El tiempo en «Cien años de soledad»

El reloj marca el instante exacto en el que nos encontramos y el tiempo que señala es el tiempo lineal de los objetos. El tiempo que vivimos los seres humanos, en cambio, tiene otra forma. Explorar esta modalidad temporal de la existencia humana es el tema fundamental de «Cien años de soledad». Imagen de OyeHaha (Flickr, CC).
El reloj marca el instante exacto en el que nos encontramos y el tiempo que señala es el tiempo lineal de los objetos. El tiempo que vivimos los seres humanos, en cambio, tiene otra forma. Explorar esta modalidad temporal de la existencia humana es un tema fundamental de «Cien años de soledad». Imagen de OyeHaha (Flickr, CC).

Gabriel García Márquez tardó dieciocho meses en escribir su novela más importante, Cien años de soledad, en la que relata una centuria de hechos y cotidianidades de una familia, los Buendía. Inscrita en la corriente del realismo mágico, la novela de García Márquez tiene un actor fundamental, una sombra que la recorre de principio a fin: el tiempo.

Por Javier Correa Román

La concepción clásica del tiempo

El tiempo, el gran problema de la filosofía. Si no me preguntas qué es el tiempo, decía San Agustín, sé lo que es, pero si me lo preguntas, no sé qué decirte. Es difícil pensar el tiempo. Sobre todo, porque parece que el tiempo todo lo impregna, todo lo arrolla, todo lo colorea. Sin embargo, y a pesar de esta ubicuidad, da la sensación de que el lenguaje es incapaz de atraparlo. ¡Si incluso las palabras son en el tiempo, se dicen en un momento concreto! Todos somos en el tiempo y no hay un afuera del mismo que nos permita verlo con perspectiva. De hecho, el tiempo nos recorre de una forma tan profunda que cuesta discernir si es el tiempo el que nos pasa o somos nosotros los que pasamos por él.

Filosofía & co. - COMPRA EL LIBRO
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (Literatura Random House).

Clásicamente se ha pensado el tiempo dividiéndolo en tres modalidades temporales: pasado, presente y futuro. Esta división tripartita opera todavía hoy en la concepción popular del tiempo. El pasado, según esta división, corresponde a todos los acontecimientos que fueron, a los hechos que ya acontecieron. El pasado se acumula y forma la historia, sedimenta en los trazos históricos que tejen una narrativa o una biografía. El pasado es el camino de huellas que nos han traído hasta el presente, el hilo de sombras de momentos que ya fueron y que desembocan en lo que existe ahora mismo: el presente.

El presente se ha entendido comúnmente como el instante que realmente acontece, como el momento temporal en el cual la realidad se desenvuelve verdaderamente. El presente es nada más ni nada menos que esto. Ya. Ahora. Este instante en el que las letras se forman y conforman en tu mente mientras lees estas líneas. El presente es juguetón e inasible porque nada más presentarse se esfuma, se evapora, marcha al pasado caduco.

A diferencia del pasado y del presente, el futuro presenta algunas dificultades más para su definición, pero no por ello resulta un concepto menos intuitivo. Según la visión tradicional del tiempo, el futuro es la realidad que está por venir. Si siempre hay un presente que sucede, entonces debe haber un pozo de realidad virtual que espera su momento para realizarse. Esa espera de una realidad que aspira a ser presente se da en el futuro, en el todavía-no, en el mañana. Así todo, el futuro es la potencialidad de la semilla que camina inexorablemente al árbol.

Sin embargo, esta forma de concebir el tiempo no está exenta de problemas. Una de sus mayores dificultades es que postula una separación demasiado rígida de momentos temporales. ¿Es que acaso podemos aislar el presente y separarlo del pasado y del futuro? ¿Qué instante es el presente? ¿Un minuto? ¿Un segundo? ¿Una milésima? ¿Un nanosegundo? ¿Nada? Normal que esta concepción temporal nos arrastre al más profundo pesimismo… ¡Si es que el presente se nos escapa de las manos! O en palabras de Quevedo:

«Fue sueño ayer, mañana será tierra.
¡Poco antes nada, y poco después humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!
».

Fue Bergson quien denunció con más acierto el embrollo intelectual que supone concebir el tiempo de esta forma. Según Bergson, la filosofía occidental había espacializado el tiempo, es decir, había concebido al tiempo como espacios o lugares: uno más acá, presente; uno más allá, pasado; y uno que atisbamos de lejos, el futuro.

