Beethoven (1770-1827). Diseño hecho a partir del «Retrato de Ludwing van Beethoven mientras componía la Misa Solemne», de Karl Joseph Stieler, distribuido por Wikipedia en dominio público.
Beethoven (1770-1827). Diseño hecho a partir del «Retrato de Ludwing van Beethoven mientras componía la Misa Solemne», de Karl Joseph Stieler, distribuido por Wikipedia en dominio público.

En 2020 se cumplen 250 años del nacimiento de uno de los más grandes genios musicales de la historia, el maestro romántico Ludwig van Beethoven. Pocos músicos han conseguido, a través de los tiempos, cautivar por igual a los más exigentes eruditos y críticos, a los melómanos y a las masas populares. En su música hay mucho de pensamiento, de filosofía, de reflexión.

Por Carlos Javier González Serrano

La música de Ludwig van Beethoven (1770-1827) provoca en quien la escucha un muy singular embrujo, una emoción difícil de sortear, y supuso nada menos que el puente entre el Clasicismo musical y el más vehemente Romanticismo. Siempre existirán dudas sobre el año exacto de su nacimiento, aunque parece fiable que fue bautizado el 17 de diciembre de 1770. Lo más probable es que su padre, al igual que otros progenitores de la época de niños prodigio, habría deseado que pareciera más joven de lo que era, razón por la que el propio Ludwig creyó durante mucho tiempo haber venido al mundo en 1772.

De hecho, en 1783 se dirigió en carta a Maximiliano Federico (Elector de Colonia), con estas palabras, tan llamativas para un niño que no debía pasar de los once o doce años de edad y que es necesario reproducir, pues en ellas ya se husmea la temprana pero muy fuerte e irrenunciable vocación de Beethoven: «Alteza, desde mis cuatro años ha sido la música la actividad preferente de mi vida. Me familiaricé desde muy pronto con la dulce musa, que prendaba mi alma de puras armonías, y que llegó así a ser mi inspiradora; a su vez, comprobé con frecuencia que ella también me amaba. Acabo de cumplir once años, y no resulta infrecuente que en los momentos de inspiración mi musa me susurre al oído: ‘¡Intenta hacer descender, por medio de la escritura, las armonías que impregnan tu alma!’. ¡Once años! —pensaba yo—, ¿cómo podría convertirme en autor?, ¿qué dirían de mí los artistas? Me sentí cohibido, pero mi musa lo ordenaba. Y así, la obedecí y escribí».

«Desde mis cuatro años ha sido la música la actividad preferente de mi vida. Me familiaricé desde muy pronto con la dulce musa, que prendaba mi alma de puras armonías, y que llegó así a ser mi inspiradora». Beethoven

Los plurales testimonios que nos han quedado sobre el Beethoven más humano coinciden en su carácter introvertido, poco dado a preocuparse por las amistades o las relaciones sociales, aunque, cuando trataba con los demás, siempre se mostró (hasta que llegara definitivamente su sordera) atento y amable, si bien sus formas eran algo rudas, al igual que su manera de vestir, siempre descuidada. Relata Gottfried Fischer, quien convivió con él, que «sus momentos más felices eran aquellos en los que se liberaba de la compañía de sus padres —lo cual no sucedía muy a menudo—, cuando toda la familia estaba fuera y se quedaba solo. De este modo progresó tanto que a los doce años ya se inició como compositor y a los quince años fue nombrado organista».

Un dato curioso es que, debido a su aspecto, desde jovencito se le comenzó a llamar der Spagnol, «el español», ya que era bajito y algo grueso, ancho de espalda, con el cuello corto y una cabeza prominente, la nariz redondeada y, sobre todo, una tez muy morena que llamaba mucho la atención. Una fisionomía sin duda llamativa para alguien oriundo de Bonn. Poco a poco, y a medida que crecía en conocimientos y destreza, su talento fue cobrando celebridad y llegó a hacerse famoso entre todos los melómanos de la época, que acudían a visitarle desde muy lejanos lugares del extranjero. A los doce años ya había comenzado a ayudar a su profesor con el órgano y ejercía como cimbalero en la orquesta de la ópera.

Quienes le rodeaban, que ya le llamaban «el joven genio», comenzaron a ser conscientes de su sobresaliente talento, y Beethoven empezó a sentir una febril necesidad por viajar y ampliar horizontes. Gracias a algunas ayudas del mecenazgo de la época, uno de sus primeros periplos le condujo a Viena, en 1787, nada menos que ante la presencia de Mozart. Beethoven era apenas un adolescente. Fue presentado ante el genio de Salzburgo y ante él tocó algunas piezas preparadas para la ocasión. Mozart no se asombró en absoluto. Pero Beethoven comenzó a improvisar y fue entonces cuando el por entonces emperador de la música europea prestó atención a aquel joven. Antes de abandonar la sala, Mozart confesó a unos amigos: «No lo perdáis de vista, algún día dará que hablar al mundo». La leyenda comenzaba así a forjarse.

