Los retos de la filosofía en tiempos de incertidumbre: Laura Quintana

Retos 2021: Laura Quintana

¿Cuál es el principal reto de la filosofía, o sus principales retos, en estos tiempos de zozobra, inseguridad e incertidumbre en todo el mundo?

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Laura Quintana. Filósofa colombiana

La filósofa Laura Quintana es profesora asociada del Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes, de Bogotá. Es autora de varios libros. Uno de ellos, Política de los cuerpos. Emancipaciones desde y más allá de Jacques Rancièrerecibió a finales del año 2019 en Colombia la mención de honor de los prestigiosos galardones a la investigación que concede la Fundación Alejandro Ángel Escobar, en la categoría de Ciencias Sociales y Humanas.

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«Tradicionalmente la filosofía asumió la incertidumbre como uno de los problemas a los que debía responder. El azar, la contingencia de la historia, las perspectivas de lo variable, las mil caras del error, la fragilidad de la virtud y de las decisiones humanas la asediaron por múltiples flancos. Y ella, muchas veces con un gesto defensivo, buscó certezas, suelos firmes, criterios claros y distintos, separaciones, cortes, distinciones que permitieran desarraigar lo confuso y asegurar formas de autocontrol de los sujetos, pese a todo. Porque lo incierto apunta a una falta de conocimiento seguro, destaca el exceso de lo imprevisible, que también puede poner en riesgo y amenazar; y nos deja expuestos a la opacidad de lo que asalta y puede trastocar, de repente, todo un mundo de sentido.

No es este impulso de una cierta vertiente de la filosofía el que me mueve, y por ende, tampoco puedo pensar que sea el más fecundo para orientarnos frente a la incertidumbre hoy, cuando, además, esta se hace tan patente en la vida cotidiana de millones de personas en el mundo, en medio de una crisis ecosistémica y económico-social, cuyos efectos empiezan a experimentarse como realmente catastróficos. De pronto, casi todos sentimos, más que nunca, que por un contacto imprevisto, al respirar partículas de aire, podemos contagiarnos y morir o ver morir a seres queridos, o que nos quedamos sin sustento en condiciones de mundo cada vez más frágiles e inseguras, desde un punto de vista social, para la mayoría de personas en el mundo, aunque esta fragilidad también se reparta desigualmente en las distintas localizaciones.

Desde la filosofía que me inspira, la incertidumbre hace parte de la contingencia de la vida y el pensamiento ha de saberse mover con ella, escuchándola, atendiendo a sus manifestaciones y signos como orientaciones para pensar. Porque en lo imprevisible, en aquello que excede lo que somos y hemos sido, en los quiebres sorpresivos de lo esperado, también se encuentra la posibilidad de la transformación. Defenderse contra la contingencia y su incertidumbre es entonces no sólo un esfuerzo vano y poco vital, sino que nos cierra y nos quita la fuerza, la curiosidad, la apertura para devenir asumiéndonos como parte de un mundo relacional, atravesado por diferencias que no dejan de multiplicarse incluso en lo que parece más uniforme e igual a sí.

«El pensamiento ha de saberse mover con la contingencia de la vida, escuchándola, atendiendo a sus manifestaciones y signos como orientaciones para pensar. Porque en lo imprevisible, en aquello que excede lo que somos y hemos sido, en los quiebres sorpresivos de lo esperado, también se encuentra la posibilidad de la transformación»

Pero esta filosofía de la contingencia, como prefiero llamarla, explora también en el mundo que habita, indaga por cómo hemos llegado a ser quienes somos y por cómo se ha configurado el mundo que habitamos. Se detiene, suspende el juicio moral y las aceptaciones y rechazos fáciles, se hace crítica en esta suspensión que indaga por las condiciones del presente, al preguntarse y reflexionar sobre cómo podríamos transformar experiencias saturadas de poder, dominación y violencia que bloquean formas de vida, cortan relaciones, hacen invivible la vida de muchas personas. Desde esta inflexión crítica la filosofía indaga entonces por las condiciones de la fragilidad social que hoy vivimos. Pues, aunque la vulnerabilidad es una marca de nuestra finitud y, por ende, una condición ontológica, esta se puede asumir y modular de distintas maneras, y emerge entonces diferenciadamente en los distintos arreglos sociales. Por ejemplo, es bien sabido cómo en sociedades cerradas, con pocas interacciones y movimientos, se multiplican menos las relaciones entre las personas, los entornos y los artefactos que en sociedades más expuestas a los desplazamientos y a los contactos entre unos y otros, en las que la relacionalidad multiplica también la incertidumbre de lo que puede pasar. También es sabido que en sistemas de producción como los del capitalismo que habitamos, que ha intervenido y modificado de manera brutal los ecosistemas, se incrementan los riesgos de catástrofes, algunas más previsibles, otras más inciertas. De hecho, la pandemia que vivimos era bastante previsible, y sus consecuencias nefastas pudieron haberse en gran parte anticipado, y algunas de ellas evitado, con medidas más prudentes, formas de protección social y cuidados, atentas al carácter extremo de tal riesgo. Pero esta prudencia por la vida de millones, y la atención a su fragilidad, fue sacrificada por la protección de intereses del gran capital.

Una filosofía de la contingencia ha de esforzarse entonces por mostrar estas tensiones que atraviesan el presente: cómo habitamos sistemas económico-sociales que niegan la vulnerabilidad ontológica que nos surca —y todos los cuidados y prudencia que esta tendría que exigir— a través de prácticas económicas y sociales que, al contrario, nos ponen cada vez más en riesgo de perecer y de llevar vidas al borde de lo vivible, para garantizar el enriquecimiento de unos pocos. Por eso tal inflexión filosófica también nos tiene que invitar a rechazar estas condiciones y a transformarlas, desde la necesidad de imaginarnos, narrarnos y relacionarnos de modos más igualitarios y plurales y, por lo pronto, menos destructivos».

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