Carta a Javier Muguerza

Manuel Fraijó

Fragmento de la portada del libro «Diálogos con Javier Muguerza. Paisajes para una exposición virtual», editado por el CSIC.
Imagen a partir de la portada del libro «Diálogos con Javier Muguerza. Paisajes para una exposición virtual» (CSIC). El retrato es obra de Stella Wittenberg.

Cuando se cumple un mes de la muerte de Javier Muguerza, el filósofo y teólogo Manuel Fraijó recuerda cómo fue la despedida y lo que esta significa para él, para la comunidad y para el pensamiento. Sus palabras nada tienen que ver con los discursos oficiales, muy correctos y también muy fríos. Sus palabras son las de quien lo quiso, lo trató y lo acompañó hasta el final. Por eso son las mejores que se pueden escribir in memoriam.

Por Manuel Fraijó, filósofo y teólogo 

Querido Javier:

¡Ya pasó todo! O debería decir: ha pasado un mes desde que pasó todo. Sigo recordándote y recordando aquellas horas en las que familiares y amigos te acompañamos a tu descanso definitivo. Tendrías que haber visto nuestros rostros: en ellos, en la tristeza de nuestros semblantes, se podía leer el gran vacío que dejas. ¡Qué verdad es aquello de que «algo se muere en el alma cuando un amigo se va»! De hecho, la muerte propia no irrumpe de sopetón, viene largamente preparada por las muertes de los seres queridos que se nos adelantaron. Contigo hemos muerto un poquito todos los que te queremos.

El buen obispo catalán Pere Casaldáliga suele decir que, cuando Dios le pregunte si ha amado, abrirá su corazón lleno de nombres. También tu mochila, querido Javier, va repleta de nombres. Nos has ayudado a muchos. Los filósofos de ambos lados del Atlántico te lo agradecemos más allá de donde alcanzan nuestras palabras. Nuestro luto es generalizado. Hemos sido testigos de la facilidad con que dabas tu teléfono incluso al desconocido que se te acercaba en el andén de una estación. Y estoy seguro de que no faltará en tu mochila el nombre de aquel mendigo que te trajiste a la UNED para que le diésemos limosna. Dimos en llamarle «el mendigo de Muguerza». Y, como sabes, no nos portamos nada mal con él.

La muerte propia no irrumpe de sopetón, viene preparada por las muertes de los seres queridos que se nos adelantaron. Contigo hemos muerto un poquito todos los que te queremos

Antonio Machado dijo que el principal talante ético es el de la bondad. Tú lo has practicado de forma eminente. No en vano has citado a veces un significativo texto de Karl Jaspers: «Puesto que la Divinidad permanece oculta, solo hay apoyo sólido entre las existencias que se tienden la mano». Viéndote tender la mano entre nosotros y escuchando, al mismo tiempo, tu decidida profesión de increencia, me venían siempre a la cabeza las palabras de Nietzsche: «Algún Dios dentro de ti te ha convertido a tu increencia». Y disculpa la cita, Nietzsche no era precisamente tu filósofo preferido; te resultaba «muy gritón».

Se me agolpan tantas cosas, Javier, que querría decirte… En los días de tu agonía recordaba cómo Ortega y Gasset se lamentaba de que ninguna cultura ha enseñado a los seres humanos a ser lo que constitutivamente somos: mortales. Pero se trata, bien lo sabía Ortega, de un arduo aprendizaje. Religiones y filosofías se juramentaron durante siglos para lograr un correcto «arte de morir». Pero ningún mortal aprende a morir, la muerte no se ensaya. Cualquier escenificación previa palidece ante la muerte real. Viéndote morir a ti solo he aprendido a llorar, y ese arte ya lo conocía.

