5 ejercicios de filosofía que puedes hacer hoy

Si nos fijamos, encontraremos reflexiones filosóficas en cada esquina.
Si nos fijamos, encontraremos reflexiones filosóficas en cada esquina.

Son muchos los que ven la filosofía como una actividad propia únicamente de académicos, de grandes sabios, como si fuera por completo ajena a cualquier persona. La realidad es que está al alcance de quien tenga interés en reflexionar en profundidad acerca de algo. 

"101 experiencias de filosofía cotidiana", editorial Blackie Books
“101 experiencias de filosofía cotidiana”, de Roger-Pol Droit, editado por Blackie Books.

La filosofía está en todas partes. En casi cualquier situación o idea que nos aborde, hay una reflexión intrínseca que podemos elaborar, y por ello, unas consecuencias a las que llegar después. Por ello, vamos a plantearos aquí 5 ejercicios de filosofía que cualquiera puede realizar en cualquier momento. Todos ellos los hemos aprendido en el libro 101 experiencias de filosofía cotidiana, de Roger-Pol Droit, editado por Blackie Books.

¡Luego contadnos qué tal os han ido!

1 Busca tu Yo

“Yo” es sin duda una de las palabras que más usamos en nuestro día a día. Pensadlo, ¿cuántas veces nos descubrimos pronunciándola o insertándola en las frases de nuestros pensamientos? Con ella expresamos nuestros deseos, emociones, proyectos, esperanzas, miedos, decisiones… No hay una sola elucubración o paso que demos que no haya ido acompañada de Yo. Y lo más curioso es que todos lo hacemos así. Este pronombre, que supone el enganche de nuestra singularidad más íntima y personal, se transforma, sin embargo, en un vocablo impersonal, pues todos lo usamos igual.

Probemos a buscar el Yo. Identifiquémoslo… si es que podemos. Os avisamos: no es nada fácil

Para empezar, ¿qué es? ¿Nuestro cuerpo? ¿Sus hábitos, sus flaquezas, sus cualidades físicas? No. Jamás lo encontraremos ahí. ¿Nuestro pensamiento? ¿Su forma, conjunto u organización? Probablemente tampoco. En todo caso, serán pensamientos y asociaciones impregnados por esa idea de Yo.

Pese a los cambios que vivimos en nuestro día a día, siempre seguimos sintiendo que somos los mismos, que bajo todo eso hay algo que sujeta el conjunto. ¿Quizá esté ahí el Yo? ¿Una especie de denominador común a todo lo que somos? ¿Una cualidad o “estilo” que poseemos?

El pronombre Yo, nuestra singularidad más personal, se transforma en un vocablo impersonal, pues todos lo usamos igual.
El pronombre Yo, nuestra singularidad más personal, se transforma, sin embargo, en un vocablo impersonal, pues todos lo usamos igual.

Seguramente nos habremos dado cuenta de que el Yo no es, en el fondo, algo o alguien. Parece más una costumbre, un accesorio relativo. Casi podríamos decir que se trata de la argamasa que mantiene unidas todas las piezas de “lo que somos” verdaderamente, pero que no podemos identificarlo claramente con algo concreto. En ese sentido, su búsqueda se convierte en algo profundamente introspectivo, que nos permite y obliga a indagar en los más profundo de nosotros mismos, de quienes somos y quienes creemos que ser, con el fin de desentrañarnos a nosotros mismos.

Ahora, pongamos que lo hemos encontrado, que ya tenemos una respuesta que podríamos decir que es adecuada. ¿Qué incidencia ha tenido el descubrimiento en nuestra vida? ¿Hemos cambiado? ¿Somos iguales? ¿Ha desaparecido? Y, si lo ha hecho, ¿cómo viviremos en el futuro tras hacerlo desaparecer?

2 Camina a oscuras

Pongamos que hemos sufrido un apagón y se ha ido la luz. O que nos hemos despertado en mitad de la noche sonámbulos perdidos en un lugar que no es nuestra cama. O quizá nos estamos moviendo por casa a oscuras y en silencio porque no queremos despertar o molestar a alguien que duerme. No importa. El caso es que estamos a oscuras en una habitación, conocida a poder ser, y hemos de ir a otra. Lo ideal sería que fuera imprevisto, pero tampoco es vital.

