El cuerpo, el gran olvidado de la filosofía

El cuerpo, el gran olvidado de la filosofía
El cuerpo nos constituye, y el cuerpo afecta y es afectado. Hoy por hoy entendemos que el cuerpo es importante, sí, pero ¿lo escuchamos realmente? Diseño realizado a partir de imagen de Gordon Johnson, extraída de Pixabay, licencia de dominio público.

¿Qué ocurre con el cuerpo? La concepción del cuerpo en la filosofía ha evolucionado a lo largo de la historia hasta llegar al día de hoy, cuando la progresiva digitalización hace que el contacto corporal se esté perdiendo cada vez más. Actualmente los vínculos humanos están desapareciendo, estamos dejando de lado la costumbre de encontrarnos, de mirarnos, de tocarnos.

El cuerpo en la filosofía
Hojas de hierba (edición bilingüe), de Walt Whitman (Galaxia Gutenberg).

En la Antigua Grecia, Platón consideraba el cuerpo como la cárcel del alma. Durante la Edad Media, con el auge del cristianismo, el cuerpo era concebido como una creación de la divinidad y era, por tanto, sagrado. Aunque también se pensaba en él como la sede desde donde brotan todos los impulsos y pasiones que nos inducen al pecado.  

Ya en la Modernidad, Descartes habla de la rex pensante y la rex extensa, la mente y el cuerpo separados, con una preminencia del alma sobre el cuerpo.

Más tarde llega Spinoza, el gran revolucionario en este sentido, que puso al cuerpo en un lugar sagrado. Es lo que hace también Walt Whitman en su poema I sing to the body electric (1855), en el que afirma que «si hay algo que es sagrado, es el cuerpo». Tanto Whitman como Spinoza conciben alma y cuerpo como manifestaciones de la sustancia infinita que es Dios.

¿Qué pasa con el cuerpo hoy? Byung-Chul Han, en una de sus más recientes obras, No cosas, afirma que los vínculos necesitan del tacto, la presencialidad. En la era de la digitalización se están perdiendo los vínculos humanos, ya que nos comunicamos cada vez más a través de las nuevas tecnologías y estamos perdiendo esa costumbre de encontrarnos, de mirarnos, de tocarnos; no a través de una pantalla, sino desde la presencialidad. La exhortación que hace Han se sustenta en la notoria importancia que tiene el cuerpo en la generación de vínculos humanos.

En la era de la digitalización se están perdiendo los vínculos humanos, ya que nos comunicamos cada vez más a través de las nuevas tecnologías y estamos perdiendo esa costumbre de encontrarnos, de mirarnos, de tocarnos

Por un lado, en comparación con épocas anteriores, hoy reconocemos la importancia del cuerpo, pero por otro, debido a la exponencial digitalización y tecnologización de nuestra vida, el contacto corporal se está perdiendo cada vez más. La virtualidad nos habilita a una mayor accesibilidad: dice Byung-Chul Han que ahora no nos encontramos, no tenemos experiencias, sino que accedemos.

Lo que está actualmente en boga es la accesibilidad. Accedemos a una plataforma, a una red social…, todo mediado por la tecnología, que se interpone en el contacto cuerpo a cuerpo. Spinoza se preguntaba: «¿De qué es capaz un cuerpo?», y creía que «un cuerpo es afectado y afecta, produce afectos». Los afectos más importantes para Spinoza eran la alegría y la tristeza. Un cuerpo impacta emocionalmente en el otro, haya o no consciencia de ello.

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La presencialidad es algo por lo cual los seres humanos debemos velar. El cuerpo nos constituye, y el cuerpo necesita afectar y ser afectado. En la medida en que nos hacemos conscientes de que somos cuerpo, ahí es cuando le otorgamos al cuerpo la importancia que merece. Como afirma Walt Whitman, de esa manera estamos celebrando nuestro cuerpo. Pero ¿cómo lo celebramos? ¿Siguiendo las normas vigentes dentro de una cultura que te indica e impone el modelo de un cuerpo fuerte, bello y admirable? ¿O celebramos nuestro cuerpo cuando nos hacemos conscientes de su importancia y aprendemos a escucharlo?

Hoy por hoy entendemos que el cuerpo es importante, sí, pero ¿lo escuchamos realmente? El cuerpo posee una profunda sabiduría natural. Como afirmó Nietzsche, «hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría». En la medida en que reconocemos esa sabiduría inherente a nuestro cuerpo, entonces nos disponemos a escucharlo, como lo hacemos cuando nos habla cualquier persona que queremos o que nos importa.

¿Cómo celebramos nuestro cuerpo? ¿Siguiendo las normas vigentes dentro de una cultura que te indica e impone el modelo de un cuerpo fuerte, bello y admirable? ¿O cuando nos hacemos conscientes de su importancia y aprendemos a escucharlo?

Los seres humanos debemos buscar el equilibrio entre lo presencial y lo virtual. Porque, tal como decía Aristóteles, «la virtud pasa siempre por el justo medio». El problema es que naturalmente tendemos a perder este equilibrio. Muchas veces lo perdemos de manera inconsciente, y es por eso que la búsqueda del equilibrio es una tarea que nos exige consciencia y constancia.  

Byung-Chung Han cree que «el peso del cuerpo de las cosas es lo que da a la vida estabilidad, sostén. La comunicación descorporeizada de la tecnología contemporánea de este mundo digital, sin visión ni tacto del otro, representa una amenaza contra la comunidad, porque la comunidad posee una dimensión física. Sin el tacto físico no se crean vínculos». Esta frase me llevó a la insoportable levedad del ser que Kundera presenta en su novela. Porque los seres humanos necesitamos el apoyo de lo que nos enraiza, nos contiene y da sostén a nuestra vida. Y esto es el cuerpo.

En el prólogo de La insoportable levedad del ser, Milan Kundera propone la siguiente pregunta: «¿Qué hemos de elegir, el peso o la levedad?» El peso es lo que representa el cuerpo, mientras que el alma representa lo leve, lo etéreo, lo inmaterial. Kundera nos coloca en una disyuntiva ante la cual Aristóteles seguramente respondería que lo correcto es optar por el equilibrio entre los mismos.

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