Pero todavía deseo transmitirte algo importante. ¿Recuerdas la frecuencia con la que hablábamos de Hölderlin, poeta e inspirador de filósofos? El azar ha querido que caiga en mis manos el informe de su autopsia. No era frecuente por aquellas fechas (1843) realizar autopsias, pero Alemania quiso conocer la causa de la cruel demencia que mantuvo a Hölderlin casi 40 años encerrado en su torre de Tubinga. El informe, además de atribuir la enfermedad a «cierta cavidad que estaba llena de agua y presionaba y endurecía el tejido cerebral», resalta, y es lo que también yo deseo resaltar, «la plenitud y belleza con que estaba construido su cerebro».

Ningún mortal aprende a morir, la muerte no se ensaya. Cualquier escenificación previa palidece ante la muerte real. Viéndote morir a ti solo he aprendido a llorar, y ese arte ya lo conocía

Como ya te has ido, Javier, no me vas a reprender si aplico a tu cerebro la misma plenitud y belleza. Tampoco me van a corregir, estoy seguro, las universidades donde desplegaste tu creatividad intelectual y tu proverbial encanto y bondad: La Laguna, Barcelona y Madrid. Cuarenta años después de tu paso por la universidad de La Laguna no se han apagado los ecos de tu buen hacer en aquella tierra que tanto querías. ¿Y qué decirte de nuestra UNED donde tantas energías has desplegado? Tu profunda huella ha quedado también impresa en el Instituto de Filosofía del CSIC, en la revista Isegoría, en la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, en las Conferencias Aranguren, en el Foro sobre el Hecho Religioso.

Acabo de mencionar al para nosotros inolvidable Aranguren. Recordarás que, hacia el final de su artículo sobre la muerte de su maestro y amigo Eugenio D’Ors, escribió: «El espíritu no muere, el diálogo prosigue, la palabra no puede extinguirse». Con ese pensamiento abandoné el crematorio de Galapagar. Sin duda, tus libros, especialmente La razón sin esperanza y Desde la perplejidad (mis preferidos), mantendrán vivo el diálogo contigo. Pero también confío mucho en la tradición oral, en los relatos que nos iremos transmitiendo, mientras vivamos, los que te hemos conocido y querido. Dejó escrito Kant que, en compensación por las muchas fatigas de la vida, «el cielo nos ha otorgado tres cosas: la esperanza, el sueño y la risa». Hemos compartido, Javier, muchas risas, muchas esperanzas (no te enfades, me refiero solo a las intrahistóricas, a las que se escriben con minúscula) y hemos soñado despiertos con días mejores para las causas perdidas, aquellas de las que Aranguren te consideraba tan buen abogado.

Eugenio D’Ors escribió: «El espíritu no muere, el diálogo prosigue, la palabra no puede extinguirse». Con ese pensamiento abandoné el crematorio de Galapagar

Querido Javier, descansa en paz. Has emprendido ya lo que nuestro amigo Eugenio Trías llamaba «el inicio del más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes». Has llegado al final de una vida que no ha sido fácil. Un mes después de tu nacimiento, en aquel enloquecido 1936, asesinaron a tu padre y a cuatro miembros más de tu familia. Todos ellos, buenas gentes, reposan bajo el altar mayor de la iglesia de San Juan de Coín. Dejó escrito Heráclito que «a los hombres, tras la muerte, les aguardan cosas que ni esperan ni imaginan». El bueno de Aranguren dejaba estos posibles nuevos escenarios en puntos suspensivos… Somos muchos, tú entre ellos, los que nos adherimos a semejante minimalismo teológico. Pero algo es algo.

Un gran abrazo,

Manuel Fraijó

Sobre el autor

Doctor en Filosofía y Teología, Manuel Fraijó es uno de los teólogos más prestigiosos del país. Se formó en Austria y Alemania junto a grandes pensadores como Karl Rahner, Wolfhart Pannenberg o Hans Küng, de los que fue discípulo y amigo. En España su trayectoria esta unida a la de José Luis López Aranguren, José Gómez Caffarena y al recordado en esta carta Javier Muguerza. Actualmente es catedrático emérito de Filosofía de la Religión e Historia de las Religiones en la UNED y miembro de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones.

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