Pronto nos daremos cuenta de que las reglas han cambiado por completo. Sin luz, desaparecen nuestros puntos de referencia y ni las distancias ni los obstáculos parecen someterse a las reglas que antes aceptaban. La habitación parece diferente y lo único que nos queda de ella son nuestros recuerdos y una sensación de profunda incertidumbre.

La seguridad desaparece. Antes todo era fluido, fácil y sin esfuerzo, ahora cada paso es un interrogante. Nuestros cálculos han perdido la exactitud que tenían. En la oscuridad ya no nos movemos rápidamente, sino con pequeños impulsos, con los brazos extendidos, temiendo en todo momento un golpe que –y eso estamos convencidos de ello– está a la vuelta de la esquina.

Lo más probable es que nos asalte un sentimiento de profunda frustración. ¿Cómo nos hemos vuelto tan torpes? ¿Basta un apagón para vivir semejante indefensión? ¿Tan determinante es para nosotros la pérdida de uno de nuestros sentidos? Para colmo de males, a estas alturas ya nos habremos dado un porrazo en la frente con el marco de la puerta…

Curioso, ¿no? En realidad, apenas ha cambiado nada. El mundo real, tal y como lo conocemos, sigue igual. Todo está en el mismo lugar y en la misma posición. Y sin embargo todo se ha convertido en un entorno hostil y amenazador. En la oscuridad vivimos en el mismo mundo que cuando hay luz, pero en nuestra experiencia cambia radicalmente en su ausencia. Y comprendemos, antes o después, que lo que llamamos “realidad”, “mundo”, “normalidad” no es más que un finísimo barniz terriblemente fácil de eliminar.

Una parte importante de la meditación está en mantenerse como un "espectador" del propio pensamiento.
Una parte importante de la meditación está en mantenerse como un “espectador” del propio pensamiento.

3 Vive muchas vidas

Solemos decir que sólo se vive una vez, pero lo cierto es que en una vida caben muchas otras. Si nos ponemos a ello, podemos multiplicar nuestras vivencias y recuerdos. De hecho, muchos lo hacen… sin darse cuenta.

Para empezar, y aunque nos duela, hemos de mentir. Mucho. Sistemáticamente. Habremos de esforzarnos aunque no queramos (es por un buen fin). Si hablamos con un desconocido, inventemos experiencias pasadas. Si es con un amigo o familiar, adornemos el relato, introduzcamos escenas o ideas insólitas.

Pero hemos de hacerlo bien. Si mentimos, que sea a lo grande. Añadamos tramas, subtramas, personajes, detalles, objetivos, etc. Borremos lo que no aporte nada y cuidemos la narración. Y, por último, repitámosla infinidad de veces, a diferentes personas y diferentes contextos. Dejemos que se desarrolle por sí misma.

Al cabo de un tiempo te darás cuenta de que la anécdota forma parte de ti (es posible que cuando leas esto ya te haya venido a la memoria algún caso similar del que no fuiste consciente en su momento). La hemos contado tantas veces que, si se la narramos a alguien de nuevo, ni siquiera dudará de su veracidad. Parece que es totalmente cierta. Y no sería raro que la misma historia cobre vida fuera de ti cuando los demás se la cuenten unos a otros. Aquellos ya no verán tu yo real, sino el de la historia falsa que tú creaste en el primer momento.

El punto al que hemos de llegar es aquel en el que incluso dudemos de nosotros mismos, cuando no seamos capaces de asegurar al 100% qué historia era real y cuál ficción. En ese momento nos daremos cuenta de una cosa profundamente liberadora: que la realidad que decimos haber vivido, nuestra vida, una vez que ha pasado, no es más que una historia más. Con unos recuerdos, unas afirmaciones, unas sentencias y unos sentimientos asociados que nacen de nuestra propia mente… lo mismo que en nuestra elaborada mentira.

