Filosofía & co. - Adelanto Del sentir hacia el pensar

En exclusiva para los lectores del espacio Filco+, el primer capítulo de Del sentir hacia el pensar. María Zambrano, publicado por Taugenit, una de nuestras editoriales colaboradoras y escrito por Joaquín Verdú de Gregorio, discípulo directo de Zambrano.

El fluir de la palabra

«… esta mi Antígona, voz del delirio que me despertaba

a la madrugada, voz antes que palabra.»

MARÍA ZAMBRANO

En los textos sagrados indios —Vive Kanada—, el hombre, vencida su naturaleza inferior que lo sume en el oscurecimiento, entra en esa región llamada Samadhi y halla hechos que nunca pudieron brindarle el instinto o la razón.

No hay sentimiento del yo y, sin embargo, la mente trabaja, sin deseos, libre del cuerpo. Entonces la verdad brilla en todo su esplendor y sabemos lo que realmente somos (porque el Samadhi yace potencialmente en todos nosotros), libres, inmortales, omnipresentes, libres de lo finito y sus contrastes de bien y de mal, somos uno en el Atman. El espíritu universal.1

Mito

Pudieran contener estas palabras un reflejo de esa búsqueda de un origen perdido cual germen oscuro en el hombre, del que ignoramos su raíz o su presencia, principio o comienzo antes de toda experiencia. Pues que el hombre, el llamado a nacer como tal, no ha emergido todavía. Mas «a cambio de su existencia posee la anchura del mundo sin límite alguno. Como todavía no es, puede serlo todo. Carece de experiencia para saber adonde llegan sus límites… Sería el universo de lo sagrado en que las fuerzas mágicas nos hablan y nos miran, nos amenazan y nos protegen»2.

El hombre se siente mirado y pudiera decirse que a la par el hombre mira, inicia su mirada. Mirada que para Zambrano constituye una actitud anterior a toda palabra, que queda con mayor libertad que ella para captar lo que contempla pues que todavía no se ha escuchado la primera palabra. Emerge, así, el universo de lo sagrado, del mito, del cuento maravilloso, una realidad primera aún sin descifrar.

Esa primera mirada devendrá poco a poco admirativa o, en su otra faz, pudiera expresar miedo o terror, pues que propiamente no se ha alcanzado todavía el ver. Sería el preludio del delirio persecutorio, pero al propio tiempo la realidad no se le presenta todavía como enemiga y el envés del temor sería la exaltación que se funde en la embriaguez. Y es que el reverso de la persecución sería la gracia, en la concepción de María Zambrano; esa faz benéfica frente al maleficio —los indicios dionisíacos pudieran tener su raíz en este doble tamiz—.

Las manifestaciones de lo sagrado serían, pues, una doble expresión del terror y de la gracia. Como respuesta a esa realidad inmensa y enigmática que supone así mismo lo sagrado, el hombre expresa su clamor ofreciendo sus primicias. Comienza a hacer antes que a pensar. Y la suprema acción supone el sacrificio que implica una ofrenda del hombre a lo desconocido que nada le pide y a la par con nada se conforma. Hay algo de adoración y angustia ante el peligro de ser devorado. Mas esa serie de acciones sagradas antes de la aparición de los dioses ya suponen un trato con lo otro, aún fuerza desconocida dentro de lo sagrado. Se inicia el fluir de la Piedad 3.

Esta etapa primigenia pudiera integrarse en el sueño primordial humano, ese sueño originario al que el hombre acude con la nostalgia de una etapa que considera perdida y que anhela su vislumbrar. Sería el preconsciente de lo humano, antes de la percepción del pasar del tiempo, en ese olvido del tiempo antes de la consciencia de temporalidad.

Reflejo de ello se desentraña en las impresiones de Julien Green: «J’ai toujours pensè en effet que les enfants comme les animaux, voient probablement tout un monde d’êtres (in-noffensifs) qui échapent à l’observation des grandes personnes »4. Que se integran perfectamente con las de Luis Cernuda:

Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.5

Desearía habitar el poeta en ese primigenio jardín sin límite y anterior a la luz, aunque el término jardín ya implique algo paradisíaco, ancestral. Quiere confundirse con la piedra, ser memoria de ella, en esa conjunción del agua y la tierra que se solidifican, pero confundida entre el mundo vegetal: la ortiga, que implica ya un anuncio del dolor y lo etéreo que todavía no separa el sueño de sus vigilias. El mundo de los elementos originarios —agua, aire, tierra— ya se sugiere en ese olvido, sin fecha, inmemorial, y que quizás así quede o se muestre en la reminiscencia platónica que lejos de abolirlo muestra su huella, aquella que Kierkegaard señala con oscura ironía: recordaba lo que había sido, antes de devenir él mismo.

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