Tradicionalmente, el tiempo se ha concebido bajo tres modalidades distintas: el pasado, el presente y el futuro. Bergson denunció que esta forma de concebirlo «espacializa» el tiempo, porque piensa los momentos temporales como lugares (uno acá, uno allá y otro lejano)

Pero en realidad, argumenta Bergson, estos modalidades temporales (pasado, presente y futuro) no son separables. Cuando paseamos tranquilamente por nuestra casa, la vemos llena de recuerdos y, de hecho, sabemos que es nuestra casa por todo un pasado que inunda el presente por el que paseamos. Lo mismo ocurre con el futuro: si en un instante determinado estamos en un autobús no es por azar o magia, sino porque queremos ir al cine o a trabajar. Estamos en un sitio porque luego queremos hacer otra cosa. Así, el futuro está inmerso en nuestro presente. De forma más poética lo dijo T. S. Eliot:

«El tiempo presente y el tiempo pasado
Acaso estén presentes en el tiempo futuro
Y tal vez al futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es un presente eterno
Todo tiempo es irredimible.
Lo que pudo haber sido es una abstracción
Que sigue siendo perpetua posibilidad
Sólo en un mundo de especulaciones.
Lo que pudo haber sido y lo que ha sido
Tienden a un solo fin, presente siempre.
Eco de pisadas en la memoria,
Van por el corredor que no seguimos
Hacia la puerta que no llegamos nunca a abrir
Y da al jardín de rosas. Así en tu mente
Resuenan mis palabras
».

En fin, el tiempo de los seres humanos no es el tiempo que utilizan las ciencias, el tiempo objetivo que marca nuestro reloj, el tiempo pensado clásicamente que espacializa en presente, pasado y futuro. Esta forma de concebir el tiempo quizá sirva para algunos entes, pero los seres humanos no vivimos en ese tiempo, sino que experimentamos el tiempo de otra forma. El tiempo de los seres humanos, defendió Bergson, es un tiempo-todo, un tiempo entremezclado de pasado, presente y futuro, una duración, un ser-en-el-tiempo como dijo Heidegger, un horizonte que nos cubre en toda nuestra existencia.

La estructura temporal de «Cien años de soledad»

Pues bien, Gabriel García Márquez, con su célebre novela Cien años de soledad, tiene entre sus mayores logros haber escrito una obra cuyo tema principal es esta concepción temporal. De esta forma, García Márquez se coloca en la historia de la literatura como uno de los pocos novelistas capaces de retratar esta compleja maraña temporal que caracteriza la existencia humana.  

Los seres humanos no experimentamos los momentos temporales por separado. El tiempo de los humanos es una tiempo-todo, un tiempo-duración. Gabriel García Márquez retrató esta forma temporal en Cien años de soledad

Empecemos por el principio. El argumento de la novela, a grandes rasgos, es relativamente sencillo: la obra acompaña a lo largo de cien años a una familia, los Buendía, y al pueblo que habitan, Macondo. Son cien años, entonces, en los que desfilan por las páginas varias generaciones de los Buendía y en las que asistimos a la fundación, auge y decadencia de Macondo.

El texto que leemos, el libro tal cual está impreso, es —se descubre al final— los pergaminos de Melquíades, las profecías que el gitano escribió en los primeros capítulos de Cien años de soledad. Lo interesante de esto es que la profecía que escribió Melquíades en sus pergaminos (y, por tanto, el propio libro de Cien años de soledad) condensa cien años en un solo instante. Y esto no es una elección arbitraria, sino la representación más fidedigna del tiempo: el presente es inseparable del pasado y el futuro y, por tanto, el tiempo se pliega y condensa en un único pestañeo:

«Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante».

revista-Filco
Filosofía & co

La nueva revista de pensamiento y actualidad
Encuéntrala en librerías

Y es que la fórmula de Melquíades es la forma real del tiempo humano. Ahora mismo, en este instante, se condensa toda la historia que nos ha traído aquí, se condensa toda tu biografía, querido lector, como si de un camino de huellas se tratase y, a su vez, se abre ante ti todo un futuro de posibilidades que nace y marca este mismo instante. Otra vez: el presente es inseparable del pasado y del futuro.