La realidad que decimos haber vivido, nuestra vida, una vez que ha pasado, no es más que una historia más

4 Dúchate con los ojos cerrados

Tranquilo, no se trata de tener epifanías, ni experiencias extrasensoriales, ni nada parecido. Muy al contrario, la idea es concentrar toda tu atención únicamente en el agua, en la sensación de la misma en tu piel, en su sonido al caer en tu cabeza. Intenta mantener esa sensación.

Si tu mente divaga, oblígala a volver. Nada de pensar en tus preocupaciones, nada de pensar en lo que tienes que hacer luego, nada de desviarte y distraerte con una idea fugaz. Vuelve. Enfoca tu mente en el aquí y el ahora.

¿Difícil? Lo es, ciertamente. Eso que habrás experimentado es un ejemplo de meditación similar a lo que actualmente llamamos en Occidente mindfullnes o “atención plena”. No se trata de vaciar la mente –como creen algunos–, ni tampoco de dejarla vagar libremente –como creen otros–. Por el contrario, lo que queremos hacer en este ejercicio es dominarla, practicar para controlarla a nuestro antojo. Evitaremos así que caiga en pensamientos que no queremos y, de paso, desarrollar esa capacidad unos minutos hasta lograr de forma sencilla que toda nuestra mente esté enfocada en lo que siente (en este caso, el agua de la ducha). Sin depresiones pasadas ni ansiedades futuras. Sólo el presente. El instante que pasa.

Convirtámoslo en hábito y habremos logrado nuestro momento diario de meditación. Nuestra mente nos lo agradecerá a largo plazo.

No se trata de vaciar la mente ni de dejarla vagar libremente, se trata de dominarla, controlarla a nuestro antojo

5 Rechaza una emoción

Si hacemos un poco de memoria recordaremos que, durante mucho tiempo, el ideal del hombre sabio era alejarse de las emociones, eliminarlas. Eran vistas como una carga, una molestia de la que desembarazarse, pues los alejaban de la vida feliz, que por entonces no era otra cosa que la vida sin dolor.

Con la llegada del romanticismo todo cambió. Las emociones ya no eran consideradas malas, sino lo más importante en la vida. Eran grandes aventuras, interesantes experiencias. Las emociones lo eran todo. Hoy seguimos viviendo bajo esa idea, pero ¿nos parece bien?

Probemos a imitar a los filósofos de la Antigüedad. Atrevámonos a cambiar una vida de explosiones e implosiones emocionales por otra más parecida a un lago en calma. Alejémonos del ruido y el tormento. Tratemos por todos los medios de no caer en el embrujo del sentimentalismo.

Más de uno ya se habrá dado cuenta de que no es fácil en absoluto. Pero no es imposible. Ante el azote de los sentimientos es difícil pensar en otra cosa, pero si perseveramos, podemos hacerlo. Cuando surja una emoción, no nos dejemos arrastrar. Imaginémosla como un picor o hinchazón, que desaparecerá si la ignoramos (como ocurre muchas veces en la vida). Mirémosla desde fuera, dejemos que pase y se instale en el olvido. Tampoco nos esforcemos demasiado, cuanta menos atención prestemos, mejor.

En realidad, la clave de todo está en decidir qué objetivo ideal es el que nos marcamos con esto. ¿Queremos una vida con alegría y, por tanto, con tristeza? ¿Subidas y bajadas de ánimo? ¿Placeres y desencantos? No existe lo uno sin lo otro, así que si optamos por esta opción hemos de aceptar las condiciones. ¿O tal vez queramos la opción B? Paz, tranquilidad, reflexión…, pero renunciando, a cambio, al entusiasmo, la alegría y la dicha. Una de dos, no hay más.

En el peor de los casos aprenderemos a valorar ambas concepciones de la vida debidamente. En el mejor, seremos capaces de desplazarnos conscientemente de la una a la otra cuando llegue el momento. Aunque, avisamos, pocos son los que lo han logrado.

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