Filco+ Adelanto_Cuerpos_inadecuados

En exclusiva para los lectores del espacio Filco+, la introducción del libro Cuerpos inadecuados (Herder 2021) del filósofo Antonio Diéguez.

Introducción

La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma –no solo esporádicamente, un individuo aquí de una forma, otro allí de otra, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Quizá transhumanismo pueda servir: el hombre permanece como hombre, pero se trasciende a sí mismo, realizando nuevas posibilidades de y por su naturaleza humana.

«Creo en el transhumanismo»: cuando haya suficien­tes personas que verdaderamente puedan decir esto, la espe­cie humana estará en el umbral de un nuevo tipo de existencia, tan diferente de la nuestra como la nuestra lo es de la del Hombre de Pekín. Estará por fin cumpliendo conscientemente su destino real.»

Julian Huxley, Nuevos odres para vino nuevo (1959)

Nada de cambio diario. Nuestro cuerpo de hoy es el de ayer; hoy, todavía el de nuestros padres y antepa­sados; el del constructor de cohetes y el del troglodita no se diferencian en casi nada. Es morfológicamente constante; dicho en términos morales: no libre, recalcitrante y rígido. Visto desde la perspectiva de los aparatos: conservador, no progresista, anticuado, no revisable, un peso muerto en la evolución de los aparatos. En resumen: los sujetos de la libertad y no libertad se han intercambiado. Libres son las cosas; no libre es el hombre.

Günther Anders, La obsolescencia del hombre, vol. I, 2011, p. 49

Una forma simple y directa de caracterizar el transhumanismo es entenderlo como la convicción de que el ser humano está en un soporte inadecuado (su cuerpo biológico, tal como nos ha sido legado por la evolución por selección natural) y que la tecnología puede por fin remediar esa deficiencia. Esta separación entre lo que somos en realidad y de forma más auténtica y el supuesto soporte sobre el que se sustenta (provisionalmente) eso que so­mos es antigua, y, pese a las repetidas críticas que ha recibido a lo largo de toda la historia del pensamiento filosófico, mantiene una vigencia desazonadora. No me detendré aquí, sin embargo, a rastrear sus orígenes históricos. Me interesa, por el contrario, averiguar por qué sigue teniendo tanto éxito en su versión trans­humanista, una de las más radicales que ha recibido, puesto que considera que ha llegado finalmente la hora de llevar a efecto la separación entre ambas cosas y de deshacerse del soporte corporal biológico, al que no se ve más que como fuente de limitaciones y de sufrimiento, y al que se considera absolutamente inoperante a la hora de constituir nuestra identidad personal o de posibilitar nuestro arraigo en la realidad mundana.

Si ha habido quienes no han visto inconsistencia alguna en afirmar que mi cuerpo es mío, en el sentido de que se trata de una posesión material adjudicada de algún modo a un estrato personal más profundo que me constituye como lo que soy y que parece ser radicalmente distinto del propio cuerpo, el transhumanismo va más allá en el desapego de la carne y proclama que mi cuerpo actual es una forma contingente y dispensable de mi existencia que pronto podrá ser superada gracias a los avances en la ciencia y la tecnología. Permítame el lector que comience explicándole, si es que aún no lo sabe, por qué tiene interés este asunto, y particularmente por qué empezó a interesarme a mí mismo.

En 2015, mientras realizaba una estancia de investigación en el Oxford Uehiro Centre for Practical Ethics, uno de los centros principales de investigación sobre la ética aplicada y el biomejora­miento humano, bajo la dirección de Julian Savulescu, pensé que no sería mala idea escribir un libro que iniciara en estos asuntos al lector en lengua española. En inglés y en otros idiomas europeos había ya abundante literatura, pero no tanta en español. De hecho, en forma de libro había todavía muy poca, y la que existía era de desigual calidad. Entre las reflexiones que más me habían influido por entonces estaba, por un lado, el libro pionero de José Sanmar­tín, publicado en la temprana fecha de 1987, Los nuevos redentores. Reflexiones sobre la ingeniería genética, la sociobiología y el mundo feliz que nos prometen, una obra en la que se adelantaban algunas de las cuestiones que luego han recibido tanta atención en el debate sobre el biomejoramiento humano, y, por otro lado, el libro del genetista y filósofo Andrés Moya Naturaleza y futuro del hombre (2011), sobre el que escribí una reseña al poco de su publicación (Diéguez, 2012a). El resultado de este empeño iniciado durante esa estancia en Oxford fue el libro que publiqué en 2017 en esta misma editorial bajo el título de Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, que comentaré a continuación brevemente a modo de introducción para el lector que no conozca bien aún los problemas suscitados por las discusiones en torno al transhumanismo.

Digamos que el propósito principal de aquel libro fue aclarar al público interesado (y de paso a mí mismo) las tesis principales del transhumanismo, los argumentos empleados en su favor, las posibles réplicas y los datos científico-técnicos con los que podían apoyarse los argumentos transhumanistas y los de sus críticos. No era tarea fácil cumplirlo cabalmente, porque el número de artículos y de libros que se habían venido publicando sobre el tema desde los últimos años del siglo xx, especialmente en el ámbito cultural anglosajón, había crecido exponencialmente. Pero el debate me intrigaba desde un punto de vista filosófico (metafísico y político-social, si se quiere) y me parecía que mi aportación podía tener alguna utilidad, como creo que así ha sido.

El propósito principal de mi anterior libro Transhumanismo fue aclarar al público interesado (y de paso a mí mismo) las tesis principales del transhumanismo

Como suele ser habitual en los trabajos filosóficos, había que comenzar por clarificar conceptos y establecer algunas distincio­nes. Buena parte de esa labor, sin embargo, estaba ya realizada en lo que podía encontrarse a lo largo de las discusiones suscitadas en esos años. Por lo pronto, hay que decir que el transhumanismo es sumamente polifacético. Puede ser calificado de movimiento cultural, pero tiene una especial repercusión en la filosofía, en el arte, en la popularización de la ciencia, en la religión y, cada vez más, en la política. Se define por la defensa activa de la mejora del ser humano por medio de la aplicación de las nuevas tecnologías, particularmente las biotecnologías, la biónica y la inteligencia ar­tificial, una vez que estas alcancen el grado de desarrollo suficiente. Los aspectos a mejorar podrían ser físicos (fortaleza, resistencia a enfermedades, longevidad), mentales (inteligencia, nuevos sen­tidos y capacidades perceptivas, intensificación de la experiencia sobre el mundo, nuevas sensaciones placenteras, mayor bienestar), emocionales (fortaleza de ánimo, resistencia a las depresiones, estabilidad, potenciación de las emociones placenteras y disminu­ción de las perturbadoras) y morales (mejor juicio moral, empatía reforzada, mayor motivación para la acción, prudencia acentuada). Una amplia gama de rasgos, como puede apreciarse, que cabría ampliar dependiendo de la imaginación del autor transhumanista que consideremos.

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