Diotima «on the rocks»

Diotima pide un whisky con mucho hielo. Se sienta en el fondo. Nos recuerda la dificultad de entender que el deseo está a medio camino entre el saber y la ignorancia. Fotomontaje hecho a partir de una foto de Oli P en Pixabay.
Diotima pide un whisky con mucho hielo. Se sienta en el fondo. Nos recuerda la dificultad de entender que el deseo está a medio camino entre el saber y la ignorancia. Fotomontaje hecho sobre una foto de Oli P en Pixabay.

La figura de Diotima, enigmática extranjera de Mantinea escondida por dentro del discurso de Sócrates, es verdaderamente pop. Pop en el sentido de responder a la estética de la vida cotidiana, en el seno del ambiente masculino de la casa de Agatón, tan lejos en el tiempo para nosotros y sin embargo archiconocido.

En realidad, esa conversación entre hombres, mundana como salir de tapas y tomar una cerveza en el comadreo de decir cualquier cosa, nos suena un montón. Se trata de una escena a pesar de Sócrates, que quiere entender todo y no cesa de preguntar de qué va todo esto, estas ponencias de Congreso, estas ruedas de prensa multitudinarias.

Detrás de Sócrates, acechando, está Diotima. Ella no pide cerveza, observa por encima del hombro del filósofo mártir. ¿Qué se pide Diotima para beber? ¿Tal vez una copa de rosado o un café irlandés? No se sabe. Sócrates es quien, respecto del saber, reconoce lo importante de no saber todo: ese universal filosófico termina siempre por emborrachar. Diotima está detrás de Sócrates, anotando divertida las grandilocuentes palabras de quienes imaginan un todo. ¡Hombres! Encantados de haberse conocido.

Los hombres no tienen tiempo que perder. No hablan de tonterías. No se ríen por cualquier cosa. Su seriedad configura su profundo ser-ahí

Cenar con Diotima, de Anna Pagès (Herder).
Cenar con Diotima, de Anna Pagès (Herder).

Los hombres llevan sobre sus hombros la carga, la responsabilidad, la política, la decisión comprometida que afecta a todos. No tienen tiempo que perder. No hablan de tonterías. No se ríen por cualquier cosa. Su seriedad configura su profundo ser-ahí. Diotima se ocupa de tomar distancia de las cosas importantes para darles un tono distinto, como en los cuadros de Warhol o el pop-art, esa tendencia del toque kitsch, banal, del amor, que bebe de la ironía. ¿Quiénes son todos esos que dicen que el amor es un gran dios, los que saben o los que no saben? ¿No sería mejor un intermedio, entre saber y no saber? Diotima escucha pasmada de qué hablan los amigotes en la terraza de un bar de tapas: ella es de otro orden. No está ahí, pero acecha en la sombra de la noche. Sabe que el deseo surge de la intimidad noctámbula, de lo cotidiano que se escapa entre los dedos.

Diotima on the rocks: para beber, pide más bien un whisky con mucho hielo. De ahí viene el término «on the rocks», por las rocas de hielo que se ponen en el vaso, incrustadas todas con la misma fracción de tamaño. Diotima se incrusta en el tapeo general. Se sienta en el fondo. Nos recuerda la dificultad de entender que el deseo está a medio camino entre el saber y la ignorancia. Narra la historia del nacimiento de Eros como una nana antes de acostarnos, una fábula que la niña conoce de memoria, anticipando qué va a decir el adulto.

Diotima se ocupa de tomar distancia de las cosas importantes para darles un tono distinto, como en los cuadros de Warhol o el pop-art, esa tendencia del toque kitsch, banal, del amor, que bebe de la ironía

Diotima es la maga del inter-medio, el inter-mundo, el todavía-no, lo que está por ver o por entender. Espera. No te precipites. Escucha. Quieta. Permaneciendo así, detrás, o por encima, del hombro del sabio, camina en volandas de la Verdad. La sobrevuela, viéndola en perspectiva. La verdad parece tan pequeñita a lo lejos, escrita en minúsculas y esfumándose entre las nubes. Una lluvia tenue la envuelve con suavidad, como si no alcanzara a tocarla. Diotima abre el paraguas para no mojarse. Sin embargo, no le asusta lo que baja del cielo. Ella está bien amarrada en el suelo que pisa. No tiene miedo de resbalar. El filósofo, abstraído como Tales en contemplar el firmamento, tropieza y cae. Trastabillea. Diotima, la sirvienta de Tracia que se da cuenta del coscorrón del filósofo, sonríe, y a lo mejor también suelta una sonora carcajada.

¡Hay que ver! De tanto hablar, las palabras se atragantan en la faringe, y por mucha fuerza que hagamos no salen al exterior, empujadas por el aire que emite la voz. Voz tremebunda y cortante la del filósofo. Voz suave y aterciopelada la de Diotima. ¿Podría ser al revés? ¿No estamos ahondando en los estereotipos de género? Bueno, lo pop permite imaginar alternativas. Desde lo universal a lo particular. De la Verdad en mayúsculas a la pequeñez de la verdad doméstica. La verdad se puede barrer sin querer.

Pero ¿qué es lo pop? Al final, salir a correr con el perro a primera hora de la mañana, comprar el pan y volver a casa en un día lluvioso, encender la máquina de café, sentarse y escribir. Hay tanta filosofía en estos rincones diarios como en la Metafísica de Aristóteles o en el Fedón de Platón. Diotima lo sabe. Por eso no pide cerveza, sino whisky on the rocks. Mucho hielo para congelar la fascinación por el saber universal.

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