Pero, claro, la linealidad del texto impide materialmente hacer esto. Quizá en un cuadro se puedan concentrar todos los instantes temporales, pero en un libro, que empezamos a leer por un lado y terminamos por otro, hay necesariamente una linealidad, una sucesión. ¿Cómo escapar entonces a este impedimento? ¿Cómo retratar a un tiempo disperso, múltiple, entremezclado, juguetón incluso con sus propias posibilidades, en un formato (el libro) que impone la estructura lineal de la que se pretende huir? La solución de García Márquez fue la siguiente: con ideas y venidas temporales. De ahí el célebre comienzo:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

¿Muchos años después de qué momento? ¿A qué pasado hace referencia «había»? ¿En qué presente nos sitúa? En ninguno, porque da igual. La separación temporal en presente, pasado y futuro es artificial y por eso toda la historia de Macondo se puede condensar en un presente que mira hacia un futuro —el fusilamiento— y que, a su vez, por la pupila temerosa de un condenado a muerte, mira al pasado —la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo—.

Cien años de soledad condensa una centuria en un único instante. Para sortear la linealidad del libro, García Márquez recurre a múltiples idas y venidas temporales, como la que se da en la primera frase del libro

Este ejercicio de idas y venidas temporales, que implica —huelga decir— una excelencia literaria, es una constante a lo largo del libro. Veamos unos ejemplos más:

«Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo impresas en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la lección de física y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas de los gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último y asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis».

O también:

«Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de trasmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia».

El tiempo en Cien años de soledad es un tiempo-todo, el tiempo-duración, el tiempo de nuestra existencia, un tiempo que se derrama tanto hacia el pasado como hacia el futuro, un tiempo que establece conexiones múltiples entre sus modalidades. Un tiempo donde se concentra la eternidad, un tiempo en el que desde el primer paso de la familia Buendía se vislumbra el futuro desolador y catastrófico que les espera, un tiempo en el que el mismo viento huracanado que destruyó más tarde a Macondo y a los Buendía arrastra como si estuviera presente los primeros recuerdos de los Buendía. El tiempo, en fin, de los seres humanos.

En el tiempo-duración, en el tiempo de la existencia humana, toda la eternidad se concentra en el presente porque el pasado grita en la memoria con una fuerza atronadora y el futuro se atisba a partir de los caminos que se abren

Para conseguir este efecto, García Márquez no recurre únicamente a las idas y venidas temporales, sino que, y en el marco del realismo mágico, permite a los muertos (pasado) que estén presentes. ¿No es este el mejor ejemplo de que el pasado persiste en nuestra memoria no como huella histórica inaccesible, sino como fuerza viva que nos moldea en el mismo presente en el que añoramos?

«[Melquíades] había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad».

O también:

«Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. ‘Prudencio —exclamó—, ¡cómo has venido a parar tan lejos!’. Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de los vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigas. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo».

Los muertos en Cien años de soledad no pertenecen a un pasado que ya no va a volver, sino que condicionan el presente de los personajes, dialogan con ellos e incluso presentan su propia temporalidad (el envejecimiento, la muerte después de la muerte…). A pesar de que este tipo de recursos han sido englobados dentro de las licencias poéticas del realismo mágico, en realidad son un retrato fiel de la existencia humana y su temporalidad. Y es que solo alguien que no haya experimentado el zarpazo de la muerte en un ser querido puede pensar que los muertos no nos visitan y marcan nuestro presente.

Sin embargo, el tiempo en los seres humanos es un poco más complejo. El motivo es que los seres humanos existimos en una realidad física, en un mundo de objetos. Así, este movimiento temporal de la duración que hemos descrito, este tiempo-todo que caracteriza la existencia humana, convive con el tiempo lineal del cuerpo físico, de la biología y de los objetos. Y es que es innegable que el tiempo de nuestro cuerpo físico es lineal, pues nacemos y morimos. De igual, forma ocurre con el resto de entes materiales. Los objetos no viven en el tiempo como nosotros, los seres humanos, sino que experimentan simplemente el paso del tiempo.

Los seres humanos, además, vivimos en una realidad física. Esto hace que el tiempo-duración de nuestra existencia deba convivir con el tiempo lineal de los objetos físicos y de nuestro cuerpo

En otras palabras, en los seres humanos, como hemos dicho, el tiempo de la vida se experimenta con el anudamiento del pasado, el presente y el futuro. En los objetos, en cambio, se experimenta tan solo el paso del tiempo, el deterioro. La clave para captar la temporalidad del ser humano es saber aunar la extraña conjugación que se da entre el tiempo de nuestra existencia y la linealidad del mundo que habitamos.

