Apuntes (breves) de antropología

Tomás Pollán

"¿Qué rasgos, sobre todo intelectuales, consideramos que son comunes, por ejemplo, a los neandertales y al 'Homo sapiens'?", pregunta Tomás Pollán en uno de estos breves apuntes de antropología.

En este texto, Tomás Pollán explica qué fue a buscar a la antropología el filósofo que era. Además, aporta un par de pinceladas (o tres) gracias a las cuestiones que le plantean el periodista Javier Rodríguez Marcos y el antropólogo Juan Aranzadi.

Por Tomás Pollán, filósofo y antropólogo

«Durante mi estancia en Tübingen (Alemania) en los años 70 llegué al convencimiento, acompañado de una creciente insatisfacción y malestar intelectual, de que, cuando mis profesores de filosofía y yo mismo reflexionábamos sobre el ser humano y su ‘naturaleza’ en términos generales, girábamos en el vacío, sin avanzar (algo así como el piétiner sur place de los franceses), y ante cualquier conocimiento antropológico, lingüístico, histórico o biológico nuevo que pusiese en cuestión las ideas heredadas sobre el hombre, repetíamos los consabidos tópicos filosóficos tradicionales como tics gremiales autodefensivos, sin relación y sin capacidad de respuesta a los desafíos que suponían para la filosofía tradicional los nuevos conocimientos. Llegué a la conclusión de que, lo común, lo universal de los hombres, y, por tanto lo propio del hombre solo se puede alcanzar a través de las diferencias«.

«Llegué a la conclusión de que, lo común, lo universal de los hombres, y, por tanto, lo propio del hombre solo se puede alcanzar a través de las diferencias»

«Si se instala uno de golpe en el universal humano, sin pasar por la mediación de las diferencias, es inevitable incurrir en la falacia de considerar como propio del hombre, como universal humano, lo que solo es propio, por ejemplo, del hombre europeo (y no se trata aquí de declarar en qué cultura se encuentra uno más a gusto). Decidí, entonces, ir a estudiar Antropología social y cultural a París«.

«Este nuevo giro académico no comportó en absoluto el abandono o la renuncia a la filosofía, como es frecuente en quienes han seguido un recorrido parecido al mío. Siempre he pensado, y sigo pensando, que las así llamadas «ciencias» humanas, y las ciencias en general, no tienen la última ni la penúltima palabra en los asuntos que tratan, pero tampoco la tradición filosófica recibida tiene la última palabra. Solo me parece respetable y digna de interés una filosofía que concibe su actividad, más allá de las cuestiones «últimas» y de los asuntos propios, como un cuestionamiento permanente de las categorías y de las interpretaciones de los resultados de las ciencias, así como de la propia tradición filosófica. Creo que una filosofía que, en lugar de enfrentarse a los retos de otras disciplinas, y en lugar de aceptar eventualmente, de modo provisional, algunas de sus propuestas y revisar sus propios conceptos y planteamientos, se cierra en banda y zanja las cuestiones sin abordarlas, sirviéndose, como de ilusorio cortafuegos o conjuro, de la frase de latiguillo: ‘¡Reducción cientificista!’, manifiesta su falta de reflejos, revela impotencia intelectual y está condenada al fracaso».

«Creo que una filosofía que, en lugar de enfrentarse a los retos de otras disciplinas (…), se cierra en banda y zanja las cuestiones sin abordarlas (…) manifiesta su falta de reflejos, revela impotencia intelectual y está condenada al fracaso»

Sin Estado, sin escritura

Juan Aranzadi​, profesor de Antropología en la UNED, pregunta a Tomás Pollán por la contribución de las sociedades sin Estado y de las culturas sin escritura al conocimiento de la naturaleza humana. Y también por la valoración de los intentos filosóficos y científicos de elaborar una antropología sin tener en cuenta a la humanidad sin Estado y sin escritura.

«Ante preguntas tan imponentes solo puedo ofrecer, en el breve espacio de que dispongo, respuestas genéricas e imprecisas, sin los datos, matices y precisiones necesarios, y lo voy a hacer de una sola tacada representando el papel de ventrílocuo de Rousseau. En el capítulo VIII del Ensayo sobre el origen de las lenguas distingue entre el estudio del hombre y el estudio de los hombres: ‘Para estudiar a los hombres –escribe– hay que mirar cerca de sí, pero para estudiar al hombre es necesario mirar a lo lejos. Hay que observar, en primer lugar, las diferencias para descubrir las propiedades comunes’. Una cosa es conocer cómo son los hombres del propio tiempo –los europeos, por ejemplo–, y otra es saber cómo son los hombres de todos los tiempos, incluyendo también, naturalmente, a los más alejados en el espacio y/o el tiempo. No es válida una teoría del hombre confeccionada según el patrón de una cultura particular que considera como propio del hombre universal lo que solo es propio de un hombre particular –por ejemplo, el europeo–».

«El estudio de las culturas más alejadas de la nuestra, como son las culturas sin Estado y sin escritura, no solo nos obliga a abrir el angular sobre las sociedades humanas para elaborar una teoría general del hombre, sino que nos permite observar nuestra propia cultura a distancia, desde la perspectiva de los humanos más alejados, descubrir, como los tupinambas de Montaigne, el viajero persa de Montesquieu y los tahitianos de Bougainville y Diderot, el carácter extraño (‘exótico’ para ellos) de nuestras costumbres, y aprovechar esa mirada para hacer una crítica de las instituciones y de la realidad social y política de nuestras sociedades».