En 1787, un adolescente Beethoven toca ante Mozart algunas piezas preparadas para la ocasión. Este no se asombra en absoluto. Pero Beethoven comienza a improvisar y entonces Mozart presta atención a aquel joven

La música, escribió Arthur Schopenhauer (1788-1860), es el reflejo de lo en sí del mundo, de la voluntad; la música nos narra la historia interna y más secreta de ese motor que todo lo mueve y que vemos presente en toda la realidad. Para Schopenhauer, la música se diferencia del resto de artes porque no es una simple reproducción de los fenómenos, sino la objetividad más fidedigna de la voluntad, de la cosa en sí, del elemento más recóndito que se esconde tras todo acontecimiento. El propio Schopenhauer dedicó un párrafo a su compatriota que merece la pena leer por entero (capítulo 39 del segundo volumen de El mundo como voluntad y representación):

«Si ahora echamos un vistazo a la música meramente instrumental, en una sinfonía de Beethoven se nos muestra la máxima confusión basada, sin embargo, en el más perfecto orden, la lucha más violenta que en el instante inmediato se configura en la más bella concordia: es la rerum concordia discors [concordia discordante de las cosas], una reproducción fiel y completa de la esencial del mundo, que rueda en una inabarcable confusión de innumerables formas y se conserva mediante la perpetua destrucción de sí mismo. Pero, a la vez, desde esa sinfonía hablan todas las pasiones y afectos humanos: la alegría, la tristeza, el amor, el odio, el horror, la esperanza, etc., en innumerables matices pero solo in abstracto y sin especificación: es su sola forma sin contenido material, como un mero espíritu del mundo sin materia. Desde luego, al oírla tendemos a realizarla, a revestirla de carne y hueso en la fantasía y a ver en ella escenas de la vida y de la naturaleza. Pero eso, tomado en su conjunto, no facilita su comprensión ni disfrute; antes bien, le da un añadido ajeno y arbitrario: por eso es mejor captarla en su inmediatez y pureza».

Beethoven también sostuvo esta postura, y llegó a afirmar que ninguna filosofía sería jamás capaz de expresar con palabras y conceptos lo que una melodía es capaz de transmitir a través de sus idas y venidas melódicas, mediante esa «concordia discordante de las cosas» a la que se refiere Schopenhauer. La música, tanto para el filósofo como para el músico, hijos de una misma época, desprende un sentido, alberga una significación y, por tanto, su naturaleza es simbólica. La música, a fin de cuentas, expresa la esencia última del mundo. Y, como el mismísimo Beethoven dejó escrito, esa expresión única requiere una buena dosis de resolución: «¡Actúa en lugar de suplicar! ¡Sacrifícate sin guardar esperanza de gloria ni recompensa! Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Solo así podrá cumplirse tu particular destino».

El dominio de Beethoven a lo largo de toda la época romántica y posromántica fue atronador. Nadie pudo disputarle la hegemonía musical; todo se medía en términos de su música, solo había antecesores o prolongadores de su obra. Se convirtió en la vara de medida de los Elíseos melómanos. Todos se declaraban hijos del genio alemán, espíritus emanados del hálito melódico de Beethoven: desde Robert Schumann a Franz Liszt, o los enfrentados Brahms y Wagner, a Hanslick o Bruckner. Como apuntó Eugenio Trías en su imprescindible libro El canto de las sirenas, «Beethoven es el fundador de una verdadera iglesia que en él tuvo su Paráclito, y en su música su Pentecostés (…) Esta iglesia tuvo en la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía su canticum novum». El joven Ludwig fundó así una «comunidad espiritual» que iba más allá de la música, que impregnó el pensamiento de toda una época, y que no se eclipsó hasta la entrada de las neovanguardias, bien entrado el siglo XX, cuando se redescubrió el papel fundamental de otros genios como Bach, Haydn o el propio Mozart.

La música, tanto para Schopenhauer como para Beethoven, hijos de una misma época, desprende un sentido, alberga una significación y, por tanto, su naturaleza es simbólica

El funeral de Beethoven fue apoteósico. Según un emocionante testimonio contemporáneo, y tras haber recibido el cadáver la debida bendición, «cuando el espléndido coche fúnebre, tirado por cuatro caballos, partió con la exánime arcilla dejando atrás a la muchedumbre alineada, lo escoltaban más de doscientos carruajes», a los que hay que sumar las decenas de miles de personas que se dieron cita para despedir al espíritu de una época, que, a través de la música, descendió al mundo para dejarnos un legado musical y emocional imborrable. Como reza la oración fúnebre de Franz Grillparzer, «era un artista: y ¿quién vendrá que pueda estar a su altura? Como la bestia embravecida que desdeña las olas, así vagó él hasta los últimos confines de su arte, lo recorrió y captó todo. Aquel que venga detrás de él no podrá ser su continuador; habrá de empezar de nuevo». Y concluye: «Se apartó de la humanidad después de darle todo y no recibir nada a cambio. Vivió en soledad porque no encontró a otro como él. Pero, hasta el final, su corazón latió con afecto hacia todos los hombres, con cariño paternal hacia sus semejantes, entregado al mundo en cuerpo y alma».

Como el propio Beethoven escribió, «jamás rompas el silencio si no es para mejorarlo». Una máxima que llevó hasta sus últimas consecuencias, teniendo en cuenta que, como también apuntó, «la música encierra una revelación mucho más alta que cualquier filosofía».

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