Adelanto_Queda-una-voz

En exclusiva para los lectores del espacio Filco+, el capítulo nº10 sobre Friedrich Nietzsche del libro Queda una voz (próxima publicación Herder 2022), de Anna Pagés.

10. Voces imparables

Esta es la objetividad más extraña que puede existir: la absoluta certeza sobre lo que yo soy se proyectó sobre cualquier realidad casual, —la verdad sobre mí dejaba oír su voz desde una horrorosa profundidad.

Friedrich Nietzsche

El filósofo Friedrich Nietzsche sufrió lo indecible de sí mismo. Como tanta otra gente antes y después de él, escuchó voces, normalmente en forma de cantos. Las voces de Nietzsche son melodiosas, dionisíacas, hasta que enmudecieron en la catástrofe final. Después de los tiempos antiguos, de los oráculos y los profetas, quedan las voces imparables. Llegó el silencio del oráculo, de Dios y de sus ángeles. Quedaron la ciencia y la tecnología, instrumentos para tapar la boca al más pintado. Un día, un estudiante me dijo que era capaz de describir los hechos objetivos sin problema: podía para ello usar las palabras que tenía a su alcance. Sin embargo, no sabía cómo ir más allá, por ejemplo, para interrogar los hechos empíricos, ¿qué hay que hacer? Le sugerí que pensara en su propia historia, una experiencia en primera persona: «a propósito de esto, una vez…» o algo así. Pareció haber entendido. Entonces dijo, pausadamente y en voz baja para que los otros no lo escucharan, que por primera vez había entendido cómo se puede filosofar. En ese instante pensé que filosofar también consistía en escribir sobre una voz subjetiva que el sistema educativo hace enmudecer y, a la vez, hacer enmudecer la voz del fenómeno objetivo, de lo que hay, para que una idea surja de ese silencio. Pensar significa también hacer callar una voz.

Nietzsche fue un filósofo problemático: no solo se cargó de un soplo los valores que sostenían la moral de Occidente, sino que dijo claramente que filosofar se hacía con un martillo en el frío de las altas cumbres. Fue un sujeto a la intemperie, sin hogar: en verano Sils Maria, en Suiza; en invierno Génova, en Italia. Siempre solo con su dolor de cabeza, sus revoltijos de estómago, su fragilidad corporal. Es el modelo del filósofo loco, que enseñó a pensar desde dentro de la locura y también a propósito de ella. Pero hay en Nietzsche algo más que me gustaría señalar aquí: en su obra y a lo largo de su vida plantea el problema de los límites de la palabra como lazo con el otro y como elementos para pensar. Las palabras pueden sostenerse durante un tiempo hasta que, llegado el momento definitivo del desencadenamiento de la locura, se caen a pedazos, desgarradas, hasta hundirse en el vacío del silencio que las guarda en su seno. No faltan las palabras, se acostaron a descansar, tapadas con un plumón de invierno, sepultadas por su propio peso. Nietzsche es el filósofo de las voces en la medida en que terminan por salir de su escritura. Es un exiliado de las palabras, que terminó su vida en silencio. Las palabras del filósofo también se acurrucan para no tener tanto frío en la cumbre helada desde donde se atreven a cuestionar y a transfigurar las verdades ya conocidas.

Nietzsche es un exiliado de las palabras, que terminó su vida en silencio

El 9 de enero de 1889 Franz Overbeck estaba junto a la ventana de su casa con su esposa cuando vio a Jacob Burckhardt detenerse frente a la puerta. Imaginó que algo no iba bien con su amigo común Nietzsche. Así lo cuenta Daniel Halevy en una de las clásicas biografías de Nietzsche:

Overbeck recibía de Turín una notas singulares. ¿Qué le sucedía al solitario? Burckhardt confirma estos presentimientos, muestra una carta totalmente clara: «Soy Ferdinand de Lesseps; soy Prado; soy Chambige (dos asesinos que ocupaban en esos días los periódicos de París): he sido enterrado dos veces, este otoño». Un poco más tarde, Overbeck recibía una carta parecida. Todos los conocidos de Nietzsche, o que había conocido, estaban igualmente alarmados. 1

Overbeck viajó a Turín para visitar a Nietzsche, a quien encontró vociferando, machacando el piano a codazos en su habitación alquilada, rugiendo intensamente su propia gloria. Pero la crisis final se había producido unos días antes, en la calle, en la Piazza Carlo Alberto de Turín, en una escena que —dirá Miguel Morey— «guarda un escalofriante parecido con otra escena (parte i, cap. 5) de Crimen y castigo, de Dostoyevski, autor del que sabemos que Nietzsche fue lector asiduo».2 

La escena de Crimen y Castigo es el contenido de un sueño que tiene Raskolnikov, el protagonista. Dice así el relato de Dostoyevski:

Va con su padre camino del cementerio y pasan junto a la taberna […] uncida a esa carreta grande va la pequeña y esquelética jaca alzana de un campesino, uno de esos animales —los había visto a menudo— que apenas pueden tirar de un carro cargado de leña o heno, y menos aún si se atascan en un surco o en el barro. Cuando así ocurre, los campesinos lo vapulean brutalmente con sus látigos, golpeándolo a veces hasta en el hocico y los ojos; y a él le daba una lástima tan grande, tan grande, de ver eso que casi rompía a llorar y su madre lo apartaba entonces de la ventana.3

En el sueño —un relato terrible, cuando lo leí por primera vez casi no sigo leyendo la novela— los campesinos borrachos y embrutecidos matan a palos a la pobre jaca, ensañándose a golpes, enfurecidos. Es un relato angustiante que pone los pelos de punta. Lo peor es la indefensión del animal.

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