«El estudio de las culturas más alejadas de la nuestra (…) nos permite observar la nuestra a distancia, lo que podemos aprovechar para hacer una crítica de las instituciones y de la realidad social y política de nuestras sociedades»

¿Al zoo o a la escuela?

Y mientras los avances científicos progresan adecuadamente, no le siguen el ritmo los dilemas éticos que suscitan. Este que le plantea el periodista y poeta Javier Rodríguez Marcos a Tomás Pollán surge hace unos años, en 2013, ante las posibilidades, avanzadas por el genetista Georg Church, de clonar al neandertal. La pregunta sobre si, una vez clonado, habría que llevarlo al zoo o a la escuela es la misma que el antropólogo había lanzado anteriormente en unas conferencias, aunque Pollán hablaba de otra especie. Lo explica –y responde– así:

«La cuestión se refiere a un rasgo del proceso evolutivo que puede concretarse en una casuística morbosamente inquietante, como es la posibilidad, avanzada por el genetista de Harvard Georg Church y avalada por el también genetista, especialista en neandertales, Svante Pääbo, de clonar neandertales y tener tal vez que enfrentarse, llegado el caso, a la disyuntiva de encerrarlos en el zoo o de sentarlos en el pupitre de un colegio. Yo conjeturé en una conferencia, cayendo en la fácil tentación de la casuística, un posibilidad análoga, pero no igual, referida al Homo erectus».

«La evolución es continua y gradual, aunque hay épocas de mayor aceleración y otras relativamente más estacionarias. El gradualismo de la evolución de las especies no es compatible con la discontinuidad que exige el pensamiento esencialista, que considera que las especies son ‘clases naturales’, definidas por características constantes y nítidamente separadas unas de otras por espacios vacíos sin conexión. Pero las especies son ‘poblaciones’ y no clases delimitadas por propiedades comunes. El problema que se plantea es: ¿qué hacemos con los individuos de una población que comparten muchos de sus rasgos con los individuos de otra población de los que, sin embargo, se diferencian por otras cualidades? ¿Qué rasgos, sobre todo intelectuales, consideramos que son comunes, por ejemplo, a los neandertales y al Homo sapiens? Y ¿serían esos rasgos intelectuales comunes, por ejemplo la existencia de un lenguaje con sintaxis recursiva, los rasgos decisivos para tratar a ambas especies del mismo modo? De la respuesta a estas cuestiones depende el trato que habría que dispensar a cada una de esas especies: el zoo o la escuela, o algún tipo de destino intermedio entre la domesticación y la educación. En fin, estas cuestiones-límite de una casuística exigen, más allá de los casos chocantes, una consideración más circunstanciada de la que permite este espacio».

«¿Qué hacemos con los individuos de una población que comparten muchos de sus rasgos con los individuos de otra población de los que, sin embargo, se diferencian por otras cualidades?»

La tesis del vacío identitario: los Arsi y los Amhara

Hablando de poblaciones, de rasgos compartidos y diferencias… Tomás Pollán explica uno de los pormenores sobre los que en ocasiones ha departido, coincidiendo, con el escritor Rafael Sánchez Ferlosio (que ha muerto recientemente, a los 91 años, el pasado 1 de abril). Se trata de «la falta de contenido, del vacío, de las identidades nacionales, étnicas, etc. Estábamos de acuerdo en que es el antagonismo (la oposición a otro) el que produce la identidad de una nación, de una etnia, o de un grupo. Cada grupo elige o se ve obligado a elegir, de entre los muchos rasgos que comparte con el grupo al que se opone, aquellos que le permitan marcar la oposición. Si la cualidad elegida como signo diferenciador no sirve en un determinado momento para marcar la oposición, se abandona y se adopta otro rasgo que cumpla la misma función. No importa cuál sea el contenido del signo elegido, sino solo que sirva para oponerse como signo diacrítico. La conversión de una cualidad en signo vacía de contenido a la cualidad, la descualifica. Se podría decir que la reivindicación de una cualidad como identidad, por el mero hecho de reivindicarla como tal, devalúa el contenido propio de la misma, pues la reduce a mero instrumento al servicio de la oposición».

Hablando de naciones, etnias, grupos…: «Si la cualidad elegida como signo diferenciador no sirve en un determinado momento para marcar la oposición, se abandona y se adopta otro rasgo que cumpla la misma función»

«Conozco un caso que vale como experimento pintiparado para confirmar la tesis del ‘vacío identitario’. Resumiendo de forma exageradamente esquemática, se trataba de dos etnias de Etiopía, los Arsi y los Amhara, cuyos respectivos signos diacríticos identitarios eran la religión mulsumana y el cristianismo ortodoxo. Como consecuencia de un proceso de contacto y explotación de un nuevo territorio, que no es el caso describir aquí, los Arsi se convirtieron al cristianismo. Inmediatamente después los Amhara se hicieron mulsumanes. Ya se ve que no importaba el contenido religioso, aun siendo la religión tan importante, sino en la medida en que servía para marcar la oposición».

Sobre el autor

Antropólogo, filósofo y teólogo, Tomás Pollán (Valdespino, León, 1948) fue durante décadas profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. Su actividad docente continúa a través de cursos y conferencias en diversas instituciones y universidades, especialmente la UNAM de Ciudad de México o la de California, en San Diego (Estados Unidos). De vocación oral, sus publicaciones son, a menudo, transcripciones de sus charlas. En 2012 tradujo y se hizo cargo de la edición de La nada y las tinieblas, de Fridegiso de Tours, publicado por La uña rota.

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