Una filosofía para la vida cotidiana

Detalle de
Detalle de "La escuela de Atenas" de Rafael Sanzio (1509). Dominio público.

No aparece en ningún libro, ningún filósofo de renombre la ha citado jamás y, de entrada, resulta ofensiva. Sin embargo, hay una corriente filosófica callejera, chabacana y astracanada que resuelve cientos de problemas a los que nos enfrentamos a diario y que haría mucho bien en la sociedad. Y puesto que nadie la cita o le dedica un ensayo, un servidor va a ser el primero en escribir un post sobre ella.

Allá por 2011, viviendo en Berlín con mi hermano, habría de descubrir una filosofía que alteraría los cimientos de mi vida. No existía ningún libro al respecto. Nunca autor alguno le había dedicado un capítulo o artículo. Y, muy probablemente, nunca sería famosa. Pero yo, espabilado y ansioso por aprender, supe ver en ella un filón con ciertas enseñanzas vitales y un conjunto de influencias de lo más prometedor, de manera que aquí estoy, dedicándole unas pocas palabras.

Como decía, corría el verano berlinés y, aprovechando su agradable clima –Berlín, para quienes no la conozcan, es fabulosa en verano, con sus temperaturas suaves y actividades al aire libre, una gloria tras sus inviernos a diez o quince bajo cero–, dos amigos de mi hermano vinieron a visitarnos a nuestro piso de Müggelstraβe, en el barrio de Friedrichshain. Ambos tenientes del Ejército del Aire de las Fuerzas Armadas de España.

“En el ejército la puerta de entrada es muy pequeña, pero la de salida es muy grande. Cuando uno cree que no puede más, aún le queda un 20% de fuerzas. Nosotros jugamos con ese 20%”

Atraídos como siempre por lo desconocido, pasamos muchas horas de aquellos días acosándoles con preguntas sobre la vida militar: jerarquía, orden, código, alternativas, aviones, helicópteros y, especialmente, instrucción. Todos hemos visto películas en las que la camaradería entre tropa y oficiales se forja a base de mala leche y castigos de mayor o menor grado. Y yo tenía interés en conocer si la realidad era tal y como la reflejaban. Ellos, que habían pasado tanto por la faceta de instructores como de instruidos, no tuvieron reparo en contarme os pormenores del asunto: “En el ejército la puerta de entrada es muy pequeña, pero la de salida es muy grande. Cuando uno cree que no puede más, aún le queda un 20% de fuerzas. Nosotros jugamos con ese 20%”.

Traducción: Sí. Ahora bien –me explicaron–, es todo por un motivo. Puesto que esos hombres y mujeres se preparan para funcionar y mantener el tipo en situaciones en las que cualquiera se tiraría al suelo y esperaría entre lágrimas que pase el vendaval, es necesario exigirles el máximo y ponerlos en situaciones límite. Para ello se usan órdenes a gritos, exigencias casi imposibles, castigos grupales y privilegios retirados. No se trata de castigos físicos, pero sí de situaciones en las que, por ejemplo, un servidor explotaría o tiraría la toalla. Así que les pregunté cómo se soportaba esa presión… y su respuesta me pareció impagable:

-“A fuerza de broncas, de permisos perdidos, de ejercicios y maniobras extenuantes, desarrollas lo que yo llamo sudismo.
-Sudismo… ¿Y eso qué es? –interrogué.
-Pues que llega un momento en el que, ante cualquier situación incómoda, te dices a ti mismo –disculpad la expresión–: ¿sabes qué? Me la suda“.

“Llega un momento en el que, ante cualquier situación incómoda, te dices a ti mismo: ¿sabes qué? Me la suda

Mi carcajada se oyó hasta en la calle. Me pareció absolutamente brillante. Ahondando en el tema me saltó la alarma filosófica –animada, cierto es, por un par de botellines de Warsteiner– y me imaginé a todos esos pensadores estoicos, cínicos, taoístas o, qué se yo, quien fuera, pero que hicieran apología del determinismo y el control emocional, pensando lo mismo que mi amigo y, de pronto, una bombilla encendida sobre su cabeza. Una imagen digna de un póster. Diógenes de Sinope habría sido un sudista de renombre, no me cabe duda.

Para mi desgracia, tiempo después me di cuenta de que no era algo tan original. Un tal Oliver Benjamin, un periodista residente en Tailandia, fundó en 2005 una filosofía/religión similar, denominada “Dudeism” en honor al personaje The dude (“El nota”, se tradujo en español), interpretado por Jeff Bridges en la obra maestra de los hermanos Cohen, El gran Lebowski.

Diógenes de Sinope habría sido un sudista de renombre, no me cabe duda

Como el sudismo, el dudeism (del cual hay unos cuantos libros y 70.000 afiliados en todo el mundo) es una mezcla divertidísima de taoísmo, epicureísmo y mucho humor coheniano; cuya máxima viene a ser: “Tú, tranquilo. Tómatelo con calma. El mundo es duro, muy duro, y te van a venir palos por todas partes. No puedes evitarlo. Así que da igual. Céntrate en lo que tú puedes controlar, disfruta de los pequeños placeres a tu alcance y acepta lo que toque. Total, te vas a morir igualmente… Y tampoco es que la vida sea para tanto”.

He de decir que me he convertido con el paso de los años en un sudista bastante competente. Soy propenso a los ataques de ansiedad, por lo que, como herramienta en la vida diaria, me viene como anillo al dedo este movimiento. No sólo me lo aplico a mí mismo, sino que hago apología de ello. Cuando mis compañeros/as y amigos se alteran en demasía por cosas de menor importancia en el orden general de las cosas, acuden a mí esas sabias –y malsonantes– palabras: “me la &%*@”.

¿Que la chica/o que te gusta pasa de ti? Sudismo. ¿Que se acerca la fecha de entrega y no has terminado el reportaje? Sudismo. ¿Que has quedado y todo el mundo llega tarde? Sudismo (y cañita). ¿Que, en el calor de una discusión, ofendes a alguien? Sudismo. ¿Qué tu jefe te ha colgado un marrón infumable y vas a tener que hacer horas extra? Sudismo doble. Las opciones son prácticamente inagotables. Y ahí está la magia.

Y funciona. Creedme. Sudad.

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