Y García Márquez lo consigue. Así, la historia de Macondo —que es símbolo de la historia de Latinoamérica— y la historia de las generaciones de los Buendía —que nacen y mueren como todo cuerpo viviente— conviven con el tiempo existencial de los seres humanos, con el tiempo disperso y derramado, con el tiempo-duración, con el tiempo en el que experimentamos nuestras biografías.

¿Y cómo conjugarlos? ¿Cómo aunar la linealidad con la dispersión remota, con la multiplicidad informe? ¿Cómo conjugar la duración de nuestras biografías con la linealidad del mundo físico (de nuestros cuerpos, las casas o el pueblo)? La excelencia de Cien años de soledad reside en conjugar ambos tiempos (el tiempo de nuestras biografías y el paso del tiempo del mundo físico) con la circularidad del tiempo. En palabras de la estudiosa Marta Gallo:

«A pesar de que Cien años de soledad posee una concepción lineal del tiempo con un principio y un final que acontece, aproximadamente, una centuria más tarde, son muchos los guiños y trampas que, de manera borgeana, nos dan pistas y pautas para sentir, más que entender, que el tiempo permanece encerrado en sí mismo de forma circular».

Así, en Cien años de soledad, el tiempo realiza multitud de círculos temporales. A lo largo de las sucesivas generaciones de los Buendía, hay infinidad de motivos que se repiten: la lucha contra la soledad al final de la vida de los personajes, los rasgos de personalidad asociados a los nombres, los propios nombres… La duración de la existencia humana se mezcla con la linealidad del mundo físico y forma círculos que avanzan (a veces más, a veces menos) por el devenir de la historia. De este mecanismo circular son conscientes algunos personajes, como Úrsula:

«Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo. […] ‘Es como si el tiempo diese vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio’».

La circularidad del tiempo es la respuesta de García Márquez al problema de cómo conjugar el tiempo de la existencia con la linealidad temporal del mundo que habitamos

El tiempo de los humanos, el tiempo-duración, el tiempo-todo, avanza en la linealidad de los objetos físicos haciendo círculos. Las historias de los personajes se repiten en sus hijos y en sus nietos, los motivos y preocupaciones se repiten igualmente y así va avanzando un pueblo y una familia desde una época de fundación mítica hasta la miseria que trae la invasión de una empresa norteamericana. Este avance en círculo, resultado de una compleja conjugación, hace que los movimientos temporales puedan incluso ser torpes, que el tiempo se líe a sí mismo o que se trastabille. Por este motivo, por la importancia de su movimiento y el eco de sus efectos, el tiempo es en Cien años de soledad un personaje más:

«El tiempo acabó de desordenar las cosas. El que en los juegos de confusión se quedó con el nombre de Aureliano Segundo se volvió monumental como el abuelo, y el que se quedó con el nombre de José Arcadio Segundo se volvió óseo como el coronel, y lo único que conservaron en común fue el aire solitario de la familia».

Avanzar en círculos y conjugar el presente, pasado y futuro en un solo instante no son tareas sencillas. Por eso, en Cien años de soledad, el tiempo a veces tropieza. En uno de esos tropiezos, por ejemplo, llueve durante más de tres años y todo se para, todo se detiene. El tiempo se ha parado porque se ha caído por su propia torpeza. Debido a la lluvia, el tiempo lineal se para y nada pasa. Entonces, el tiempo, que ha caído al suelo, malherido, tarda en recomponer su propia fuerza:

«Los había visto al pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados, sintiendo transcurrir un tiempo entero, un tiempo sin desbravar, porque era inútil dividirlo en meses y años, y los días en horas, cuando no podía hacerse nada más que contemplar la lluvia».

Estos tropiezos del tiempo tienen efecto, como no podía ser de otra manera, en los personajes. Por ejemplo, en uno de esos tropiezos, el tropiezo que da lugar a la lluvia, un personaje se queda atrás, no se recompone jamás de ese traspiés temporal:

«En efecto, algo debió ocurrir en su cerebro en el tercer año de la lluvia, porque poco a poco fue perdiendo el sentido de la realidad, y confundía el tiempo actual con épocas remotas de su vida, hasta el punto de que en una ocasión pasó tres días llorando sin consuelo por la muerte de Petronila Iguarán, su bisabuela, enterrada desde hacía más de un siglo».

