un poco mejor. Urge reconocer que en prácticamente todas las sociedades contamos con filósofos y filósofas —o estudiosos de esa disciplina— de impresionante formación que han hecho importantes aportaciones al pensamiento universal.

En realidad, yo no creo que se los olvide; pienso que se les desconoce. Y esto porque, entre otras razones, la filosofía apenas se estudia en las escuelas, y aún menos en las universidades, por lo que, en consecuencia, esta fundamental disciplina —considerada por muchos como la madre y base de todas las ciencias, si bien yo las considero hermanas gemelas fraternas— poco se conoce. Por tanto, al no estar familiarizados con ella, se cree que es un campo de estudio extremadamente complicado. ¡Nada más lejos de la verdad! La filosofía es tan complicada o tan fácil como cualquier otra área del saber.

La filosofía en términos generales se compone de dos grandes áreas: la filosofía especulativa y la filosofía práctica. La especulativa se ocupa de temas considerados abstractos, como pueden ser la belleza (estética) y el conocimiento (epistemología); la práctica se preocupa por asuntos como la moral (ética) y el pensamiento (lógica). Esta última es más cercana a objetos de interés para el poco conocedor de la filosofía y podría constituirse en la solución de algunos aspectos que nos ahogan y que nos mantienen muy cerca del precipicio.

Existe una pléyade silenciosa de pensadores que observan lo que acontece en su derredor y que han sido olvidados en muchos países

Independientemente del interés particular de cada filósofo, podemos afirmar que, en términos generales, este lo que persigue es el conocimiento como tal o, mejor, la búsqueda de la verdad como quiera que esta sea, placentera o dolorosa. Dicho en palabras sencillas, el filósofo intenta entender el significado del mundo y de la vida. Pues, en ese buscar, el filósofo observa muchas cosas, las que a su vez le revelan otras, para bien y para mal. Es, justamente, la consecuencia de las reflexiones del filósofo lo que debemos aprovechar. Simplemente porque nos puede arrojar alguna luz a las contrariedades de índole social sobre las que antes me referí.

Es muy cierto que existen filósofas y filósofos que no le interesan los sucesos a su alrededor, por lo que con ellos no hay que contar. Pero esos son los menos. La mayoría están más que prestos a colaborar en la consecución de un mundo mejor y un mayor entendimiento de nuestra realidad social y nacional. Conozco a algunos de ellos.

Observo con cierta curiosidad que en Estados Unidos se inició hace poco más de una década —si bien se había hecho antes en Alemania— un grupo de «consejeros filosóficos profesionales». Se agrupan bajo una organización denominada Asociación Americana de Practicantes Filosóficos. Fue fundada por Lou Marinoff, el autor de Más Platón y menos Prozac. Los socios se dedican a hacer un trabajo parecido a la de psicólogos y psicoanalistas, incluso con consultas en sus propios despachos.  

En torno a esa «funcionalidad» de la filosofía mantengo algunas serias reservas, por lo que no sé si coincidir con esas «prácticas». Sin embargo, lo importante es que son útiles a la sociedad y aproximan la filosofía al ciudadano «de a pie». Mi invitación va en esa dirección, aunque sin llegar a esos extremos.

Lo que propongo es una mayor presencia de los filósofos en todos los recodos de la sociedad. El intelectual no está para quedarse en una torre de marfil, pero hay que irlo a buscar. Sé muy bien que muchos de ellos generan y forman opinión en los cursos que profesan, pero eso no es suficiente. Hay que irlos a buscar —repito— para que esas opiniones resuenen en todos los recovecos del planeta. Por supuesto que la falta no es solamente de los medios de comunicación, sino que también es de los propios filósofos que no se ponen a la disposición de los medios. Lo que ocurre es que el ofrecerse no cabe en sus espíritus.

El filósofo es el que persigue el conocimiento como tal o, mejor, el que persigue la verdad como quiera que esta sea, placentera o dolorosa

Si algo es importante en la filosofía es elaborar una serie de ideas que nos permitan la comprensión del sentido de la vida. Por eso, al filósofo se le puede pedir orientación en cualquier tipo de tema. La opinión de ellos es, por lo general, precisa y metódica, y si el tema sobre el que se les interroga no fuera de su interés o lo desconocen, así lo harán saber, sin penas ni glorias.

Algunos piensan que la filosofía no está para resolver problemas, sino que únicamente para pensarlos y cuestionarlos. Tal vez sea cierto, mas el pueblo debe oír con mayor frecuencia ese pensar. En uno de sus más celebrados ensayos, Filosofía para legos, el filósofo y matemático británico Bertrand Russell hizo unas expresiones que hoy hago mías cuando advirtió que la filosofía…:

«… puede proporcionar un hábito de pensamiento exacto y cuidadoso, no sólo en matemáticas y ciencias, sino también en asuntos de gran importancia práctica. Puede conceder amplitud y alcance impersonales a la concepción de los fines de la vida. Puede dar al individuo una medida justa de sí mismo en relación con la sociedad, del hombre del presente con el hombre del pasado y el futuro, y de toda la historia del hombre en relación con el cosmos astronómico. Agrandando los objetivos de sus pensamientos, proporciona un antídoto a las ansiedades y angustias de la hora presente y hace que se pueda acercar a la serenidad, tanto como le es posible a una mente sensible en nuestro mundo torturado e incierto».

Y es en esta época de pandemia cuando nuestra existencia se hace más «torturada e incierta». Ahora bien, son circunstancias como esas las que nos conducen a replantearnos, desde el punto de vista humanístico, el verdadero sentido y significado de la vida y, por supuesto, el de la muerte también.

A mí me parece —por lo obvio— que la filosofía no es la panacea para todos nuestros problemas sociales y personales, pero estoy seguro de que puede contribuir, a través de sus reflexiones, con por lo menos bastantes granos de arena en la construcción de un mundo más justo y digno. Por lo que enterarse del sentir de los que se dedican a esa disciplina es imprescindible para cualquier sociedad. 

Para que ello sea posible, los directivos de los medios de información deberían contar más con ellos y exponerlos con mayor frecuencia ante el pueblo que procura dilucidar, aunque sea inconscientemente, su muy probable complicada situación existencial.

Sobre el autor

Roberto Gutiérrez Laboy es doctor en filosofía por la Universidad de Rutgers, pensador, orador y catedrático de Humanidades y Bioética en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Es autor de una decena de libros y de muchos artículos en revistas y periódicos escritos en español, inglés y portugués. Para ver su página web personal, entra aquí.

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2 COMENTARIOS

  1. La filosofía, es un provechoso saber en los asuntos más íntimos de cualquier sociedad. El pensamiento, como reverencia de esta misma, enarbola la posibilidad de configurar más diálogo como fuente de apaciguar y trabajar en resoluciones o problemáticas que competen a todos. El saber y pensamiento filosófico, deben ser ubicuos en la compartición de analizar y objetar la realidad social, política, económica y personal.

  2. En estas sociedades complejas, con conductas de pandemia y temor a totalitarismos es un aliciente que la filosofía aporte su opinión en el marco de la esperanza, la tolerancia y el encuentro productivo desde el dialogo amoroso y sincero de la verdad que se vuelve silencio y grito repentino de libertad. la filosofía es conocimiento que entra por los oídos de todo ser humano y sale por la boca hecha palabra de vida y gesto de admiración y asombro.

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