Los retos de la filosofía en tiempos de incertidumbre: Virginia Moratiel

Retos 2021: Virginia Moratiel

¿Cuál es el principal reto de la filosofía, o sus principales retos, en estos tiempos de zozobra, inseguridad e incertidumbre en todo el mundo?

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Virginia Moratiel. Filósofa y escritora argentina

Virginia Moratiel, de nombre original Virginia López-Domínguez, es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, donde fue profesora titular durante 30 años y vicedecana de la facultad. Especialista en idealismo alemán, en 2008 dejó la docencia en la UCM y adoptó el nombre de Virginia Moratiel. Desde entonces ha publicado diferentes libros; el último: Cuando lo infinito asoma desde el abismo. Estudios sobre el romanticismo en lengua alemana e inglesa (Taugenit). En 2014 reanudó su labor académica como profesora visitante en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad de Buenos Aires y como Visiting Scholar en la universidades de Harvard (Estados Unidos) y Oxford (Inglaterra).

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«Dado que estamos ante el colapso de nuestro modo de vida, así como de las estructuras básicas del sistema mundial, la filosofía debe ofrecer los fundamentos teóricos para reconstruir la existencia personal y social. La crítica al modelo caduco ya está hecha, así que lo primero es una autocrítica, pues en los últimos cincuenta años la filosofía perdió sus objetivos sucumbiendo a los dictados del mercado, en alianza con los medios de comunicación. Fascinada por las modas, se dejó vaciar de contenido. Por un lado, celebró el discurso científico, limitó su análisis a lo formal y aparentemente objetivo y reaccionó con indiferencia ante cualquier reivindicación ética o estética, colaborando implícitamente con la explotación de la naturaleza y los seres humanos. Por otro lado, anunció la muerte del sujeto y, para reivindicar lo fragmentario o divergente, denunció los relatos universales mediante una visión deformada de su propia historia. Y tras escuchar a los marginados o disidentes del orden establecido, quedó sepultada en el ciberespacio bajo un alud de noticias falsas, pues había destruido la posibilidad de una narrativa capaz de enfrentar a los poderes globales. Perpleja, no podía discriminar lo verdadero de lo falso, porque tampoco sabía qué era lo bueno o lo malo, lo bello o lo feo. Comenzó entonces su agonía, castigada con el desprestigio social, reforzado por las veleidades de la Academia que, enredada en luchas internas, medía los conocimientos al peso.

«La filosofía debe recuperar el deseo de saber y conocer la verdad para liberar a los prisioneros de la caverna y ayudarlos a convertirse en seres autónomos. Puesto que surgió con Sócrates en la calle, allí debe volver»

Ante esta situación, la filosofía debe retornar al origen y renacer manteniendo las mismas metas que guiaron su despertar: el deseo de saber y conocer la verdad para liberar a los prisioneros de la caverna y ayudarlos a convertirse en seres autónomos. Puesto que surgió con Sócrates en la calle, allí debe volver. Eso implica recuperar su carácter práctico como orientadora de la vida personal y social, admitir su fundamento intersubjetivo, ético, y evitar las disquisiciones teóricas superfluas que sólo alimentan el ego de quien las elabora. La filosofía irrumpió entonces para elevar el pensamiento más allá del subjetivismo y el relativismo dominantes en una polis enriquecida tras años de guerras victoriosas, desorientada debido al choque con otras culturas. El corrosivo método socrático centró el saber en el individuo —el famoso «conócete a ti mismo»— para evidenciar que nuestras certezas son ficticias. Igual que sucede hoy con la posverdad, ellas tienen pies de barro porque son opiniones distorsionadas inducidas por la sociedad mediante una reacción emotiva. Las aceptamos por costumbre y comodidad, pero apenas sabemos nada de nosotros y por nosotros mismos.

La filosofía nace de este humilde reconocimiento y de la disposición a alcanzar una verdad construida de manera paulatina, por aprendizaje, al entrar en diálogo con los demás. Por tanto, la docta ignorancia sigue constituyendo el punto de partida, pues permite edificar un auténtico saber que posibilita la convivencia justa, equitativa, y ya no es relativo, porque en él no prevalece ni el criterio ni los deseos particulares, sino una racionalidad que busca lo común, guiada por un sentimiento que condesciende con empatía».

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