Los complejos movimientos del tiempo lo convierten en un personaje más. De hecho, las dificultades de su itinerario le hacen tropezarse alguna vez en la novela. De estos tropiezos, algunos personajes no se recomponen jamás

A veces el caótico ritmo del tiempo y sus mareantes círculos no solo producen tropiezos, sino también desvíos o fallas. Momentos en los que el camino natural del tiempo no ocurre, brechas en las que se puede habitar una eternidad. Algunos personajes de Cien años de soledad quedan atrapados en estas fallas del tiempo:

«Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: ‘¿Qué día es hoy?’ Aureliano le contestó que era martes. ‘Eso mismo pensaba yo —dijo José Arcadio Buendía—. Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes’. Acostumbrado a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. ‘Esto es un desastre —dijo—. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes’. […] El jueves volvió a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. ‘¡La máquina del tiempo se ha descompuesto —casi sollozó— y Úrsula y Amaranta tan lejos!’ Aureliano lo reprendió como a un niño y él adoptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes».

Víctima de las brechas que el tiempo abre con su torpe movimiento, siempre es lunes para José Arcadio Buendía. A partir de ese momento, expulsado del propio tiempo de su pueblo, quedará amarrado a un árbol donde se perderá por infinitos pensamientos, visitará a los muertos y, en su extravío temporal, aprenderá latín.

Pero la circularidad del tiempo no solo produce fallas que afectan a los personajes, sino que en Cien años de soledad el propio tiempo sufre, se debilita, con su avance circular. Al principio el tiempo anda con entusiasmo, en la fundación de Macondo y con la llegada de los gitanos, pero el avance circular desgasta sus propios mecanismos. Este desgaste es el que acompaña a la linealidad decadente de una ciudad que va dirigida a la miseria. El tiempo, en el último cuarto del libro, anda fatigado, ligeramente asfixiado, sin apenas fuerza:

«Úrsula se sentía atormentada por graves dudas acerca de la eficacia de los métodos con que había templado el espíritu del lánguido aprendiz de Sumo Pontífice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante vejez ni a los nubarrones que apenas le permitían vislumbrar el contorno de las cosas, sino a algo que ella misma no lograba definir pero que concebía confusamente como un progresivo desgaste del tiempo. ‘Los años de ahora ya no vienen como los de antes’, solía decir, sintiendo que la realidad cotidiana se le escapaba de las manos».

El tiempo avanza en círculos y esto parece desgastarle a lo largo de la novela. Este desgaste se materializa en la decadencia de Macondo

Sin embargo, en medio de todo este laberinto temporal, en el que pasado, presente y futuro se condensan en un único instante, un laberinto donde se avanza en círculos y se camina inexorablemente a la decadencia de un pueblo y una estirpe condenada a la soledad más insondable, en medio de todo esto hay una isla, un rincón, donde la decadencia no se atreve a entrar. Un oasis, un paraíso: la literatura.

En la casa de los Buendía hay un cuarto donde se alojan durante todo el siglo los manuscritos de Melquíades (es decir, Cien años de soledad) y es un cuarto que nunca se ensucia, por donde el tiempo no pasa, porque la literatura supera al propio tiempo, porque es invulnerable a sus trucos y trampantojos.

«En el cuartito apartado, adonde nunca llegó el viento árido, ni el polvo ni el calor, ambos recordaban la visión atávica de un anciano con sombrero de alas de cuervo que hablaba del mundo a espaldas de la ventana, muchos años antes de que ellos nacieran. Ambos descubrieron al mismo tiempo que allí siempre era marzo y siempre era lunes, y entonces comprendieron que José Arcadio Buendía no estaba tan loco como contaba la familia, sino que era el único que había dispuesto de bastante lucidez para vislumbrar la verdad de que también el tiempo sufría tropiezos y accidentes, y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada».

Y es que, a pesar de sus tropiezos y complejidades, de sus desgracias y sorpresas, lo único invulnerable al paso del tiempo es la literatura. Ese rinconcito de la humanidad donde siempre es marzo y siempre es lunes. El único lugar de nuestra existencia que puede curarnos de la maldición de nuestra estirpe: la soledad.

Dosieres exclusivos, podcasts, libros de regalo, descuento en otros y en más productos… Haz clic aquí.

1 COMENTARIO

  1. Que hermoso relato de cien años de soledad quisiera leer todo el libro pero no tengo dinero para comprarlo donde lo puedo leer gratuitamente

DEJA TU COMENTARIO

Por favor, introduce tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre