Contra el pensamiento apocalíptico

Jesús Bonilla publica «Contra apocalípticos», un libro en el que autor plantea su particular lucha contra la posmodernidad filosófica. Diseño realizado a partir de la ilustración de Geralt, tomada de Pixabay (CC0).
Jesús Bonilla publica «Contra apocalípticos», un libro en el que el autor plantea su particular lucha contra la posmodernidad filosófica. Diseño realizado a partir de la ilustración de Geralt, distribuida por Pixabay (CC0).

A Jesús Zamora Bonilla, actual decano de la Facultad de Filosofía de la UNED, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, doctor en Filosofía y Ciencias Económicas y autor de Contra apocalípticos, le gustan la modernidad, la democracia, el pensamiento ilustrado y los sofistas. Y cuando él mismo se pone contra las cuerdas de su propia lógica, se autoetiqueta con la boca pequeña y se autodenomina «positivista». Sí, lo he leído en su libro.

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Contra apocalípticos, de Zamora Bonilla (Shackleton books).

A Zamora lo posmoderno le parece artificial e incongruente. Primero, porque dice no entender la prosa antifilosófica y poética de los instigadores de la idea (Foucault, Derrida y Deleuze) con la que intentaron deconstruir la filosofía viejuna y racionalista precedente que empezó en Platón y se extendió pasando por Immanuel Kant y por René Descartes hasta Hegel. Segundo, prueba de que en realidad sí los entiende, es que tampoco los encuentra tan originales.

El libro Contra apocalípticos. Ecologismo, animalismo, posthumanismo tiene tres partes bien diferenciadas y un artículo de propina sobre el progreso y el futuro profundo, en el que aventura su propia apuesta sobre el futuro. No puedo anticipar cuál es, no por no desvelar el misterio; es que Zamora se escabulle hábilmente después de ponernos los dientes largos, que para algo es filósofo. Pero esto sí lo diré: las páginas positivas de los capítulos precedentes se cierran con un tono de amargor ante la posibilidad un destino aburrido e inevitable.

La razón es seca frente a los dioses, incluso cuando no es apocalíptica.

Después de haber pasado por la crítica al ecologismo y al animalismo cuando estos se ponen «fuera de madre», la tercera parte, en la que elijo centrarme, ataca al posthumanismo como raíz y conclusión de las anteriores. Y no porque las dos primeras no tengan miga, que la tienen, ácidas y tronchantes, y doy fe de que hacer reír con la filosofía es muy difícil y de que Zamora lo consigue con saltos de virtuoso de la lógica aristotélica a los sofistas, a quienes admira, y me adhiero.

Cuando Zamora Bonilla se pone contra las cuerdas de su propia lógica, se autoetiqueta con la boca pequeña y se autodenomina «positivista»

¿Se puede pedir más a un libro de filosofía que te enseñe y te haga reír al mismo tiempo? Contra apocalípticos te acerca a la filosofía de Kant, al pensamiento de Marx y al de Nietzsche, y ni te enteras. Por cierto, a Nietzsche se lo ventila en una página que se podría pegar en los cristales del metro para contribuir a la culturillla popular sobre la abusada idea del superhombre.

En la parte III, titulada Posthumano, demasiado posthumano, distingue el posthumanismo del transhumanismo, porque el posthumanismo, como explica, va mucho más allá del biomejoramiento tecnológico sin límites. El humanismo reivindicaba la razón humana frente a lo divino:

«Los posthumanistas piensan que ya hemos dejado de ser ‘humanos’ y que en todo caso, más que ‘mejorar’ al humano, lo que hay que hacer es ‘deconstruirlo’».

En el fondo, repite: «El poshumanismo es un humanismo», «no deja de ser una ficción… un concepto con el que se pretende resumir una gran cantidad de intelectuales…», y arremete contra la vacuidad de conceptos como los de posverdad, posderechos y posthumanidades.

El autor de Contra apocalípticos explica que el posthumanismo va mucho más allá del biomejoramiento tecnológico sin límites

En el amargo capítulo final, los metapropedéuticos (del griego próodos, progreso), es decir, los que vamos a nacer después de que acabe la era del progreso, se desvela el final del no-relato que Zamora construye:

«Me atrevo a pronosticar que los metapropedéuticos serán, por tanto, algo así como una síntesis del superhombre y el último hombre nietzscheanos».

O sea que, como dijo Zaratustra, «nos quedaremos colgados como una cuerda sobre el abismo», sin nada que hacer, o lo que es lo mismo, nada más que descubrir, ni contra lo que luchar, ni siquiera contra una supermáquina hiper-singularmente-inteligente como las que nos han prometido Nick Bostrom y Kurtweill, y Zamora destroza a golpe de cuchillo dialectico, tan colgados como el «niño que juega».

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